En las últimas décadas son varios los cantantes, cantaautores y artistas mexicanos que han muerto; sin embargo, ninguno tan trascendente como el deceso de Alberto Aguilera Valadez, mejor conocido como Juan Gabriel y su alias: El Divo de Juárez.

Nacido en Parácuaro, Michoacán, poblado situado en una región fértil, cubierta por manantiales y bosques que le dan una visión idílica, cercana a la llamada franja de Tierra Caliente, donde sus principales representantes de la organización social tienen antecedentes italianos, como lo acreditan el nombres de sus poblaciones: Nueva Italia, Lombardía y Ario de Rosales, entre otros.

Parácuaro, en contraparte, mantiene el ancestral origen purépecha, conviviendo con población de ascendencia hispana, dedicados a labores de campo y actividades artesanales y, recientemente, de turismo de naturaleza.

Ese origen y su vivencia, aunque poca, porque desde muy niño, al quedar huérfano de padre, Aguilera Valadez, con su familia, se fueron a vivir a Apatzingán, primero, y luego a Morelia, para de aquí volar hasta la fronteriza Ciudad Juárez, Chihuahua, donde completó su niñez y pasó parte de su adolescencia.

Su espíritu nato de compositor y sus recuerdos de aquellos paisajes que quedaron gravados en su mente lo mantuvieron siempre con los pies puestos en la tierra.

En la filosofía grecolatina, el amor es uno de los mayores ideales del ser humano. Tuvo su doble concepción: la aristotélica, más pegada a la realidad humana, y la platónica, eminentemente abstracta, que sólo se vuelve real en la relación personal, a través de un amplio tejido que, a veces, llega hasta lo más alto y, en otras, desciende al sótano, en base al libre albedrio de quienes lo ejecutan.

Este amor de características platónicas, enraizado en lo más íntimo de millones de personas en el mundo, fue el ejercicio y base de las composiciones de Aguilera Valadez, convertido en Juan Gabriel.

Habla de amor y desamor, únicamente. No existe la tragedia cruenta ni, al menos, el maltrato inhumano. Sólo la querencia y su contraparte, tal como era la visión general del amor en esos tiempos, cuando la axiología tenía valores tradicionales y, aunque, a veces, se rompían, estos casos eran la excepción, no la regla.

Esos principios los explayó en sus composiciones Juan Gabriel que por simple naturaleza hicieron eco en una sociedad que transitaba con fuerza de lo rural a lo urbano, pero cuyas generaciones se mantenían ligadas a la tierra de sus ancestros.

Esther Vázquez es una enfermera que trabaja en una farmacia de la Ciudad de México, atendiendo casos de salud preventiva. El domingo por la noche, pocas horas después de la muerte de Juan Gabriel, me comentó que a su oficina de atención al clientes, llegó un número inusitado de mujeres, algunas con vestido de luto, otras llorando y algunas más con manifestaciones de presión arterial alta, producto de un momento de emotividad no esperado.

El denominador común era que se trataba de mujeres adultas, en su mayoría con una coincidencia general: amaban a Juan Gabriel. Habían vivido su adolescencia y juventud con las canciones del Divo de Juárez.

El inconsciente de todas ellas registraba cada ritmo y cada verso como parte de su yo existencial. En consecuencia, les habían arrebatado, de tajo, una parte de su vida.

Ahora, las nuevas generaciones tienen otra visión y vivencia de la vida. Son eminentemente urbanas, escuchan, preferentemente, música en inglés y sus ídolos son jóvenes y grupos musicales anglosajones; visten jeans con playeras que muestran sus preferencias sociales y calzan tenis.

En amor y el desamor, en la vida real, se maneja con otros valores. Su expresión máxima: el matrimonio o vivencia en pareja compite frontalmente con el desarrollo profesional, en especial de las mujeres, y, en muchos casos, las mascotas sustituyen al encuentro interpersonal, aunque como en el amor platónico, también les dan vida y atenciones que antes correspondían al ser amado.

Aunque a las generaciones de jóvenes actuales, tal vez Juan Gabriel no les diga mucho, en lo recóndito de su corazón y de sus sentimientos, está vigente, como antaño, sólo que disfrazado hacia otros objetos de amor.

En casos extremos y cuando ni estos sustitutos son suficientes para hacer realidad ese amor del que cantó Juan Gabriel, el desenlace puede llevar a una profunda crisis existencial ante la vida.

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