En décadas pasadas cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) era el instituto político dominante en la escena nacional y dueño casi absoluto del pastel económico, las campañas presidenciales duraban un año. Durante este tiempo, el candidato recorría todo el país, en especial, las ciudades más importantes de cada entidad federativa para que los electores lo conocieran y presentarles su programa de gobierno futuro con el consabido final en sus discursos: “Si la voluntad popular me elige”.

Por supuesto que esa voluntad popular lo elegía. La lucha electoral se daba al interior del PRI para sacar al candidato que en la liturgia política se esos tiempos, se denominaba “El tapado”, porque nadie conocía cuál era la voluntad del presidente en turno para designar al candidato a sucederlo.

Lo interesante de esas estrategias de campañas políticas era que gran parte de los pobladores del territorio nacional (algunas veces, hasta en los más recónditos lugares) a donde llegaba el candidato presidencial priista había una fuerte derrama económica en beneficio de los pueblos visitados. Era la mejor forma de redistribuir la riqueza, decían los enterados.

Al candidato lo acompañaba una inmensa cauda de seguidores, promotores, enviados especiales, acompañantes y demás interesados en participar en la campaña con la finalidad de obtener algún beneficio político electoral y, en consecuencia, económico.

Para quedar bien con el candidato, las autoridades locales y estatales hacían trabajos de bienvenida a toda aquella comitiva. Barrían calles, pintaban casas y bardas, plantaban árboles, limpiaban estatuas y monumentos, levantaban infraestructuras locales y daban mantenimiento total a las existentes.

Como la comitiva era numerosa, los trabajos iniciaban días antes con los enviados de avanzada para ir preparando el terreno para que el candidato viera el progreso de los pueblos visitados, por lo que a los comerciantes les iba bien. Los taqueros preparaban mayor cantidad de estos antojos mexicanos, igual sucedía con restaurantes y cocinas económica; los coheteros elaboraban más cantidad de juegos pirotécnicos; las misceláneas contenían abundantes productos más de los acostumbrados y hasta las cantinas disfrutaban de ese boom económico de estación y momentáneo.

Los tiempos cambiaron. A los políticos-políticos (como se autodesignaban los antiguos políticos) fueron arrojados del paraíso del poder por los tecnócratas (también políticos, pero con otras formas de gobierno, basadas en la economía, no en la política) y modificaron los estilos.

Los debates televisivos se impusieron como formas de campañas sobre los esquemas tradicionales. La televisión se convirtió, en algunos países, en la gran electora, tal como lo expusieron críticos de la globalización y la macroeconomía del capitalismo agreste.

Ahora, junto con la televisión, los tecnócratas impusieron las encuestas como alternativa de hacer campaña. Las encuestas están de moda, aunque muchos investigadores afirman que algunas son hechas a la medida del candidato o de sus promotores, quienes también serían dueños de ciertas casas encuestadoras.

Sea cual sea el caso, lo cierto es que el dinero sigue fluyendo a manos llenas, pero ahora concentrados en unos cuantos destinatarios, llámense televisoras o casas encuestadoras. Los electores están convertidos en simples invitados de piedras o sólo como escenografía en estas modalidades de campañas.

Sus encargados o participantes en los cuartos de guerra (war room, como pomposamente se les designa) están más al pendiente de las encuestas que de los futuros electores o las propuestas de programas de los candidatos, resultados de encuestas que luego transmiten a los medios de comunicación para su multiplicación a la sociedad.

Por eso, me llamo poderosamente la atención lo sucedido hoy en la unidad habitacional donde vivo, perteneciente a la Delegación (municipios) Gustavo A. Madero (GAM), ubicada en el norte de la Ciudad de México.

Esta mañana, poco después del amanecer apareció en la unidad un ejército de barrenderos, pintores de brocha gorda, paisajistas y demás trabajadores de limpia que en un santiamén dejaron limpios y brillantes pasadizos, corredores, andadores, prados, canchas deportivas y banquetas de la unidad habitacional.

Pintaron rejas, paredes de escuelas, gimnasios al aire libre, canchas deportivas, áreas de juegos infantiles, el audiorama y hasta algunas piedritas que cercan las áreas verdes.

Mientras ese inmenso ejército de limpia y jardines hacía su trabajo en forma más o menos esmerada, observé de reojo a las muchas jacarandas que cubren las amplias áreas verdes y jardines de la unidad. Las noté quietas y tranquilas. Sólo observaban en silencio la forma en que los barrenderos lavaban, coloquialmente hablando, el inmenso tapete morado lila que durante la noche había tejido con sus pétalos a los pies de sus inmensos troncos, un espectáculo digno de admiración en la Ciudad de México durante la Primavera septentrional.

Tal vez, algunas de esas jacarandas esbozaron una leve sonrisita. Eso no lo sé. Sólo me lo imagino. Lo cierto es que, por la tarde, esos tapetes limpios y brillantes que había dejado los trabajadores de la GAM, nuevamente lucían como antes de su llegaba: Un impresionante morado lila cubriendo áreas verdes y jardines.
Quizás sólo sea una acción premonitoria de las falaces campañas político-electorales que son un espejismo momentáneo. Las jacarandas tienen la última palabra.

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