Estás más allá de la sangre, de las penas y carencias, del verbo arraigado en la memoria, del silencio cuando todos exigían un grito o de las dos o tres cosas heredadas que me socorren bien; porque fuiste lo que pudiste y llegaste hasta donde tus fuerzas y limitaciones te lo permitieron.

De ti conocí el color y nombres de una tierra original con aroma a rio y a huertas proveedoras de guayabas y limones, de higos y granadas entre repicar de “la mayor” y el bullicio de las esquilas, una plaza principal con el zureo de las palomas y el saludo continuado a familiares y amistades en torno al quiosco pueblerino o acodados en el barandal de aquel otro de estructura morisca: primero, símbolo del país, después de la colonia.

Hubo en la mesa una taza para el café, un cenicero personal y una sucesión de “caballitos” de cristal para un ¡salud! ´particular y silencioso; las melodías de un programa radiofónico después del noticiario deportivo que hoy es un recuerdo bullente y la respuesta anticipada ante la duda del concursante. Quedan ya sin punzar, historias de pecados, énfasis inadecuados y la verborrea innecesaria que llena una incertidumbre hiriente.

Hoy eres más de lo que fuiste, más de los que fueron antes, más que todos los que serán después. Ya no es sólo tuya la voz entre las palabras de todos y es a la vez triste constatar el silencio entre un impreciso aroma en el recuerdo: toda una vida para heredar dos o tres cosas diminutas a fin de suavizan la vida de cuatro o cinco decenas de individuos de la siguiente generación.

No fuiste el héroe universal, eras la rama florecida y una traza en el aire que jamás intentó ejemplificar. Denostabas y afirmabas discretamente, te equivocaste sin horror y acertabas sin pompa, al fin, fuiste un humano alejado al montón de vidas estériles. Ésto que ahora nada significa queda para decirte inútilmente que nunca estuviste en un pedestal ni serás la imagen de un héroe para destruir; tú no fuiste el hijo ejemplar, el padre riguroso o el abuelo bonachón porque eras más que eso: un ser humano, falible y emocional.

Y viene repetidamente la hiriente pregunta dubitativa ¿estás ahí? ¿dónde estás? Quizá también  interrogaste al pasado y te revelaste ante la realidad, quizá tu rebeldía no alcanzó la garganta a fin de clamar inútilmente ¿por qué? quizá no hubo réplica y todo el furor quedó en un reprimido vomito bilioso. Raudo regresaste a la nada, los años que viviste ―que parecieran muchos― son mínimos ante la eternidad inexorable.

Hoy cuando ya no importan tus victorias ni me duelen tus fracasos, cuando después de recorrer mi camino no absuelvo las faltas que a nadie afrentan ni a los demás importan, hoy cuando ya de nada sirve, maldigo tu ausencia forzada, y en ésto, no tienes culpa alguna.

Largas caminatas más allá del rio ―tu rio― para cubrir las horas baldías… Un revoltijo de verbos a ordenar para expresar medianamente una idea… Un legado de sucesos anteriores a tu momento y otros más previos al mío… Lustros y décadas de lucha estamparon el rostro con dos esperanzas: al final fallidas,años de ocultar la frustración en la falsa salida reprochable cuando ya no era real, ni siquiera lejana… Mucho tiempo esperé que todo fuera una falsedad, día tras día buscaba la frase sorprendente que restaurara ese vacío creciente para verte nuevamente con tu paso ya cansino y afirmar que algo del esfuerzo en la vida vale la pena. Dime ahora que tu prójimo no es juez ni el tiempo tu verdugo: ¿Algo del esfuerzo en la vida vale la pena?

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