Errores (algunos mencionan crimen) son del tiempo que no de España

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Ciudad de México, 1 de septiembre de 2020.- La frase anterior, convertida más tarde en adagio hispano, corresponde a un poema de Manuel José Quintana y hace referencia a la conquista de España en América.

La cuarteta íntegra es la siguiente:

“…. Yo olvidaría
El rigor de mis duros vencedores;
Su atroz codicia, su inclemente saña,
Crimen fueron del tiempo, y no de España”.

Bien. Esa frase poética que, más tarde, se legó como conseja popular, pertenece al poema “A la expedición española” para propagar la vacuna en América, bajo la dirección de don Francisco Balmis, escrito en diciembre de 1806.

Manuel José Quintana fue un crítico de los conquistadores hispanos, hecho que siempre expuso en sus diferentes poemas para diferenciar, perfectamente, lo que los conquistadores hicieron en los pueblos conquistados con lo que España, como nación, era en esos tiempos.

Ese adagio se utiliza cuando se trata de analizar hechos históricos vistos únicamente desde una óptica que los saca de contexto y, por lo mismo, políticamente podría ser válido, pero sólo en forma parcial, porque se debe tener el contexto completo para tener una opinión más comprensible de los hechos.

Todo lo anterior tiene que ver con una fecha histórica para México: el 1 de septiembre. Cada año se celebra hoy el informe presidencial del mandatario en turno. Cada uno de ellos le imprime su propia visión del quehacer político, pero no por ello, deja de ser “El día del presidente”, porque esa fecha está destinada totalmente a que exponga lo realizado durante un año de gobierno.

Durante los años cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tuvo su mayor época de gloria, entre los años 50 al 84 del siglo pasado, el presidente simbolizaba todo. Era el jefe nato de las instituciones, por lo que el 1 de septiembre revestía una particular fecha cuando todo tenía referencia con la investidura del primer mandatario de la Nación.

Ese día constituía toda una liturgia política que incluía algunos hechos anecdóticos, como los realizados por José López Portillo (1976-1982), quien, después del desayuno en la residencia oficial de Los Pinos, pasaba frente a la estatua de la diosa maya Ixchel (divinidad de la buena suerte), a quien le sobaba el ombligo antes de salir de Los Pinos para dirigirse a Palacio Nacional donde rendía su informe de gobierno respectivo.

Una vez rendido el informe recibía la salutación de las Fuerzas Armadas, el Cuerpo Diplomático en pleno, los integrantes de sus gabinetes (legal y ampliado) e invitados especiales. El día se cerraba con la cena de gala en la que se degustaban platillos de la cocina internacionales y se bebían vinos importados (las fronteras estaban cerradas al comercio mundial).

Hoy, cuando la Presidencia de la República la ocupa otro López (Andrés Manuel López Obrador), por esos azares del destino, el informe de gobierno es distinto. Ya no existen los manteles largos (al menos, para la mayoría de los invitados al informe) ni los vinos internacionales, sino solo aguas frescas de sabores de frutas, algo que recuerda a la etapa de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), otro simbolismo que, curiosamente, equipara al actual mandatario con Echeverría. Ambos de formación priista y con gobiernos totalmente personalistas.

Para Echeverría el móvil de su gobierno fue el Tercer Mundo. Incluso, creó una universidad de ese tipo; para López Obrador, el motivo central de su gobierno es la lucha contra la corrupción. Con Echeverría se vivía la Guerra Fría y el mundo necesitaba alternativas de esperanza que se simbolizaba en lo que llamaron “Los no alineados”. La lucha de Lopez Obrador contra la corrupción es una consigna internacional, surgida a finales del siglo pasado, dentro de lo que se llama Nuevo Orden Mundial (nueva normalidad). Se aplica en todo el mundo y significa el inicio de un paso más de la humanidad hacia un enfoque internacional más humanista cuando la era de la globalización económica ha llegado a su fin.

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