El día especial

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Usted perdonará si soplo destempladamente sobre las diminutas luminarias y si con ello estropeo un pastel esmeradamente decorado para compartir en esa alegría íntima esperada con ilusión y un mucho de interés personal en quien “celebra” su cumpleaños. Me bulle en la cabeza la idea malsana por contravenir la convencional celebración del 10 de mayo y la del tercer domingo de junio ―con menor énfasis― para la Madre y el Padre cuando en la realidad, la fecha que marca el nacimiento de cada uno de nosotros corresponde mas al esfuerzo, paciencia y cuidados de ella y del esfuerzo de aquel cuya importancia minimizamos; es pues, un aniversario de ser madre, de ser padre, no tanto para la creatura, a la cual, si le preguntáramos en el momento previo al surgimiento preferiría ese espacio cálido, seguro sin necesidad ni pretensiones de aprender algunos trucos a fin de llamar la atención de aquellos que pululan en rededor de una cuna y que con el tiempo, celebrarán opíparamente “nuestra” feliz llegada a la Vida. Hace ya algunos años en las numerosas familias habidas en todo encadenamiento de patronímicos y matronímicos* antes de la aplicación masiva de la penicilina y el ácido fólico, de prebióticos y prebióticos, el festejo estaba prácticamente ligado para las Maria y para los José en el rimero de los hijos sobrevivientes, porque uno solo obedeció los mandatos de un vientre harto de contenernos, y así: ¡afuera la creatura!

Para usted, si es de idea contraria, una disculpa por lo estrafalario de la propuesta que no le resta homenaje a nadie; ya llegará el día de ser madre, padre ―o no por decisión propia― y celebrar con júbilo especial los 365 días del año.

Somos el ser afortunado entre 250 millones de posibilidades que, insertado en un pequeño huevo, creció hasta el volumen de la incomodidad en un proceso y término dictado por la Naturaleza. Nos deferencia un nombre impuesto en recuerdo a alguien, por cercanía calendárica o evidencia de una pomposa manifestación de un acervo cultural adquirido penosamente o, por la valorativa decisión de un “suena bonito”.

Nuestros logros escolares son más mérito de los instructores que del rapaz que absorbía lo mejor de ellos en contra de la propia disponibilidad y que, en incontables ocasiones, tales esfuerzos solamente daban pie a  exhibir una estulta “sabiduría” pues de antemano cargaba uno con la certeza de que al final de la etapa de instrucción: “nos comeríamos el mundo a puños”.

Somos una mínima parte del conocimiento y esfuerzo de los maestros en las instituciones educativas, de los mentores fantasmales en los libros y en los textos desdeñados, de las consejas familiares y decires de los viejos, de los enojos de los tías/tíos y el cariño de una niña pasajera; Somos una síntesis de charlas con amigos permanentes y aquellos fugaces con sus propuestas apetecibles o descartadas, de las pláticas amenas con aquella amiga siempre presente y de las críticas despiadadas de quien nos quiere bien, de la ternura de una mujer y las brusquedades de los compañeros, del hacer ajeno apropiado con membrete de experiencia, de los amores frustrados, del cariño fraternal, de los sueños beatíficos, de las pesadillas recurrentes y dos o tres simpatías corrosivas.

Como ser humano participativo ―que intenta enriquecer sus momentos con sutiles pasajes de felicidad―, lo que realmente es propio y logro personal queda en el arcón de lo aportado con todas esas potencialidades y ésto, únicamente hasta el final de los días a alguien le importará y si es un paso para el crecimiento de otro (u otros) ¡a conmemorarlo!

Así, pies, celebremos los días en que alguien nos dejó lo suyo para hacerlo nuestro, cuya vida es la vida propia y sus triunfos nuestra coraza; Porque Yo soy todos y en cada “Yo” estamos todos.

Si está usted de acuerdo: un abrazo en este día especial, sino, una disculpa por apropiarme inadecuadamente de su tiempo.

* ¿Importará un neologismo en esta etapa de desprecio al valor de los géneros yacentes en los artículos gramaticales?

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