El “Negrito”

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Hace dos o tres años (a veces el tiempo resulta una abstracción inmensa), a manera de regalo por su cumpleaños, llevaron al “Negrito” a la casa de R… Era un cachorro de perro con no más de un mes de destetado y el nombre diferenciador le llegó por la vía larga con base al pelaje propio. Claro que fue una sorpresa asociada a una promesa continuadamente pospuesta. No me pregunte en qué raza canina ubicarlo, en mi ignorancia ésto es más que suficiente, porque al final, un perro, un gato, un perico, un pez, cualquier animal es parte de la vida sin archivador y por ello: sagrado.

Él llegó junto con una gran caja con su alimento, sus “premios”, una bandeja para el agua, otra para el alimento y una bolsa con sabanas para educarlo en dónde orinar y defecar a más de una serie de “juguetes” para ejercitarlo y en los cuales practicar las dentelladas juguetonas de todo cachorro.

 

Efímeros fueron sus nombres hasta que al final, con lógica y sencillez respondía al denominativo de “Negro” para al final quedar en “Negrito”, dado su tamaño y edad. Era uno de esos perros chaparrones, cariñoso y juguetón al que poco más tarde regañaron más de una vez cuando a los “dueños” las incurias diarias embotaban la ternura. Aquel juguete animado dejó de ser el atractivo para el niño y resultó un enfado para los adultos. Lamentaban continuamente las atenciones demandadas hasta dejarlo a su arbitrio y buena suerte, primero en el reducido y reseco prado a la entrada de la casa y ya después, ante sus constantes huidas, que se las arreglara por sí mismo en la calle en donde las continuas riñas con perros mayores marcaron su lomo, patas y cabezas con despellejadas cicatrices, y no recordemos los continuos altercados en las temporadas de inquietud, en dichas ocasiones los vecinos llegaban a la puerta para solicitar corrección para ese indomable animal que escandalizaba —junto con una media docena de otros vagabundos y otros más venidos de “sabrá Dios” dónde— entre aullidos y pleitos continuos tras alguna perrita desastrada. Jauría a la que ni las pedradas, los palos, ni el agua arrojada sobre sus lomos aplacara el ardor que les movía a la vergonzosa manifestación de sus pasiones.

Al final, aquel que fuera “el negrito”, ahora simplemente “el negro”, perdió el arraigo junto con el cariño, recibió maltratos en ccontraste a las iniciales zalamerías y le rugió la panza apaciguada con lengüetazos en el agua de los charcos.

Un día, allá por el mercado, me encontré al “negrito”. Parecía dormido, en realidad estaba muerto. Es posible que lo arrollara alguno de los innumerables automóviles que por la avenida transita y lo arrojaran a la lateral del camino. Alguien (vaya uno a saber si con afán piadoso o para nulificar la pestilencia de la corrupción) cubrió el menguado cuerpo con cal. No transcurrió mucho tiempo y el camión recolector del desperdicio —que ese día sí recorrió las calles del espacio urbano— fue el penúltimo espacio que ocupó el perrito. Uno de los vecinos acudió a casa de R… para avisar del percance del perro y el padre de con rostro compungido destacó las dificultades familiares, el horario, los gastos, la visión de responsabilidades mayores, la esclavitud humana ante las demandas del animal… en fin, un largo encadenamiento de razones justificadoras, porque “a diario mueren miles de seres semejantes” y a nadie estremece tal realidad.

Así, ahora “el negrito” es una referencia en el pasado y anécdota en la familia del niño R… quien ahora desea uno de esos teléfonos celulares de última generación o un hurón por mascota. Curiosamente la palabra mascota proviene del francés mascotte*) y determina a una persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte, al poseedor ¡claro! porque a un animal se le posee y, en la mayoría de los casos le negamos su capacidad y merecimientos para forjar un compañerismo. En su futuro, el niño R… estudiará veterinaria porque, basados en su afición a los animales, sus familiares le auguran un futuro económicamente seguro.

Las historias de perros compañeros quedan bien en las novelas, en las películas, quizás en alguna canción o poema mínimo, los de la realidad, cuando mucho, disfrutan de una suerte menos cruel que la de “el negrito”, transcurren sus días confinados a un espacio donde no den lata y, las más de las veces, desaseado.

* “Mascota” es un vocablo que adoptó la lengua española del léxico francés y en éste proviene del provenzal “masco” que refiere a la bruja en el sentido implícito de buena suerte.

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