Ráfaga: Tres presidentes han muerto en funciones

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Jorge Herrera Valenzuela
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• El potosino Miguel Barragán, de tifo
• El oaxaqueño B. Juárez, mal cardíaco
• El coahuilense V. Carranza, asesinado

Ciudad de México, 6 de octubre de 2022.- El olfato del reportero sigue funcionando y la habilidad del redactor debe plasmar para compartir un comentario periodístico, un tanto anecdótico. De los sesenta y seis presidentes de México, tres de ellos dejaron de existir cuando estaban en plena función de su mandato. Cada caso tiene sus singularidades. Dos corresponden al Siglo XIX y el tercero a la pasada centuria.

El comentario estás enfocado a estos tres sucesos
Antes de ello, un breviario cultural, en torno a dos presidentes asesinados, entre 1913 y 1928. El coahuilense Francisco I. Madero fue obligado a renunciar, lo mantuvieron preso 72 horas y murió acribillado a tiros. Festejaban la reelección del sonorense Álvaro Obregón, con un banquete, cuando un falso caricaturista se aproximó a él y accionó su pistola, dando muerte a quien fue presidente de México de 1920 a 1924. Presionó para suprimir “la no reelección” en la Constitución Política, aprobada 11 años atrás, para retornar a la silla presidencial.

En nuestra primera etapa como República Federal el primer presidente, Guadalupe Victoria, cubrió su mandato de 4 años, después de ser presidente interino, del 10 de octubre de 1824 al 31 de marzo de 1825; concluyó el 31 de marzo de 1829.Vicente Guerrero fue nombrado presidente por el Congreso, no electo. Renunció a los 9 meses. Hubo después dos interinos en solo la segunda quincena de diciembre de ese año.

En cortos periodos, durante doce años, gobernaron, en orden cronológico: Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, José María Bocanegra, Pedro Vélez, Anastasio Bustamante, Melchor Múzquiz, Manuel Gómez Pedraza, Valentín Gómez Farías, Antonio López de Santa Anna y Miguel Barragán.

Del 1 de abril de 1833 al 28 de enero 1835, Valentín Gómez Farías y Antonio López de Santa Anna se alternaron ¡cuatro veces!, cada uno, la Presidencia de México.

Como puede observarse la desorganización política administrativa reinaba en nuestro País. En los primeros once años de vida republicana diez mexicanos asumieron el poder. Entre los más de 30 primeros mandatarios del Siglo XIX, cubrieron su cuatrienio Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, Manuel González y Porfirio Díaz. Los oaxaqueños casi completaron 45 años presidenciales.

El décimo presidente
López de Santa Anna tomó el cargo presidencial como un entretenimiento, pues entraba y salía sin mayor problema. Su historia es sorprendente, porque durante 22 años hizo y deshizo en el territorio mexicano.

En 1835, “se sintió cansado y pidió al Congreso que designara presidente al general Miguel Barragán, originario de Ciudad del Maíz, San Luis Potosí. Sería el décimo mexicano despachando en Palacio Nacional.

El político y militar de nombre completo Miguel Francisco Barragán y Ortiz de Zárate fue el primer gobernador del Estado de Veracruz, en el período del 20 de mayo de 1825 al 5 de agosto de 1828. Lo sucedió un personaje muy singular, el audaz José María Tornel y Mendívil, quien estableció un récord jamás superado: ¡12 veces titular de Guerra y Marina! Una más como oficial mayor y otra como encargado del Despacho.

A Barragán le correspondió, como gobernador, el triunfo de Pedro Sáinz de Baranda al expulsar a los españoles que se mantenían en San Juan de Ulúa y se ponía fin a la guerra entre España y México. Después, al comenzar Antonio López de Santa Anna su larga carrera de presidente, en 1833, nombró a Barragán, ministro de Guerra y Marina.

También tuvo ese encargo con Valentín Gómez Farías, cinco veces por Ministerio de Ley, ascendió de vicepresidente a presidente de México. Nunca fue electo. Tornel fue gobernador de Veracruz y del Distrito Federal.

La historia lo registra como un presidente muy querido y popular. Escribieron que de su bolsillo compartía el dinero con viudas, inválidos, enfermos. Miguel Barragán quedó clasificado como un “probo patriota”. Al adherirse a Nicolás Bravo en el Plan Montaño que pretendía enfrentarse al gobierno, el potosino fue exiliado. Anduvo por Estados Unidos y marchó a Europa.

Don Pedro Romero de Terreros, conde de Regla y fundador del Nacional Monte de Piedad, fue su cuñado. La esposa de Barragán pertenecía a la realeza europea.

Un año, un mes y dos días Barragán fue presidente de México. Nombrado por el Congreso, “a solicitud personal de López de Santa Anna”. De enero 25 de 1835 al 27 de febrero de 1836 entre otros asuntos, negociaba en Texas la rebelión bélica porque los texanos peleaban por su separación de México. Geográfica y políticamente eran el territorio Coahuila-Texas.

Durante su estancia en tierras texanas, el tifo lo atacó y lo trajeron a la Ciudad de México. Murió. La gente del pueblo acudía a Palacio Nacional para que les informaran de la salud del carismático potosino.

Muy especial y exótica su última voluntad. Barragán pidió a su esposa Manuela de Trebuesta y Casasola que no lo sepultaran completo. Una parte de su cuerpo quedaría en la Catedral de México. Los ojos serían llevados a su natal Ciudad del Maíz. El corazón en un nicho, en Guadalajara. La lengua en San Juan de Ulúa. Las entrañas en la Colegiata de Guadalupe, en la Capilla de Santa Teresa.

Juárez, en Palacio Nacional
Es de todos conocido que Benito Juárez terminó sus 14 años y meses de presidente de México, en la habitación que ocupaba en el Ala Norte de Palacio Nacional, con ventanas hacia la hoy Calle Moneda.

Unos afirman que llegó a vivir ahí en 1861. Otros aseguran que fue la residencia de la Familia Juárez Maza. Lo que es irrebatible: la noche del 18 de julio de 1872 murió, a los 66 años de edad, quien llevó en vida el nombre de Benito Pablo Juárez García.

Al triunfo de la Guerra de Reforma, el primer indígena mexicano que llegó a la Presidencia de la República, tras la salida de Ignacio Comonfort, en enero de 1858, Juárez era el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Por la intervención francesa y el establecimiento del imperio de Maximiliano de Habsburgo, el oaxaqueño se convirtió en presidente itinerante. Años después sería proclamado Benemérito de las Américas.

El cuerpo fue embalsamado. Durante cinco días se le rindieron honores en Palacio Nacional. El pueblo acudió ininterrumpidamente hasta la mañana del martes 23 cuando el cortejo salió de Palacio Nacional, recorrió el Portal de Mercaderes, siguió por lo que es Avenida 5 de Mayo y siguieron con rumbo al Panteón de San Fernando. Las crónicas reseñan que tardaron horas en el recorrido, la gente invadió las calles.

El último de los 21 cañonazos de honor se escuchó a las dos de la tarde. El veracruzano Sebastián Lerdo de Tejada asumía el poder con carácter de presidente interino. En una narración leí que cuando don Benito regresaba a su departamento, las hijitas salían corriendo y lo abrazaban de las piernas y una vez el presidente Juárez dijo: “estas niñas van a lograr lo que nadie ha podido, ¡tirarme!”.

Ese 23 de julio de 1872 se paralizaron las actividades en el Distrito Federal y en varios de los Estados. El gobernador del D.F., Tiburcio Montiel, pidió a los empleados que vistieran de negro y acudieran al sepelio. Colocaron crespones negros en las fachadas de los edificios públicos y también en muchos pórticos de las casas. particulares.

Quien no reparó en rendir honores a su pisano, fue el general Porfirio Díaz. Inauguró una estatua de Benito Juárez, en el Patio Mariano de Palacio Nacional. Ordenó la construcción del Mausoleo donde están sus restos, los de doña Margarita Maza de Juárez y algunos de sus hijos. Al celebrar el centenario de la Independencia inauguró el Hemiciclo que está en el costado Sur de la Alameda Central, sobre la Avenida Juárez.

Iba al Puerto Jarocho
El presidente constitucionalista que acostumbraba trasladar la sede del Poder Ejecutivo Federal al Puerto de Veracruz, donde promulgó la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, en la segunda quincena de mayo de 1920 emprendió un nuevo viaje hacia el mencionado lugar. La situación política era muy difícil. El acoso de los sonorenses encabezados por Álvaro Obregón, no le permitían a don Venustiano Carranza realizar su trabajo.

Las elecciones estaban en puerta, pues Carranza inició su período presidencial en 1917, después de una breve temporada como encargado de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, además de ser el jefe del Primer Ejército Constitucionalista. El Varón de Cuatro Ciénegas deseaba que lo sucediera un civil, proponía al diplomático sonorense Ignacio Bonillas Fraijo.

Obregón había movido todos los hilos para ser el candidato presidencial del Partido Laborista Mexicano. El enfrentamiento entre Carranza y el de Sonora llegó al extremo de que el primero envió un telegrama a Francisco Figueroa, pues Obregón se dirigía a Chilpancingo. La orden era detenerlo y darle muerte. Obregón, cuentan, se disfrazó de ferrocarrilero. Figueroa fue a su encuentro y le salvó la vida.

Por supuesto que Obregón planeó el ajuste de cuentas. Habló con el coronel Rodolfo Herrero y le encomendó que, con sus hombres, pusiera fin a la existencia de don Venustiano, quien la noche del 21 de mayo de 1920 decidió hacer una parada en Tlaxcalaltongo, Puebla. En una cabaña estaba durmiendo al ser acribillado por las balas que disparaba la gente del poblano Herrero. Cumplida la orden, Obregón le entregó una fuerte cantidad de dinero en efectivo y lo ascendió a general.

Adolfo de la Huerta, también sonorense, cubrió el interinato a la muerte de Carranza y entregó el mando a Obregón. Años después se sublevó a su jefe, Obregón, porque quiso ser candidato presidencial. Se desterró a Estados Unidos, donde se dedicó a dar clases de música.

Los restos de don Venustiano fueron traslados a la Ciudad de México. El velatorio fue en su casa de la calle Lerma 35, en la Colonia Cuauhtémoc. El cuerpo del coahuilense recibió sepultura en el Panteón Civil de Dolores. En 1942, el presidente Manuel Ávila Camacho autorizó que los restos fuesen colocados en una de las cuatro columnas del Monumento a la Revolución.
Después llevaron los de Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas desde el mismo día de su sepelio (19 de octubre de 1970). Posteriormente, llevaron los de Francisco I. Madero y de Pancho Villa. Irreconciliables entre ellos. El gobierno los reunió en lo que se pensó sería la sede de la Cámara de Diputados.

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