(Hace algunos años…)

—1—

La pareja salió, después de dos horas en el Hotel M… que en la Colonia Roma era prestigiado secrecía. Los rostros denotaban fastidio y él, aflojó el nudo de la corbata desacostumbrada con un ademán de ira contenida a medias.

—2—

J… ingresó a la cantina abierta del lado sureste en la glorieta de Bucareli. El servicio en ella permitía la plática ya que el estruendo era tolerable, poseía una buena ventilación para no acumular el humo de los muchos cigarrillos ahí consumidos y detalle curioso y glorioso, de los sanitarios no salía el desagradable aroma tan frecuente en esos establecimientos de convivencia masculina. Todo el encanto de las cantinas era el saludo ritual para los forzosamente conocidos dada su asiduidad, el espacio casi propio y familiar de acuerdo a la hora del consumo (en ocasiones si el bolsillo respondía adecuadamente, una botella personal resguardada en el anaquel ante los grandes espejos tras la barra con una marca a cuchillo en la etiqueta para determinar el nivel del último consumo), de “los toques”, el “bolero”, el vendedor de “huerfanitos” (uno que otro “entero” apartado predeterminadamente), el insistente proveedor de chicles, de tabacos y cerillos, el rengo con los periódicos, del jorobadito que con su canto inutilizaba la sinfonola que ambientaban a los asiduos a la cantina bien acreditada por su limpieza, “las botanas” variadas y unos incomparables cacahuates fritos con ajos preparados en su cocina con el resguardo tradicional de las puertas batientes.

—3—

En alguno de los ya olvidados años cuando el deterioro de la sociedad no era infamante ni atentara hasta en contra los recintos y símbolos sagrados para la mayoría de habitantes —según afirmara el Censo Nacional de Población— . En aquel pasado  no tan remoto ya era intolerable que el sacristán birlara algunos billetes de las charolas de las limosnas o que el acólito sin escrúpulos inclinara a su favor el recipiente del vino a consagrar, cargos y penas “oreados”  en la secrecía de los muros. R… ingresaba al pequeño templo de… un poco traspasado el mediodía. Recordemos y sépalo quien no, que los espacios religiosos católicos abrían sus puertas desde temprano a la primera llamada para la primera misa (las celebraban desde las 6 de la mañana) y cerrarlas después del rosario o hasta un poco más si aún había quien deseara poner en orden su espíritu.

—La realidad—

La pareja ingresó a las oficinas del Hotel M… al lado derecho de la entrada y frente a la caseta del doble registro a fin de presentar al gerente del establecimiento el proyecto para la campaña publicitaria solicitada. El rechazo al conjunto en favor de una solución banal dejó en claro que “el cliente no siempre tiene la razón” y todo lo pide “bueno, bonito y barato”.

Prestigiado con el membrete de “bebedor”, sépase que J… era vendedor de libros especializados puesto a crédito sobre el escritorio (o restirador —en mi caso— de sus clientes profesionales) cuya área de acción la limitaban las Avenidas de Balderas y de los Insurgentes, Juárez y Chapultepec  (al oriente, poniente, norte y sur, respectivamente) además, J… era abstemio. Entraba a la cantina del lado sureste en la Glorieta de Bucareli cuando su vejiga le exigía descanso, el cuerpo enfundado en su traje acharolado algo de frescura o un refresco, sobre todo durante las temporadas de calor agobiante.

Pese a su fama de piadoso, R… visitaba frecuentemente el templo de… para compensar el sueño que dejara pendiente después de una noche de terrible francachela.

—La historia en celuloide—

Aceptemos por verdad que aunque la práctica es estigma de mujer hay infinidad de varones que prefieren la pérfida inclinación hacia la descalificación sin sustento antes que guardar prudente silencio. En la película del 2008, titulada “La duda” (The doubt) basada en la obra teatral de John Patrik Shanley, adaptada y dirigida por el autor, los personajes principales quedaron a cargo de Meryl Streep y Phillip Seymour Hoffman quienes representan a la hermana Aloysius y el sacerdote Flynn. Si la flaqueza aterradora de esta memoria no falla en esta ocasión, quede a orearse la penosa herida que abandonamos con un juicio superficial.

Con palabras de más o de menos, va la historia.

Una mujer chismorreaba con su amiga sobre un hombre que apenas conocía. Esa noche tuvo un sueño en la que veía que una enorme mano la señalaba desde arriba. Al día siguiente, llena de terror y arrepentimiento, acudió a confesarse ante el viejo sacerdote. Le narró la historia íntegramente y preguntó:

—Padre ¿el chisme es un pecado?

—¡Sí!— respondió el sacerdote— arrepiéntete.

—¿Hice algo malo? —preguntó la mujer—.

—Levantaste un falso a un vecino.

—¿Me dará la absolución?

—Primero ve a casa, toma una almohada, sube a la azotea y ábrela con un cuchillo… Luego ven otra vez.

Al regresar la mujer ante el sacerdote, éste le interrogó:

—¿Abriste la almohada con el cuchillo?

—¡Sí, padre!

—¿Y cuál fue el resultado?

—¡Plumas, padre! Muchas plumas por todos lados.

—Bien. Ahora ve allá y recógelas todas, todas, hasta la última pluma.

—Pero, padre ¡éso es imposible! No se hacia dónde las llevó el viento.

—Éso es el chisme. —concluyó el anciano sacerdote—.

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