La sombra de un recuerdo

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Bajaba presurosa para silbar con el murmullo
y contar con los dedos de los pies los guijarros en el río
en el que su cabellera era el destello
de Luna y rostro en un solo ondular;
su piel morena llevaba el aroma de la siempreviva
y era su tiara un enjambre de abejas.

El nogal en la huerta crecía cuando su ánimo menguaba
―sueños fustigados al pespuntear tristezas―;
vino la niebla y empañó sus días,
regresó el viento del sur para aquietar a los cocuyos
bajo una nube densa, permanente.

Éramos aún muy jóvenes, el futuro distante
y dos o tres cicatrices ocultas tras una sonrisa estéril.

No era cautiva del reloj ni de las sombras,
del rímel ni del tutear de las torcazas,
bajaba hacia el rio donde su cabellera era el destello
de Luna y rostro en un solo ondular.

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