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miércoles, mayo 12, 2021

Pastel sobre seda y las violetas. José Luis y José Ignacio Rodríguez Alconedo

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La ficha conocida y recurrente asienta que fueron hijos de José Luis Rodríguez Alconedo y de Ignacia Sánchez Rojas, su padre lo inicia en la profesión de platero. José Luis casa con Gertrudis de Acuña el 17 de diciembre de 1780 en la Catedral de Puebla de los Ángeles para trasladarse a un taller en la calle de Plateros, cercana a la Plaza de Armas (actual Plaza de la Constitución) en la capital de la Nueva España poco después de recibir la licencia de orfebre (20 de octubre de 1791) según las ordenanzas del gremio de San Eloy. Su logrado prestigio de artista delicado, un retrato de Carlos IV y el aval de Manuel Tolsá, le otorgan el reconocimiento y su título de Académico de Honor de la Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos, en la cual era profesor de grabado.

Francisco de la Maza corrige la fecha anterior y cita: “En la fe de bautismo hallada por Francisco Pérez Salazar en el Sagrario de Puebla dice: En la Ciud. de los Angs.y a veyte y tres de junio del año de mil sets. sesenta y vno, yo el Br. Manuel Ovando Theniente cura de la Sta. Iglesia Cath. baptizé solemnemente a Joseph Luis Ant. que nació el día veyte de dho. mes, hijo lexo de Joseph Miguel Anto. Rodríguez y de María Igna. Roxas, españoles”.[1]

“Una figura que infunde admiración es la de este académico, que cultivó a la vez la pintura y el grabado, añadiendo a sus glorias de artista las de revolucionario, pues luchando en los ejércitos de Morelos por la independencia de México fue capturado en la población de Zacatlán, por las fuerzas realistas y fusilado en Apan por orden de Félix María Calleja en 1815. Antes, por la misma causa de sus ideas, había estado preso en España y en México. Como pintor cultivó la técnica del pastel muy raro en su época y su medio, dejando un retrato propio y otros de Doña Teresa Hernández Moro[2], Francisco Pizarro, José Manzo[3] y Fernando VII. También en él se percibe algo de goyesco, no obstante que nunca existió alguna relación del mexicano con el español. Como grabador dejó un relieve en plata representando a Carlos IV y los relieves en bronce con que la fachada de la Catedral fue terminada.”[4]

José Luis Rodríguez Alconedo no es un desconocido en la Historia del arte mexicano: “… Puebla, la de la pintura de Echave, de Rodríguez Juárez, de (Diego de) Borgraf, de (Cristóbal de) Villalpando, de (Simón) Pereyns, de (José) Rodríguez Carnero, (Juan) Tinoco, de las esculturas del (Pedro Patiño) Extolinque, y los Cora (José Antonio y José Zacarías) y, más adelante, los Rodríguez Alconedo (sic) y (José Agustín) Arrieta…”[5]

Equívoco histórico dado que de los dos hermanos, uno, José Luis era platero de oficio y José Ignacio farmacéutico destacado en la historia de la botánica, farmacéutica y medicina poblana[6] previa y durante el movimiento independentista según destaca Ana María Dolores Huerta Jaramillo en su colaboración “Antonio de La Cal y Bracho y el maguey mexicano: los personajes botánico de la independencia mexicana”: “Como antecedente de emancipación política de las estructuras virreinales, se produjo en la ciudad de Puebla un movimiento de separación del Real Tribunal del Protomedicato promovido por los boticarios poblanos… El 24 de agosto de 1804 el grupo de maestros farmacéuticos poblanos integrado por el capitán Francisco Cruzado, José Guadalajara, Antonio de la Cal y Bracho, José Cordero, Juan Antonio López, José Mariano Meléndez, José Mariano Acevedo, Manuel Monroy, Manuel San Martín, Mariano Espinoza y Manuel Grajales, otorgaron su poder a José Ignacio Rodríguez de Alconedo, patrono de la botica, y sede de la cofradía de San Nicolás Tolentino, para representarlos ante las cortes novohispanas. A su vez, el primero de septiembre de 1804, Rodríguez de Alconedo transfirió el poder a Vicente Cervantes para representarlo en la corte de México y a José Mariano Covarrubias procurador de número de la Real Audiencia, realizándose el negocio el 7 de octubre de 1805.”[7]

Tan importante resulta este hermano del platero y pintor José Luis que en la ciudad de Puebla —en espacios de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla— el Jardín Botánico fundado en agosto del 1987 por la M. en C. Maricela Rodríguez Acosta y el Arquitecto Sergio Villalón, lleva por nombre el del destacado farmacéutico José Ignacio Rodríguez Alconedo, quien junto con su colega Antonio de la Cal y Bracho, fundaron a principios del siglo XIX el primer jardín botánico en Puebla en lo que fuera el Convento de Santa Rosa y ahora es el recinto del Museo de Arte Popular de Puebla.

“En Puebla, el «separatista» José Ignacio Rodríguez Alconedo pero principalmente su hermano José Luis el platero, fueron relacionados con un movimiento de sedición contra los «gachupines del comercio». El 20 de septiembre de 1808, cinco días después de la destitución de Iturrigaray, se giró orden de aprehensión contra el platero, por participar en un plan de insurrección «con el fin de coronar aquí a uno de los gobernadores de las parcialidades de Yndios»… El veredicto final de las autoridades encontró culpables a los dos hermanos de sedición e insurrección, condenándolos al destierro…”[8]

“En el número 6 de estos Anales publiqué una biografía del orfebre y pintor José Luis Rodríguez A1conedo con los datos que entonces pude obtener. Nuevas informaciones y correcciones deben añadirse a aquel estudio, gracias a un documento del Archivo General de la Nación que se encuentra en el tomo 1326, expediente 6, del Ramo de Inquisición, y que es una denuncia que hizo Alconedo ante el Santo. Oficio, el 28 de abril de 1796, contra el pintor miniaturista José Máynez, gaditano, por las mismas herejías por las cuales se autodenunció el propio Alconedo, varios años después, en 1808 (ver Anales 6, pág. 45).

“Es desde luego importante la presentación que hace de su persona el artista poblano: «José Luis Rodríguez Alconedo, natural de la ciudad de la Puebla de los Ángeles. Español, casado con doña María Gertrudis Acuña, Patrón de Platería, que vive en el Puente de Santo Domingo. Casa de San Homobono, vivienda principal, y que tiene treinta y cuatro años de edad… ‘

“Esto da por conclusión que nació en el año de 1762, como lo dijo el mismo Alconedo en 1808 (Anales 6, pág. 42) Y como está en la firma del medallón de Carlos IV del Museo Nacional (Anales 6. pág. 43). No es pues del artista Rodríguez Alconedo la fe de bautismo que encontró Francisco Pérez Salazar en el Sagrario de Puebla y que hasta ahora ha sido aceptada como verdadera.

“Denuncia Alconedo a Máynez por haber dicho en su platería, una noche, cuando leían devotamente el Apocalipsis, que «en muriendo nos encontraremos con que no hay nada». Alconedo le contestó muy ofendido: ‘conque este libro será mentira’, a lo cual Máynez no hizo sino reírse. Decía también el miniaturista gaditano otras herejías, como de que la Inquisición era un tribunal impío y despótico y de que ‘la humanidad exige de nosotros la misericordia y la lástima para el pobre, pero que en nuestros tiempos por los párrocos y obispos está perdida, según la fuerza con que exigen todos los derechos, corno entierros, casamientos y demás, no pensando sino en el fausto y la grandeza aunque sea a costa de la sangre del pobre … ‘ Alconedo, según él dice, puso el ojo avisar ante Máynez y cuando le acompañaba a misa, notaba que no se persignaba, ni se daba golpes de pecho al sanctos ni cuando elevaban la ostia».

“Cita a dos cinceladores, uno Rafael de Urbina, oficial suyo y que vivía en la misma casa: otro, Mariano Rayo y Villavicencio, natural de Silacayoapan, Puebla, que trabajaba en la platería de Antonio Camaño, los cuales, claro está, fueron llamados al tribunal del Santo Oficio a declarar, diciendo Villavicencio que en las tertulias de Rodríguez Alconedo asistían, además de Máynez y los cinceladores citados, Juan Saver, francés, el arquitecto Luis Martin, ‘destinado hoy a reparar el fuerte de Acapulco’ y un tal Landabur. Afirmó, en parte, lo dicho por Alconedo en su denuncia, pero cuando se le preguntó qué pensaba del propio orfebre, contestó, de manera insólita, lo siguiente: ‘que le parece que Rodríguez (Alconedo) es un charlatán, amigo de hablar de materias que no entiende o de que tiene muy cortas y superficiales noticias, con las que presume y da a entender que está instruido’, añadió, sin embargo, que ‘le parece que en lo substancial su creencia es buena y de católico’. El comisario de Corte del Santo Oficio, el padre oratoriano don Antonio Rubín de Celis llegó a la conclusión de que dudaba ‘muchísimo’ de la verdad de Rodríguez Alconedo.

“El proceso acaba, extrañamente, con estas palabras: ‘El Inquisidor Fiscal ha visto este expediente formado en virtud de denuncia contra don José Maines, europeo, por proposiciones y dice que estuvo en poder del padre comisario Rubin desde junio de 1796 y porque puede haber muerto aquél y también Don José Luis Rodríguez contra quien resulta bastante, convendrá para no trabajar en balde que 5. S. I. se sirva mandar que el Nuncio u otro averigüe si viven o no y que con las resultas vuelva al fiscal o lo que fuere de su mayor agrado. Secreto de la Inquisición y marzo 26 de 1805’. Al margen la siguiente nota: ‘Se solicitó y no se pudo encontrar’.

“Es curioso e inexplicable que los inquisidores supusieran muerto a Rodríguez Alconedo en 1805. Por otra parte se hace palpable una contradicción entre el apocado platero con enredos inquisitoriales en 1796 y luego en 1808 por denunciante y denunciado, y el pintor revolucionario preso en España y luchando después al lado de MoreIos. Sin embargo, sus angustias y sufrimientos, su muerte heroica traspasado por las balas del ejército realista, creo que borran esa imagen beata y tímida del Alconedo de fines del siglo XVIII.”[9]

Entre lo posible por afirmar y debido a dudar queda la personalidad de José Luis Rodríguez Alconedo y su no menos importante hermano José Ignacio. El criollo Alconedo tenía ya antecedentes desde 1803 ante el Santo Oficio por supuestas críticas a la Iglesia, agravado con la acusación de su simpatía por los hechos y excesos de los revolucionarios franceses. Resulta por demás desconcertante la auto denuncia y aceptación de culpabilidad a más de ‘confesar sus errores’ derivada en la absolución, porque: ‘Inflexible en sus convicciones políticas en 1808 organizaba tertulias en su casa en donde se hablaba de un cambio en el gobierno’ en el momento en que el licenciado Francisco Primo de Verdad y Ramos, en unión de los miembros del cabildo buscaban la independencia.

Es cosa aceptada que a José Luis y José Ignacio[10] —destacado farmacéutico en su natal Puebla— la acusación de protagonizar una conjura la asienta el conde de Santa María de Guadalupe del Peñasco[11], con cargo de preparar una insurrección de indios a fin de devolverles el gobierno. Queda, también, que el propio José Joaquín Vicente de Iturrigaray y Aróstegui de Gaínza y Larrea —quincuagésimo sexto virrey en Nueva España— veía en Alconedo un simpatizante de la causa insurgente y, por lo tanto, partícipe de la conspiración, si bien era de pensamiento inclinado a las ideas de liberación, Alconedo lo afirmaba de manera propia e individual, tal cual era práctica común en tierras americanas. Apresado por la denuncia del conde de Peñasco, Alconedo probó no ser partidario del depuesto virrey Iturrigaray cuando en el cateo practicado en su casa, no hallaron ningún documento comprometedor, salvo algunas cartas y pasquines a favor de la Ilustración y la Revolución francesa. Interrogado por las superioridades del Santo Oficio acerca de su plan de coronar a los indios, protestó que ‘había hablado de sublevarlos con la única intención de salvar a la Nueva España de los franceses’ y que una corona habida en su taller supuestamente fabricaba para Iturrigaray era para corresponder a un contrato convenido para la confección de esa gloria para una Virgen de Aguascalientes.

“El 20 de septiembre de 1808, cinco días después de la destitución de Iturrigaray, se giró orden de aprehensión contra del platero, por participar en un plan de insurrección ‘con el fin de coronar aquí a uno de los gobernadores de las parcialidades de Yndios’. La participación de José Ignacio no pudo quedar soslayada y una orden de aprehensión lo llevó al encarcelamiento, acusado principalmente de entablar con su hermano una correspondencia altamente cargada con contenidos propios del caudal de panfletos y de literatura irónica que mostraba hasta qué punto se encontraban los ánimos independentistas Es muy probable que las implicaciones de José Ignacio en el movimiento separatista poblano influyeran en el ánimo de las autoridades al considerarlo elemento altamente peligroso para la estabilidad política regional. El veredicto final de las autoridades encontró culpables a los dos hermanos de sedición e insurrección, condenándolos al destierro. Fueron transportados a España en el navío de San Leandro el cinco de julio de 1809. Después de varios incidentes llegaron a su destino el 12 de febrero de 1810, en donde vivieron hasta la fecha de su regreso a Nueva España, el once de abril de 1811.” [12]

En contra de lo probado pruebas y de la precaria salud de Alconedo, le embarcaron en Veracruz con destino a España, en cuya travesía estuvo a punto de naufragar el barco, del cual les rescató un buque inglés desembarcándolos en Cádiz. Ahí permaneció dos meses preso y siete en libertad en la espera de su certificado para regresar a Nueva España. Durante ese periodo de semilibertad en el puerto, trabajó de platero para poderse ganar la vida y pintó tres de las obras al pastel atribuidas. El primer cuadro, con una nota en la parte posterior aclara ser un autorretrato realizado en febrero de 1811. El segundo y el tercero (con aclaración en la parte posterior) representan a sus dos hijos ya jóvenes. [13]

A su regreso sufre de nuevo la persecución por el conde del Peñasco, irritado con la libertad de su acusado. Otra vez encarcelado, Gertrudis (su esposa), envía al virrey el recurso legal con el cual recobró nuevamente su libertad el 27 de mayo de 1811. Marcha a los llanos de Apan, escenario de la insurrección donde  asume lealmente el partido de don Ignacio López Rayón a quien no lo abandona como muchos otros tras la dolorosa derrota en Omealco. A fin de abastecerse de armas Rayón instauró una maestranza y puso al frente de ella a Rodríguez Alconedo quien aplicó sus conocimientos y experiencia para lograr doce cañones, doscientos arcabuces y una culebrina. Prendido en Zacatlán el 25 de septiembre de 1814 lo trasladan a Apan para aplicarle la muerte por fusilamiento el 1 de marzo de 1815. Tenía 54 años de edad, estaba envejecido, enfermo y desilusionado.

“Algunos días después fueron pasados por las armas, contando Alconedo sesenta y tres años de edad (sic); estaba escrito que debía morir en esta vez, pues algunas horas después de la ejecución llegó a Hevia, general que mandaba las fuerzas españolas, el indulto de aquellos dos héroes, y ya era tarde.”[14] El historiador asienta con el título de “héroes” a José Luis Rodríguez Alconedo y al presbítero y diputado suplente Manuel Sabino Crespo.

Para Francisco de la Maza, el autorretrato de José Luis Rodríguez Alconedo es una de las pinturas al pastel mejor realizadas del mundo y una de las obras maestras de la pintura mexicana del siglo XIX neoclásico. Tómese en consideración que el soporte es seda y ya podremos juzgar de la valía y capacidades técnicas del artista repetidamente ignorado en la historia nacional. En cuanto a la pérdida irreparable de la obra de este pintor mexicano nacido en Puebla, la persecución española en contra de todo gesto o inclinación independentista determina, por principio, la anulación de un nombre y una obra, con ello el poder exorciza y  niega la existencia del infractor, sin consideración a la calidad y validez de la obra y palabra.

Notas:

[1] Francisco de la Maza. “Nuevos datos sobre el artista”. Consultado el 21 de abril de 2010. “Controversia sobre la fecha de su nacimiento”.
[2] Doña Teresa Hernández Moro, natural de Salamanca, pintado en Cádiz en 1810.
[3] José Manzo Jaramillo (29 de abril de 1789, Ciudad de Puebla – 2 de julio de 1860, Ciudad de Puebla). Arquitecto, pintor, grabador y cincelador mexicano. Introdujo la litografía en México e impulsó la arquitectura neoclásica de su ciudad natal.
[4] Eduardo Báez Macías. Fundación e Historia de la Academia de San Carlos, editada por el entonces Departamento del Distrito Federal a través de la Secretaría de Obras y Servicios, 1974. Páginas 43-44.
[5] Puebla, su fundación y su evolución histórica, Pedro A. Palou, Cronista de la ciudad, en “La ciudad de Puebla.” página 19, Gobierno del Estado de Puebla, 1994.
[6] Analizan pintura del Siglo XVIII única en su tipo. El libro Un almacén de secretos. Pintura, Farmacia, Ilustración: Puebla, 1797 hace un estudio de la obra de Miguel Gerónimo Zendejas, plasmada en 16 puertas de madera.

En 1797, un ilustrado farmacéutico y botánico poblano llamado José Ignacio Rodríguez Alconedo le encargó a uno de los artistas más prestigiosos de la ciudad (Miguel Gerónimo Zendejas) la ejecución de un excepcional artefacto funcional a la vez discursivo y simbólico, para la sala de reuniones de la Cofradía de San Nicolás Tolentino, inmueble que estuvo situado en lo que hoy es la avenida Reforma, a dos cuadras del Centro Histórico de Puebla.

“Se trata de un conjunto de lienzos ensamblados en bastidores que fungían como puertas de un gran mueble donde se guardaban los archivos de la institución. A la fecha lo que conocemos de El almacén son 12.05 metros de pintura adheridos a 16 puertas —distribuidas en tres muros que ‘envolvían’ la sala—, la mayoría de 3.20 metros de altura y anchuras variables, y más de siete postes de madera pintada, en los que hay sustitución de originales, adiciones e injertos hechos en distintos momentos.” Lucero Enríquez Rubio. inah.gob.mx

“… Rodríguez Alconedo, seguido muy, pero muy de lejos por Antonio de la Cal y Bracho y sus otros colegas, fue quien encarnó el paradigma: prosecretario de la Cofradía, farmacéutico ilustrado, católico, boticario muy eficiente dedicado a servir al público que acudía a la farmacia que él administraba, criado en el seno materno de un cacicazgo indígena –entorno propicio para el litigio–, con gustos y aficiones eclécticos, dueño de una ideología de acuerdo con la cual vivió y actuó, Rodríguez Alconedo fue el líder que tanto cofradía como boticarios necesitaban. Si bien no logró crear una comunidad científica, sí constituyó y dio vida y paradigma a una comunidad política imaginada…

“…El Almacén representa, tanto la postura científica e ideológica de un grupo de boticarios y cofrades ilustrados de Puebla a finales del siglo XVIII, como su estrategia a seguir en la batalla jurídica para obtener su autonomía del Real Tribunal del Protomedicato de la ciudad de México. Es, a la vez, declaración de principios y representación política, expresadas en una composición pictórica cuyo mensaje iba dirigido a un reducido grupo de enterados, pares y cofrades de quien la concibió.” Tomado de “Conclusiones”, un estudio sobre ‘El almacén’, página 679 (disponible en pdf).

[7] “El discurso independentista y la nueva mujer mexicana”. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y la Asociación de Mujeres Periodistas y Escritoras de Puebla (AMPEP), 2010, páginas 101 a 107.
[8] Ídem. Página 105.
[9] En “Nuevos datos sobre el artista José Luis Rodríguez Alconedo” por Francisco De la Maza y De La Cuadra, páginas 93 y 94.
[10] Ana María Dolores Huerta Jaramillo. “De José Ignacio se ha dicho que fue quien introdujo la violeta en este país.” Y remite a la nota 36 donde queda la referencia: Hugo Leicht. Las Calles de Puebla. Puebla. JMMCMMP, 1986. p. 250. El separatismo boticario poblano: ciencia e independencia desde las regiones. 1803-1810.
[11] “1809. Agosto 19. México. El arzobispo virrey de Nueva España remite con sus respectivas causas, a los reos sediciosos don José Luis Rodríguez Alconedo, el cura don Manuel Palacios, don Mariano Paredes y don Julián Castillejos. México, 19 de agosto de 1809. Francisco, arzobispo de México (Francisco Javier Lozano). Excelentísimo señor don Martín de Garay.

“A esta carta virreinal, acompaña la causa de don José Luis Rodríguez Alconedo (Cuaderno 1º.); la causa de don José Ignacio Rodríguez Alconedo (Cuaderno 2º.). Reservado. Plan de Alconedo. (Cuaderno 3).

Nota: Estos expedientes son muy importantes. Es preciso copiarlos. En el apéndice copio denuncia del conde de Santamaría de Guadalupe del Peñasco.

Audiencia de México. Legajo 1472, expediente 3.”

Tomado de “Documenta Insurgente. Catálogo de documentos referentes a la Independencia de México, compilados por Luis G. Urbina, con Preámbulo y arreglo de don Ernesto de La Torre Villar.” Universidad Autónoma de México, 2003.

[12] El separatismo boticario poblano: ciencia e independencia desde las regiones. 1803-1810. Ana María Dolores Huerta Jaramillo.
[13] Francisco de la Maza. “Las obras más exquisitas brotadas de manos artísticas poblanas.».
[14] Historia de Puebla, página 227, Parte 2.  cdigital.dgb.uanl

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