Por segunda, tercera, cuarta, o tal vez más, se levanta la “Bandera blanca” en materia de seguridad agraria en la tenencia de la tierra en el campo mexicano. Ya se había anunciado lo mismo en otros sexenios; ahora, lo reitera la secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), Rosario Robles Berlanga, en el estado de Veracruz.

Levantar la bandera blanca significa que se acabaron los problemas jurídicos de índole agrario en el país, a más de un siglo de iniciada la Revolución Mexicana, uno de cuyos principios fue el reparto de la tierra a los campesinos quienes, al final de cuentas, sólo recibieron, en la mayoría de los casos, terrenos infértiles y, desde luego, problemas.

El ejido y las comunidades agrarias son las dos figuras de tenencia de la tierra prevalecientes en el campo mexicano. Hasta fines del siglo pasado sumaban 29 mil unidades entre ambas que contenían más de 103 millones de hectáreas, equivalente al 51 por ciento, de los casi 200 millones con que cuenta el territorio nacional.

Así las cosas, Robles Berlanga dijo hoy que “a tres meses de comprometerse a acabar con el rezago agrario existente en la entrega de 53 mil expedientes agrarios… hoy, el gobierno de la república levanta la ‘bandera blanca’ de que se cumplió con abatir el rezago agrario”.

Inteligentemente, se refirió sólo al rezago existente en el Registro Agrario Nacional (RAN), no a la totalidad, como en ocasiones anteriores hablaron otros titulares de la Reforma Agraria (SRA, antecedente de la Sedatu).

El RAN es un órgano desconcentrado de la Sedatu que se encarga del control de la tenencia de la tierra ejidal y comunal y de brindar la seguridad jurídica documental, derivada de la aplicación de la Ley Agraria.

Pareciera increíble que tuvieran que pasar más de 100 años para que se terminaran los problemas (no todos, por supuesto) sobre el reparto agrario revolucionario.

Jesús González Gortázar, cuando era dirigente de la Pequeña Propiedad (Cnpp), solía decir que México era el único país en el mundo que duró más de 75 años repartiendo tierras y quién sabe cuántos tardaría en regularizarlas, cuando otras revoluciones del mismo tipo, como la de Nicaragua, tardaron sólo 6 años.

Lo que sucede es que, al calor de la revolución agraria, presidentes y funcionarios de este sector gubernamental repartieron tierras con mexicana alegría, en cuyos anales es posible rastrear y encontrar un sinnúmero de anécdotas, reales o ficticias, sobre el ejido, en especial.

Algunas tan divertidas como la existencia de ejidos en Chiapas que terminaban en el mar o en Guatemala y, cuando se trataba de ministrarles presupuestos era común hallar ejidos en la aristócrata colonia Polanco de la Ciudad de México, por ejemplo.

El principal problema que enfrentó este reparto agrario fue el traslape de ejido sobre ejido, ejido sobre comunidades agrarias o ejido sobre pequeña propiedad, en casos tan ilustrativos como los de los estados de Hidalgo, Veracruz, Chiapas y Oaxaca, entre otros muchos, y prevalecientes hasta hace pocos años.

Pero esto, a lo mejor ahora sí, es historia, lo que vendría a finiquitar, en parte, el derramamiento de sangre que se da en este tipo de conflictos y que en décadas pasadas fueron auténticos enfrentamientos cruentos aún entre familias.

El investigador Emilio Kouri publicó un muy interesante estudio, llamado “La invención del ejido”, en la Revista Nexos, en enero del año pasado, precisamente al cumplirse un siglo de expedida la Ley Agraria de 1915, y que vale la pena leerlo, como simple referencia a estos hechos y su trascendencia en la historia agraria de México.

“Hoy, después de décadas de esperar sus títulos parcelarios, estamos dando la certeza jurídica, patrimonial, a cientos de veracruzanos y de mexicanos”, dijo Robles. “Desde aquí, desde Veracruz, le mandamos la noticia a México que el rezago del Registro Agrario Nacional no existe más y no existirá más”, agregó.

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