Franqueado el umbral el horizonte cambia de color. Al ceder un poco de sí a los “otros yo” ahí habidos su individualidad adquiere un poco de cada una de las singularidades cercanas; el silencio no era ya una particularidad al tocar los miles de clamores externos.

Afuera, sus ojos alcanzaron otro pulsar al sumar otros sabores, los aromas tenues son tañer delirante, desconocido, inmerso en estruendos distantes. Finalmente, cada “yo” es suma en el ser plural de la individualidad, cada una de las esferas alcanza el origen propio entre los glóbulos diferenciados en el concepto de las burbujas celestes.

Al abrir la puerta el horizonte es plural en el bullicio lumínico.

―2―

En la seguridad de la habitación, veo ―más allá del horizonte fijado por el cristal― una distancia en colores modificados con tendencia al gris plomo, ondulante trazo móvil que rompe la realidad para crear otro escenario mudable con el golpe repentino del vaho.

―3―

El viento frio susurra entre los brazos retorcidos de los olivos que recortan el cielo estrellado, a la luna llena y al espíritu torturado. Escenario para una creación en solitario, de un dolor vivido sin testigos, sin eco en los amigos adormecidos.

―4―

El horizonte ―la distancia inalcanzable― estruja la soledad, la enriquece o la lleva a la autodestrucción. La autodestrucción es frontera inaccesible a la comprensión de quien es juez sobre la vida y la muerte ajenas. El horizonte es una línea destellante que nos impide la afirmación tajante.

En el horizonte surca un soplo de lo que fuera su voz, vibra una fantasmagoría de su imagen… El silencio del horizonte me ensordece, me ciega, me niega un nombre en este presente que ofusca su presencia.

―5―

¿Hay para ti un Paraíso más allá del horizonte?

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