Perros destacados

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El compañero ancestral en el ascenso del hombre deja su imagen y camaradería en la Vida: Kérberos, (“demonio del pozo”) guardián en la frontera de la vida a lo sombrío en la cultura nacida en la Grecia antigua, en tanto, en civilizaciones distantes el concepto de un gozque amarillo conductor de las almas de los muertos por los siete ríos antes del Mictlán enriquecía a las culturas mesoamericanas precolombinas. Otros más, de la fantasía a la vivencia humana corren por las páginas de las historias y las artes: Colmillo blanco y el Buck de Jack London; Beno (compañero de Joseph Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda de la Alemania nazi entre 1933 y 1945, aquel que originara la famosa frase del misántropo en el poder: “Cuanto más conozco al hombre, más quiero a mi Beno” —o “a mi perro”, según otras traducciones—, mención aparecida en dos ocasiones en lo que quedó del Diario personal, frase desatinadamente atribuida al líder Adolf Hitler); el grupo musical Toto fundado por David Paich y Jeff Porcaro toma el nombre de aquel acompañante de Dorothy en pos de algún lugar sobre el arco iris; otro más, el grupo de rock californiano Three dog night [1] da razón a la importancia de esos seres para hacer por conveniencia mutua vida común con el hombre y, de la misma Australia proviene Wilfred, el desconcertante hombre/perro o perro/hombre surgido de la producción televisiva; Kudryavka queda en los textos con el nombre de Laika, perrita rusa, la primera viajera en el espacio; chūken Hachikō (“el perro fiel Hachikō” [2]) cuya adhesión quedó permanentemente en la escultura de bronce frente de la estación de tren de Shibuya, en Tokio, en la realización cinematográfica del Japón en el año de 1987 y de ahí transplantado a otra latitud y lenguaje en la producción estadounidense en el 2009; “Gaucho”, el perro uruguayo inmortalizado también en bronce y puesto frente al cementerio en el poblado de Durazno para rememorar su apego al hombre/amigo de la localidad de Villa del Carmen y al que acompañara en su etapa final en el hospital y por años sobre la tumba donde lo sepultaran; el perro de San Roque —el patrono de las mascotas y en especial de los chuchos—al final de su poema, el místicamente carnal Ramón López Velarde desplaza el ardor personal al imponerle una antorcha en las fauces; el Beagle Snoopy, personaje indivisible al Charlie Brown de Charles Schulz que hasta canción bélica posee con The Royal Guardsmen en la jocosa Snoopy vs. Red Baron (el condecorado Manfred von Richthofen, piloto alemán durante la Primera Guerra Mundial); la exitosa Lassie con sus diez u once generaciones de collie a partir de la original Pac; los varios Rin Tin Tín inspirador del actualmente omitido contraparte Rantanplán, personaje de historietas creado por Morris y Goscinny; Pluto (cuyo nombre alude al planeta hoy reducido a planetoide); Goofy (puesto en las pantallas mexicanas —cine y tv— con el nombre de Tribilín); el pequeño personaje de los irreductibles galos, Idefix lazo de unión entre Obelix y Ásterix de la serie creada por los franceses René Goscinny y Albert Uderzo; el labrador Marley (personaje de la película Marley y Yo), Wilson, el perrito compañero de la Familia Burrón. No sería correcto dejar fuera al “Malasangre” de Joan Manuel Serrat, al “Callejero” de José Alberto García Gallo, alias Alberto Cortez,  al pequeñín aquel que le duele la muela ni aquellos diez de la ronda infantil o “El perrito miedoso” —aunque en los versos tercero y cuarto, queda la afirmación de no ser miedoso por siempre—. “Nadie salió a despedirme cuando me fui de la estancia solamente el ovejero, un perro…”; lamenta José Larralde en “Cosas que pasan”, Cipión y Berganza, los parlanchines personajes de la noche creados por don Miguel de Cervantes Saavedra en su “El coloquio de los perros”; el por mí olvidado nombre del compañero de Robin Williams y Annabella Sciorra, presencia latente en la controvertida What Dreams May Come (Más allá de los sueños); allá, fuera de la crueldad del hombre brillan las constelaciones Mayor y Menor dedicadas a estos compañeros en la vida; el superovejero “Sirio” de Olaf Stapledon, todos los Webster y compañía que en “Ciudad” de Clifford D. (Donald) Simak poseen la inteligencia antes exclusiva del hombre; los perros sanitarios, los perros que los hombres de todos los bandos adiestraron para beneficio en los conflictos armados, los “perros mina” durante la Segunda Guerra Mundial — una traición horrenda a la confianza y lealtad de los canes— denominados también para descargo de conciencia: “perros suicidas” [3].

“Cuando desaparece un perro noble y valiente, el mundo se torna más oscuro. Más triste y más sucio.” afirma Arturo Pérez-Reverte en la solapa de “Perros e hijos de perra” [4], que es más o menos la misma idea insertada en la página 27 del libro mencionado y que conste, pervertimos un tanto el texto al erradicarle la parte de misantropía que en realidad duele por su verdad profunda; veintidós bofetadas a la estupidez, veintidós testimonios de alguien que ama a la vida cuando es buena. Y es propio en la vida hasta donde el término plagio no llegue, apropiarnos de una parte del primer parrafito en la presentación del mismo señor Pérez-Reverte: “Durante la mitad de mi vida conviví con perros, y de ellos he aprendido mucho de cuanto sé, o creo saber, sobre las palabras amor, desinterés y lealtad. Éstas no son frecuentes entre los humanos, al menos las dos últimas; y desde luego, tampoco la primera, amor, en el sentido en que podemos aplicarla a esos nobles animales.”

Y es un primo del perro, el temible lobo montaraz quien nos restriega en el rostro la vergüenza de ser quienes somos, con uno mismo y con los demás, para recomendar aún con algo de benevolencia final a ese “francesito” hermano de todo en la Vida: “… vete a tu convento, hermano Francisco, / sigue tu camino y tu santidad…” [5] ¡Ah! ese Rubén Darío algo nefasto encontraría entre los hombres para dejarnos esa gran amargura.

Y lo anterior por mencionar sólo al compañeros ancestral, al más querido y cercano desde el inicio de la civilización humana, porque necesitamos recordar y darle espacio al sufrimiento ignorado de las demás especies dañadas por la insufrible humanidad: el borrego cimarrón, los burros y mulas, las palomas, ballenas, gatos, ratones, ratas, lagartijas, vaquitas marinas,  jaguares, cocodrilos, avestruces, chimpancés, gorilas, leones, hormigas, cuervos, murciélagos, patos, gansos, osos grises y blancos, berrendos, delfines, tiburones, grillos, sapos, ranas, las aves en general, los inadvertidos gusanos y lombrices, manatíes, cóndores, garzas, ajolotes, tucanes, quetzales, víboras y serpientes, águilas, arañas, peces pequeños y mayores, focas, lobos, mapaches, loros, pericos y guacamayas, pandas, tapires, monos, halcones, teporingos, mariposas a más de las monarca, tortugas, la diversidad de los moluscos … vaya, un larguísimo enlistado en donde el etcétera queda limitado por la inconciencia. Diariamente perecen o quedan inválidos permanentemente por la brutalidad del hombre, miles, cientos de miles, millones de animales sin que nos punce el dolor de tanta creatura, porque si el ser humano desprecia a sus semejantes y los destruye al rigor de discursos correctamente estructurados, con el silencio por conveniencia y hasta con la promesa de un Paraíso para cada uno del “nosotros” que conforma el parcial concepto de Humanidad a fin de imponer su “santa voluntad” en “los otros”, los equivocados, poca esperanza quedará para los irracionales que confían en la ser máxima de la Creación.

Y en el etcétera correspondiente, no aparece el nombre de todos esos perros que intereses mezquinos violentan para infame y pervertida diversión humana, ni el de “el negrito”, ni el de los abandonados en las calles o asilvestrados, ni el de los compañeros personales que dejaron huella con su alegría de vivir y un dolor profundo cuando su vitalidad terminó, ni el de otros cientos de miles de ignorados en vida y sin la posteridad. Para ellos, por su babeante cariño lo menos que uno desea es que en su tránsito por la vida recibieran un poco, sólo un poco de regocijo y tranquilidad con quienes deseamos ser sus compañeros momentáneos, porque de ellos sí la recibimos en invariable calidad, constante, leal e incondicional.

[1] El comentario incluido en la  historia oficial del grupo estadunidense Three Dog Night (1964—1975) narra que la novia de Danny Hutton (la voz principal del grupo), la actriz June Fairchild recomendó el nombre después de leer un artículo de una revista sobre los aborígenes australianos. Dícese que en las noches frías estos habitantes acostumbran dormir en un agujero en el suelo junto a un dingo. En las noches más frías duermen con dos perros y, si la noche es helada, era una “noche de tres perros”. wikipedia.org/wiki/Three_Dog_Night”.

[2] Al parecer “hachi” significa “ocho” número en el orden de nacimiento del perro en la camada, y “kō” refiere al grado de “príncipe” o “duque”, según varias fuentes de las cuales no esposible determinar la original.

[3] A los perros les entrenaban para buscar alimento bajo los tanques, les colocaban una mochila con explosivos en el lomo y al accionar a  larga distancia un dispositivo en ella causaba una explosión capaz de destruir los bajos de un tanque.

[4] Arturo Pérez-Reverte, “Perros e hijos de perra”, Alfaguara 2015, con ilustraciones de Augusto Ferrer-Dalmau.

[5] Fragmento tomado de poemas-del-alma.com/los-motivos-del-lobo

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