Nuestro río

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Todas las culturas habidas en la historia de la humanidad surgieron en la cercanía de un río*, las desaparecidas e ignoradas y todos los grupos humanos originales, no obstante que en la recopilación documental no quede registro. Un río, a más de la compleja vida habida en el recorrido, los inconmensurables beneficios para las áreas agrícolas y el abastecimiento ganadero, fue escalón en el desarrollo de la sensibilidad humana durante un largo encadenamiento de hechos mínimos vitales en la interrelación comunitaria, extrañamente señalaba una propiedad con derecho de heredad, origen de incontables trifulcas; porque de él surgió la riqueza incomparable y el rústico sustento, porque en su corriente navegaron hermanados los cuerpos de los héroes vencidos y los triunfantes —los entorchados de alto rango y los del peladaje—, la rústica barca y la impulsada por complicada maquinaria; talla natural que unía lo alto de las montañas con lo bajo de las costas marinas, que aún con su desaparición determinan la línea divisoria entre nosotros y ellos, los que somos (los buenos) y los ajenos a nuestra vida (los nefastos).

Un río era el paseo en solitaria identificación con la naturaleza, multiplicado ir y venir en pareja para reinventar el principio de continuidad de los seres reunidos ante la finalidad grupal, el sustento para reforzar el setenta porciento del componente orgánico y puntal para la reproducción de los animales compañeros.

La rivera y la ribera fueron la historia concatenada de experiencias colectivas e individuales, proveedora del barro y del bejuco, origen de la vasija y de la protección ante los embates de la naturaleza —o el soplar de un lobo feroz—; era un espacio para el pensamiento personal íntimo, un lugar donde el ensueño rodeado de vegetación unía lo arraigado con lo efímero y la continuidad basada en lo perecedero. Con su bendito aporte propiciaba un momento de relajación antecesora de la idea certera cuyo fin es la elevación cultural y a él culpábamos de la decisión final de algún aturdido enamorado no correspondido o escenario elegido para el término de las angustias cotidiana sin relegar un calvero natural cercano en donde la divinidad dirimía con inapelable juicio la justeza entre dos razones, puesta la vida por tributo.

Junto a un río iniciaba la vida orgánica, la vida del individuo y la vida social; en él bailoteaban la imagen invertida de las nubes, el verdor de sus estipes laterales y reflejaba —en inversión— el brillante recorrido del sol; fue el límpido espejo para una luna mudable con el cúmulo de estrellas compañeras; sus meandros eran hábitat de las ranas, de los sapos, chispear de luciérnagas, de cocuyos y lar para el canto de los grillos, las cigarras y, alguna vez, el terror ondulante de la pequeña serpiente de agua entre los lirios. Adquiría el manto donado por las aves acuáticas en la muda del plumaje; acunaba con el vigor de unos brazos la barca en cuyo vientre iban y venían las mercancías que darían tranquilidad y sustento a los otros de más allá y de la que brotaría la plegaria ante la gresca de la lluvia y el viento conjuntados y en donde la tragedia humana surgía en las temporada de “altas”.

Al corromper nuestros ríos apestamos nuestras vidas, reducimos la sensibilidad hasta olvidar nuestra pertenencia al conjunto de lo vivo, adormecemos la vivacidad natural —embotándola—, de él extrajimos la riqueza de nuestro sustento y lo transformamos en vertedero de nuestras miserias, de la vergonzante inmundicia que nos afrenta.

Cada río —por mínimo que sea o fuera— es una inasible historia geológica sin desentrañar, es tradición, una canción, motivo para un cuento local con sus terroríficas damas del agua y sus personajes primordiales, es una leyenda multiplicada en su oleaje aportado a las páginas de una novela costumbrista; en torno al nombre del río surgió la fábula y la genealogía de las multiplicadas familias que fueron y ya no son, es una relación asentada en el polvo de lo que fueran sus lodos profundos hoy oreados vilmente al sol; es memoria cenicienta, relato con mal fin, epopeya silenciada en la biografía humana, despreciada porque le negamos su desarrollo y hoy afrentamos porque ya no da para más. Sin el rio —nuestro río— el carrizo perdió su melodía, la canción de la localidad el pausado rebullir de los ensueños y una visión parvularia su rústico poema; la miseria de nuestra humanidad desperdició la fresca espontaneidad, cerramos el círculo sin crecimiento, sin la valía de ser más hijos del agua nutricia de nuestro pueblo, en donde, alguna vez, una mano morena acariciaba la corriente para simular la caricia que pretendiéramos fuera nuestra.

Aquel río de la infancia, el río de los ancestros, bullente alguna vez, después apaciguado y fétido, dejó su vigor en alguna parte lejana a nuestros ojos y tranquilidad, ya no reverdeció la antigua sombra de los ensueños ni ofreció a los retoños la esperanza del renuevo. Un grupo humano sin su río pierde desgraciadamente la herencia y el vigor mental, disipa con sus nombres resecos el vocabulario de una historia propia y de las miles de historia anodinas que le dignificaban, que  a cada cual nos hacía único al transfigurarnos en el hijo de nuestro portentoso río.

* El río es fundamento representado en las Artes Superiores cuyo impacto llega a los sentidos principales (oído y vista): arquitectura, la escultura, la literatura (épica, lírica, dramática); la pintura, la danza, la música (con apartado especial en el lieder y la Ópera) y lo mismo para las Artes Inferiores cuyo efecto estimula los sentidos menores (gusto, tacto, olfato): gastronomía y perfumería con el casi siempre omitido cariciería preponderantemente propio del tacto desarrollado. El río es símbolo y compañía, parte de la escena y motivo de la obra por la cual trasciende el ser.

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