Un ladrido en las estrellas

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Lo parieron en la calle y desde entonces la farola fue suya; le inquietaba la lluvia y el estruendo con sus destellos, le vencía la ensoñación a la luz de la Luna para acurrucarse bajo el esplendor del “hermano Sol”… Alguien le nombró “Cándido” y lo cumplió adecuadamente.

“Cándido” iba y venía, subía al atrio de La Parroquia y bajaba hasta los arcos del puente, seguía a los pobladores rumbo a los bajíos y a las mujeres cuesta arriba rumbo al mercado; olisqueaba los basamentos de los monumentos, a los árboles y cualquier estaca transformada en poste; los barruntos de humedad ondulaban su pelambre en la carrera locuaz por el empedrado hasta ensuciarse las patas y la cola… Dos o tres veces lo vi caminar cabizbajo el rabo desgarbado cuando alguno de sus “amigos” le negaba el juego lastimándole con violencia y gritos.  Cándido traveseaba indistintamente con los niños “bien habidos” y los expósitos de nombre y de situación.

Resguardado del calor y el brillante sol del mediodía, disfrutaba su siesta bajo los vagones del ferrocarril transformados en casa habitación con sus adornos externos floridos en botes metálicos pendientes en las ventanitas abiertas.

Amaneció rígido bajo la farola, un hijo de mala sangre le segó el futuro y privó de sus recreos a los niños de la cuadra y de sus ladridos por heraldo de las responsabilidades de los habitantes.

Sin acta y sin permiso le sepultaron en un rincón de la huerta al pie de la higuera cercana al puente secundario donde terminara la calle de su infancia y de la mía.

No solicito permiso para dictaminar ―con la falibilidad humana― y la mínima parte de la Alta Potestad en mi palpitante― para colocar a “Cándido” en unión de sus millones de semejantes, entre las estrellas. Ahí, con sus correrías y ladridos de felicidad armonizará su ser entre el cintilar de las miríadas y conjuntos abigarrados de esperanza.

Hay veces, cuando el dolor y la vergüenza agobian, prefiero pensarle en su gozosa eternidad a donde no llegue la destructividad de los humanos en quienes alguna vez confió. Para “Cándido” y los compañeros que agitaran el aire, poblaran la superficie u horadaran las entrañas de la tierra, por los seres reinantes y sacrificados  en las aguas: una oración con la inútil solicitud de su perdón.

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