La Guadalupana, símbolo de la mexicanidad

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Desde la ventana de mi departamento, cercano a la avenida Montevideo, vialidad que conecta el poniente de la Ciudad de México con la Basílica de Guadalupe, cada año, desde mediados de noviembre hasta después del 12 de diciembre, veo pasar las peregrinaciones con destino a La Villa, el principal Santuario Mariano de México y uno de los más visitados en el mundo.

Algunos lo hacen en forma individual, pero la mayoría camina en familia, amigos, grupos de trabajadores, obreros, oficinistas y, sobre todo, las magnas peregrinaciones que llegan provenientes de los más diversos estados de la Republica e incluso varios de otros países, esencialmente latinoamericanos.

Las concentraciones más grande son las que se presentan el 11 y 12 de diciembre. Se cuentan por millones los participantes en ellas. Este año, se estiman alrededor de 7 a 8 millones (algunas informaciones elevan su número hasta los 9 millones). Arriban de estados que rodean a la Ciudad de México, como Puebla, Querétaro, Estado de México y Tlaxcala; otras proceden de entidades federativas más lejanas, incluyendo algunas del sureste nacional y del norte de la república.

Lo hacen a pie, cargando sobre sus espaldas cuadros de la Virgen de Guadalupe; efigies elaboradas de distintos materiales con la representación de la Morenita del Tepeyac y hasta grupos que la trasladan en andas; también traen cobijas o mantas para descansar y dormir durante el trayecto.

Viajan en bicicletas, motocicletas, camiones de carga o de pasajeros y en camionetas. Algunos los acompañan perros que, más tarde, cuando regresan a sus lugares de origen en camiones o autobuses, muchos de esos animales de compañía que viajaron con grupos andantes, se quedan en la Ciudad de México, luego se extienden sobre la vecina Ecatepec, en la conurbación urbana y dar origen a lo que antes se denominó “perros peregrinos”, hecho que obligó a que las autoridades delegacionales construyeron refugios caninos para evitar su dispersión posterior que los convertía en perros callejeros.

Esas imágenes y efigies de la Guadalupana las traen para que los sacerdotes que dan servicio en la Basílica de Guadalupe se las bendigan y regresen con ellas a sus hogares donde presidirán el altar doméstico, siempre en el lugar de honor, sea residencial o una casa popular y hasta una simple choza.

Las peregrinaciones guadalupanas son un importante referente social y económico para México. Cuando el país enfrena problemas de esas índoles, de inmediato, se expresan en las manifestaciones de fe popular, cuyos creyentes acuden a la Basílica para pedir favores de beneficio propio o social o agradecer la obtención de alguno de ellos.

En diciembre, cuando muchos trabajadores migrantes regresan de Estados Unidos para pasar las fiestas decembrinas con sus familias, es común que varios de ellos visiten este Santuario para pedirle a la Virgen de Guadalupe que les permita regresar con bien a sus centros laborales de la Unión Americana, agradecerle el que el año les haya ido bien y encomendarle a su familia mientras ellos trabajan en los Estados Unidos.

La noche del 11 de diciembre, poco antes de la media noche, dentro del recinto Mariano se reúnen artistas mexicanos quienes, en honor de la Virgen de Guadalupe, le cantan las populares Mañanitas, una tradición que siempre acompaña las festividades del día de su santo o de su cumpleaños de cualquier mexicano, sin importar la clase social a la que pertenezca.

Dentro de la Basílica y en el atrio se congregan los peregrinos para acompañar a los artistas en el canto de la Mañanitas a la Morena del Tepeyac o la Guadalupana, como cariñosamente le llaman, sin importar el cansancio, frío, hambre o desvelada.

Lo hacen ancianos, jóvenes y niños; en pareja, en familia, solitarios o en grupo. Todos son uno solo. Un solo cuerpo; una sola alma.

La Virgen de Guadalupe es el único símbolo nacional que reúne a los mexicanos, dentro o fuera del país. Tal vez, sólo equiparables a las fiestas de la independencia nacional, el 15 y 16 de septiembre.

En tiempos pasados cuando la separación Estado-iglesia fue una semirrealidad (semirealidad, porque nunca fue una realidad total) en México, era común ver en Nueva York, Washington y otras ciudades norteamericanas o europeas cómo los funcionarios mexicanos, de vista o de permanencia, expresaban su fe a la Guadalupana, con igual fervor con el que celebraban los citados festejos patrios .

La Virgen de Guadalupe surgió en México diez años después de la Conquista Española, según los anales de la historia, datos bibliográficos, tradición oral y escrita y otros muchos documentos que se han dado a la luz pública en estos poco más de 5 siglos.

México fue conquistado por Hernán Cortés entre los años 1519 a 1521 y el primer dato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac se dio el 9 de diciembre de 1531. Fueron cuatro las apariciones que la Virgen le hizo a Juan Diego (ahora convertido en santo por el Papa Juan Pablo II), indígena nativo de Cuautitlán, población ubicada en el norte de Valle de México, y de oficio petatero que vendía sus artículos en el Mercado de Tlatelolco.

Juan Diego fue uno de los primeros indígenas conversos al catolicismo, por lo que asistía a misa en el templo de Santiago Tlatelolco. El 9 de diciembre mientras caminaba con ese fin, al pasar por el cerro de Tepeyac, tuvo la primera aparición de la Guadalupana, quien le encomendó solicitar a las autoridades eclesiásticas de la actual Ciudad de México le construyeron un templo en ese sitio.

Tal petición fue desoída por los jerarcas eclesiásticos una y otra vez. El 11 de diciembre, Juan Diego no asistió a la iglesia para llevar, de nueva cuenta, el mensaje de la Virgen, porque su tío Juan Bernardino había enfermado y Juan Diego se quedó a atenderlo, pero el 12 de diciembre, tras disculparse con la Guadalupana, entregó el mensaje al obispo Fray Juan de Zumárraga, quien le exigió, como condición de que se trataba de un mandato de la Virgen, llevarle una prueba.

Juan Diego regresó al Tepeyac para contarle a la Virgen lo de la prueba exigida. La Virgen le entregó unas rosa (de Castilla) que Juan Diego guardó en su ayate (tipo de instrumento agrícola empleado en Mesoamérica para recolectar las cosechas, que se elabora de fibras de maguey, palma, henequén o algodón; de forma rectangular que llega a medir entre 70 cm a 80 cm de largo por 40 cm a 50 cm de ancho. Cuenta con dos cintas que se sujetan sobre los hombros. En la actualidad se elaboran a partir de hilo cáñamo u otras fibras sintéticas), y al mostrarlas al obispo se dio el milagro: en la tilda de Juan Diego apareció la imagen de la Guadalupana, que ahora es el centro de la veneración popular.

Según la leyenda prehispánica en el cerro del Tepeyac, los antiguos mexicas, pobladores de la Ciudad de México, veneraban a la diosa Tonantzin, nuestra madre. “Desde épocas prehipánicas existía un templo de adoración a Toci-Tonantzin en el Tepeyac, cerca de la Ciudad de México. Dicho templo fue destruido durante la Conquista de México. Sin embargo, los monjes franciscanos mantuvieron una pequeña capilla en este lugar”, dice el historiador Fray Bernardino de Sahagún, en su “Historia general de las cosas de la Nueva España, 1540-1585”.

Agrega que “uno de estos está en México, donde está un montecillo que llaman Tepeacac y que los españoles llaman Tepequilla, y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que ellos llaman Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Allí hacían muchos sacrificios en honra de esta diosa, y venían a ella de muy lejanas tierras, de más de veinte leguas de todas las comarcas de México, y traían muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas a estas fiestas. Era grande el concurso de gente en estos días y todos decían ‘vamos a la fiesta de Tonantzin’; y ahora que está ahí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin, tomando ocasión de los predicadores que también la llaman Tonantzin. …y vienen ahora a visitar a esta Tonantzin de muy lejos, tan lejos como de antes, la cual devoción también es sospechosa, porque en todas partes hay muchas iglesias de Nuestra Señora, y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin, como antiguamente».

Esta versión de Bernardino de Sahagún parece confirmarse en la actualidad, pues es común que muchos peregrinos de regiones indígenas se hacen acompañar con danzantes que bailan en el atrio de la Basílica en manifestación expresa de fiesta, tal como fue en la antigüedad.

De acuerdo al historiador y filósofo alemán Oswald Spengler, en su ensayo: “La decadencia de occidente”, datos y hechos históricos no tienen la importancia que se les ha dado, porque la mayoría de ellos corresponden a mitos, leyendas y otros díceres que no resisten un análisis real.

Lo importante, al final de cuentas, es lo que esos hechos significan para la creación de una conciencia colectiva. Es lo que le da vida a los pueblos y crean los nacionalismo, hecho que está confirmado con la Virgen de Guadalupe que une a todos los mexicanos y que fue el símbolo que utilizó Miguel Hidalgo en su estandarte cuando inició la gesta libertaria de México.

Todavía se recurre a la referencia de la Virgen de Guadalupe en momentos críticos del México actual para encontrar en ella la paz y tranquilidad, individual o social, requerida.

Historiadores, sociólogos, exégetas, sicólogos, arqueólogos y religiosos han realizado múltiples estudios sobre la Guadalupana y todos coinciden en el significado que tiene para la sociedad mexicana y para otras más extrafronteras, como símbolo de fe.

Filosófica y teológicamente, la fe se describe como una gracia, un don de Dios; para dar respuesta a la fe es necesaria la gracia de Dios que ayuda y se adelanta a las personas y mueve sus corazones para dirigirlos a El. Creer es un acto auténticamente humano, que no es contrario a la inteligencia ni a la libertad del hombre. En la vida corriente, en las relaciones humanas creer lo que dicen otras personas no es contrario a la dignidad propia. Por esa razón es menos contraria a la dignidad de la persona creer y poner la inteligencia y la voluntad bajo lo que Dios revela.

El hecho de que las verdades reveladas parezcan inteligibles o verdaderas a la razón natural no es el motivo por el cual se cree, según los teólogos católicos, se cree por la autoridad de Dios mismo ya que revela y no puede engañarse ni engañarnos. Es cierta, más que cualquier conocimiento humano, pues se basa en la palabra de Dios, que no puede mentir ya que Él es la Verdad. La certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural.

En la Biblia, la fe es un concepto judío que se deriva de la palabra hebrea emuná que significa tres cosas: firmeza, seguridad y fidelidad. Para el pensamiento judío, una fe que no incluya seguridad o fidelidad, es lo mismo que separar el espíritu del cuerpo, es decir: es una fe muerta.

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