63 años de amoroso matrimonio

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Jorge Herrera Valenzuela
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Ciudad de México, 6 de enero de 2024.- Martes 27 de octubre de 1959. Aula Magna de la Universidad Autónoma del Estado de México, en Toluca. Jueves 21 de diciembre de 2023. Habitación 321 del Hospital de Nutrición, Ciudad de México.

Principio y fin del noviazgo y el matrimonio de la hermosa joven toluqueña Lilia Navas Ruiz y el reportero diarista defeño Jorge Herrera Valenzuela.

Comento una parte de lo que fueron más de seis décadas de felicidad de una pareja que disfrutó cada día. Sonrisas y “pleitos” hogareños. Ella, desde siempre una mujer alegre, bondadosa, enérgica y de carácter firme, humana hasta las cachas. Perdonaba, no olvidaba.

Carismática. Gustaba del baile regional y de la música de moda. Tenía su cuaderno con cientos de letra de las canciones. Cantaba y reía. Su preferido: Frank Sinatra. La composición de Renato Leduc, “Tiempo”, la oía casi todas las mañanas, en dúo de Marco Antonio Muñiz y José José. Con Renato, ella y yo convivimos en varias ocasiones, en la casa de Laurita Ayllón y Miguel Osorio Marbán.

Sus amigas Gena Estrada, Micha García López, Carmelita Contreras, Lupita Ávila, entre las que recuerdo, organizaban sus tardeadas, sus meriendas. Consentida de su primer jefe, don Pepe, hermano del gobernador Salvador Sánchez Colín, le permitió que aprendiera a manejar en un camión materialista.

Los dos primeros discos que le regalé contenían con los Hermanos Martínez Gil, Chacha Linda y Consentida, interpretada por Los Tres Diamantes. A Lilia y a su mamá les gustaba que les llevara “piedras” que compraba en Sanborn´s.

Feliz encuentro toluqueño
La historia romántica comenzó la mañana del día mencionado en la primera línea. Un día antes, el presidente Adolfo López Mateos, el general Lázaro Cárdenas, el gobernador Gustavo Baz Prada y el profesor Roberto Barrios presidieron la inauguración del Congreso Nacional Agrario.

Mi querido compañero de redacción en La Prensa, José Ángel Aguilar cubrió el evento, pero a partir del martes 27 me comisionaron como reportero para seguir la información del trascendental evento. Frente al edificio de la Lotería Nacional, donde estuvo por siglos “El Caballito” partía el autobús con los diaristas hacia Toluca.

Héctor Medina Neri, director de Turismo en Edomex, fue designado por el doctor Baz para atender la oficina de prensa y con él colaboraban las jóvenes Lilia Navas y Lidia Gómez Tagle, a quienes conocí frente a un escritorio colocado en el Aula Magna de la Universidad Autónoma del Estado de México. Ambas tuvieron la misión de tomar apuntes en taquigrafía.

Terminada la sesión matutina, nos trasladamos a la oficina de prensa. Me presenté con la señorita Navas y le pedí que elaboráramos un boletín de prensa. Mostró amplia disposición. Chica guapísima y de amable carácter. Se puso frente a la máquina mecánica y dicté lo que había escuchado de los ponentes. A veces, tomaba su libreta de taquigrafía y “descifraba” algunos conceptos.

De común acuerdo trabajamos los siguientes días. La comida, del último día del Congreso, se sirvió en el restaurant del legendario Hotel San Carlos, en los históricos Portales.

A la hora de los postres, desde mi lugar en la larga mesa me dirigí a la chica: “Coma chongos zamoranos Lilia, están muy sabrosos”.

Pasadas unas semanas, cuando conversábamos telefónicamente, me comentó que expresó a quienes estaban cerca de ella: “¡Y este pelado, igualado, diciéndome Lilia!… ¡Soy la señorita Navas!”.

Pronto simpatizamos. Me hizo una invitación para comer en su casa, previo permiso de su mamá. Vivía con su hermano Edmundo, casado con María Fernanda Hernández, padres de dos pequeñines, Mundito y Rosario.

Doña Esthercita Ruiz Pacheco sería mi muy querida suegra y desde el principio tuvo un excelente trato para conmigo. Solo sobreviven aquellos que ya no son los traviesos pequeñines, sino los queridos sobrinos.

Se inició una era de diario escribirnos una carta. Salía de la Redacción corriendo al Palacio de Correos, frente a Bellas Artes, para depositar mi carta. Creo que llegamos a decenas de cartitas románticas y en una de ellas, la del 13 de enero de 1960, Lilia escribió que no quería perder el tiempo y que si estaba dispuesto a casarnos. La respuesta fue un rotundo “Sí”. También por escrito.

Martes 13, en la Capilla de los Dolores
Los días “se fueron volando”. Li, como cariñosamente le llamaban sus sobrinas Lichita y Vicky, me tejió un abrigador suéter de cuello alto, color verde pistache. Lo estrené cuando fuimos de paseo hasta la parte alta del Nevado de Toluca.

Comenzaron las pláticas entre los dos, planear nuestro matrimonio y empecé a ahorrar para ir adquiriendo los muebles para la casa. Nos veíamos muy entusiasmados. Doña Esthercita le daba sus recomendaciones. Mis padres, don Gonzalo y doña Mati y mis hermanos Arturo, Luis y la pequeña Alma Rosa me apoyaron con su cariño. Conocieron primero a Lilia y después a su mamá.

En mis idas semanales a Toluca, comía en su casa. Luego nos íbamos al Café del Rey, en los Portales. Plática larga y romántica. Me contaba que le gustaba mucho bailar y que Octavio Chávez, su amigo, le enseñaba danza regional. Lilia fue buenísima para el baile y, en especial, para el Chachá y yo… ¡ni siquiera sabía dar unos pasitos”. Malo para el baile, entre otras muchas cosas de la vida.

Cuando íbamos al cine, otra anécdota: siempre le compraba unos chicles Adams. Dos cajitas, cuatro pastillas, por 15 centavos. “¡Este es un tacaño!”, comentaba con sus sobrinas que acostumbraban entrar a la sala del cine, con una bolsa de pan dulce. Jajajaja.

Se acortaba el tiempo. Mandar confeccionar el vestido de la novia. El traje para el novio. ¿Por dónde íbamos a buscar casa? Obvio, viviríamos en el Distrito Federal. Encontramos un edificio recién inaugurado en la Colonia Nápoles. Un departamento nuevecito con dos recámaras, salita, comedor, cocina y zotehuela. La renta, ¡625 pesos mensuales!

Lo más importante faltaba por decidirse: la fecha y el sito donde sería la ceremonia religiosa.

Retamos al destino: Martes 13.

Templo: La Capilla de los Dolores.

La boda civil la presidió don Polo Estrada, el casamentero número uno en Toluca. Los recuerdos son muchos y les comento un detalle más. Al ser interrogados sobre la edad de cada uno, dije 23 años. Tiempo después mi esposa me dijo: “Bueno, ¿para qué me quitaste los años; nunca he negado mi edad?”. Yo creí que me iba a dar las gracias porque le quitaba dos años.

Doña Esthercita y el profesor Filiberto Navas Valdés. Mis padres, Jorge Gonzalo Herrera López y doña Matilde Valenzuela Benítez. Testigos de la señorita Navas Ruiz, sus primos Alberto y Octavio del Moral Ruiz; los míos, mis compañeros, amigos y colegas del diarismo, Mario Alberto Santoscoy Fregoso y José Ángel Aguilar Solís. Lo que es la vida, soy el único sobreviviente de ese grupo.

Todo fue muy sencillo. La ceremonia en el comedor de la casa de Lilia. Presentes su tía Elenita, su hija Licha y su esposo el licenciado José Castañón con su hija Vicky. Unos bocadillos, una rebanada de pastel y sidra para brindar.

Enseguida salimos a la Iglesia, ubicada a unos metros de la casa. Lilia viajó en un coche que nos facilitó el padrino Héctor Medina Neri. Llegué caminando al pórtico del templo para recibir a la novia. Don Pascual García Ruiz, el Tío Pascualito, monseñor que oficiaba en la Catedral de Toluca, ofició la misa.

Por cierto, que un recuerdo quedó para siempre. El Tío Pascual no podía estar cumpliendo con su función eclesiástica porque Mundito, un niño de escasos 4 años, se la pasó corriendo de un lado a otro, detrás del altar. Hoy es un serio ingeniero, papá y abuelo.

En el atrio Miguel Osorio Marbán y Laura Guillermina Ayllón, mis amigos desde la Prepa. Del diario La Prensa recuerdo a Alfredo Mora Flores y a Rubén Villaseñor. Fueron padrinos Licha y el licenciado Castañón, Vicky, Micha García López, Héctor Medina Neri y su esposa Toña, Gena Estrada.

Al regresar de la Iglesia convivimos en la casa. Medina Neri bromeó y dijo: “Bueno, como dijo el padrecito, ya te casaste, ¡ya te fregaste!”. El Tío Pascual presente le respondió: “¿Qué cómo dije, ingeniero?”. Jamás olvido la sonrisa de mi querida esposa que aún, siguiendo la costumbre, firmó el Acta de Matrimonio agregando “Navas de Herrera”

¡Ah!, nuestra Luna de Miel
En el coche que nos prestó el padrino Medina Neri, Javier, el chofer, nos trasladó a la casa de mis papás y de ahí partimos por la noche hacia el Puerto de Acapulco.

Llegamos a un departamento que meses atrás renté, porque estuve como enviado especial de La Prensa para cubrir un movimiento político contra el gobernador que habría “de caer” en los primeros días de enero de 1961.

El administrador se encargó de adornarlo para recién casados. Era su primer viaje al mar, mismo que se repetiría muchas veces en compañía de dos hijos y dos hijas.

Pero, inexpertos los dos, nos fuimos a la playa. En los días de trabajo ni a la orilla del mar llegué. Descuidamos la sombra y por la noche mi hermosa y joven esposa tenía llagas en los hombros. Se quejaba del ardor. Mi colega y amigo Humberto Jurado recomendó que asara unos jitomates y se los colocara sobre los hombros.

Decidimos regresar a la Capital Mexicana y emprender un viaje hacia Michoacán. Llegamos a un hotel chiquito pero muy cómodo en Pátzcuaro. Visitamos la isla y comimos tacos de pescado blanco. Reanudamos las andanzas, pues fuimos a Uruapan y admiramos la cascada de la Rodilla del Diablo. Más días en tierras michoacanas y retorno a Toluca y emprender el viaje hacia nuestro primer nidito en la Colonia Nápoles.

Toda una vida no cabe en estos párrafos y habrá más, porque a partir del domingo 29 de octubre de 1961, debutamos como papás de un larguirucho bebé que llegó a las 5 de la mañana de ese día.

Todavía eran los tiempos que decíamos: “Los Niños viene de París”, así como “Lo trajo La Cigüeña”.

Después del primogénito, “llegaron” entre 1964 y 1968, dos nenitas y un varoncito. “El pilón” arribó en 1981, otra hermosa bebita.

Estaba integrada la Familia Herrera Navas.

Deseo precisar que mi adorada suegra, Doña Esthercita, vivió diez años con nosotros y ya les comentaré como me cuidaba.

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