Ráfaga: Éramos cuatro… ¡Quedamos dos!

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Jorge Herrera Valenzuela
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La primera vacuna es preventiva. ¡Cuidémonos!

Ciudad de México, 4 de marzo de 2021.- En la vida de los reporteros diaristas, de periódico, de radio o de televisión, además de gozar con la tarea cotidiana de llevar la noticia hasta la punta de los cerros, se crea un ambiente de relación familiar y lo más socorridos son los compadrazgos o el establecimiento de una amistad fraternal, los hermanos que “no son de sangre”, que perdura hasta que se exhala el último suspiro, el fin de la respiración, cuando el Todopoderoso lo determina.

Permítaseme que mi comentario de esta media semana, lo enfoque hacia el recuerdo que guardo de mi vida en la redacción de La Prensa, el diario donde me formé como reportero-redactor y donde participé en infinidad de aventuras profesionales al lado de tres de mis grandes amigos, compañeros de los que aprendí mucho, en la hermosa profesión u oficio como también le llaman, para cumplir con la misión en las “fuentes policíacas”, entonces la mejor escuela práctica para reportear y darme cuenta de que requería un “baño” de cultura general.

La semana pasada se fue Mario Alberto Santoscoy, mi primer amigo en la redacción de La Prensa, en la época de oro del diario. Preciso que fue otro reportero y amigo, Mario Luis González Márquez, quien cuando íbamos caminando por la Avenida Juárez, frente a la Alameda Central, me presentó con el jefe de información, Armando González Tejeda, conocido como “El Bolchevo”, y Mario le dijo que yo podría ser el reportero suplente que necesitaban.

Así llegué al edificio de Basilio Badillo 40 y en el quinto piso, la redacción, el último viernes, 29 de agosto de 1958 y a las 9 de la mañana, recibí mi primera orden de trabajo. Por la tarde, pregunté qué escritorio y máquina podía ocupar y fue Mario Alberto quien le señaló al ayudante el espacio que correspondía a la gran Magdalena Mondragón, encargada de las “fuentes educativas” y a quien suplí ese día. Tenía una Woonderwod, de las máquinas mecánicas de la postguerra. Luego le dieron una Olivetti, nuevecita, que, al jubilarse Magda, la compré y la conservo.

Mario me presentó con Buendía
Como era su costumbre, Manuel Buendía llegaba alrededor de las cinco de la tarde. Se quitaba el saco y la corbata de moñito. Ya era un respetado reportero, dentro y fuera de La Prensa. Lo conocí años atrás, cuando yo era reportero del diario Zócalo, dirigido por su dueño don Alfredo Kawage Ramia. No fui por aquellos días amigo de quien, al paso de los años, aceptó ser padrino de bautizo de mi hija Claudia Leticia; su esposa, Lolita Abalos, la madrina.

Manuel cubría las informaciones de la Presidencia, de Gobernación y de Relaciones Exteriores. En Palacio Nacional, sus amigos Humberto Romero, Salvador Olmos y el general Radamés Gaxiola, secretario de prensa, secretario privado de don Adolfo Ruiz Cortines y jefe de Ayudantes, respectivamente. En Gobernación, sostuvo amistad con el subsecretario Fernando Román Lugo y el oficial mayor Gustavo Díaz Ordaz. En Relaciones Exteriores, el titular, don Manuel J. Tello, y Elenita Vázquez Gómez, responsable de prensa, le tenían especial aprecio.

Fue Mario Alberto el que, esa misma tarde, me presentó con Manuel, quien simplemente después del saludo de mano, me dijo que había que trabajar duro y derechito. Los tres escritorios estaban próximos y no pocas veces intercambiamos información y opiniones. Nació una bonita amistad. Santoscoy se encargaba de las “fuentes obreras y sindicatos”. Heredaba ese sector que durante largo tiempo atendió Jorge Joseph Piedra, quien dejó el periodismo para ser presidente municipal de Acapulco. En la fuente obrera, Joseph fundó el Fufo (Frente Único de la Fuente Obrera). Mario comenzó, en los años sesenta, a hacer una columna de comentarios diversos y tuvo buen recibimiento.

Santoscoy, en la etapa de Buendía como director de La Prensa, se “especializó” en cubrir las inundaciones que se registraban en Villahermosa, Tabasco; Manzanillo, Colima, y en el Estado de Guerrero. Lo comento, porque otros dos grandes reporteros anduvieron en esos caminos, mi compadre Fernando Aranzábal, de Excélsior, y por El Universal, Ariel Ramos Guzmán. Ahora se encontrarán los tres en las alturas.

Otro capítulo interesante en la tarea de redactor fue cuando Mario Alberto recibió la orden de redactar los mensajes que enviaba, en las giras presidenciales, desde el extranjero, César Silva Rojas. Eran los viajes que hicieron famoso al presidente Adolfo López Mateos, al que el humor de los caricaturistas calificó como “López Paseos”. Por esas notas, de detallada información, César recibió un reconocimiento y felicitaciones.

Otro recuerdo. La noche en que Buendía terminó de redactar su primera columna Red Privada, antes de entregarla al director volteó hacia Mario y yo, diciendo: “Bueno muchachitos, ustedes van a ser mis reporteros para la columna”. Por supuesto, era una broma más y jamás nos dimos a esa tarea, simplemente hacíamos comentarios.

El encuentro con Félix Fuentes
La mañana del lunes 4 de enero de 1960, primer día de Manuel Buendía como director de La Prensa, Félix Fuentes Medina y un servidor comenzamos la apasionante tarea en la “fuente policíaca”. El que Félix haya aceptado pertenecer a la redacción de “el periódico que dice lo que otros callan”, no fue nada sencillo. Mario y yo lo anduvimos “enamorando” para que del diario ABC se fuera con nosotros. Don Federico Barrera Fuentes, inolvidable periodista, y Vicente Fuentes Díaz (periodista, historiador y político guerrerense, tío de Félix), le aconsejaban que no aceptara la invitación. Pero, Manuel lo convenció y no se equivocó.

Para ese entonces, la amistad entre Manuel, Mario y el que comenta, se había estrechado. “Éramos los consentidos de Buendía”. No había tal, pero cierto era que un día a la semana comíamos los tres. Por las noches, esperábamos al cierre de la edición, a petición del jefe, para irnos a cenar. Si ganábamos una noticia, era nuestra obligación. Sí la perdíamos, a las siete de la mañana sonaba el teléfono para reclamación al canto y regañada.

Sin embargo, el cuarteto se integró. La comida semanal no se suspendió nunca. Unas veces en El Grill del Hotel Prado, otras veces en la Zona Rosa, en La Trucha Vagabunda, en La Llave de Oro, con Alfredos, Delmónicos y Bellinhousen, eran también nuestros lugares preferidos o el lejano restaurant La Tablita, de Paseo de la Reforma, por las Lomas de Chapultepec.

Nuestra relación laboral se extendió a lo familiar. Ya comenté que Manuel y Lolita fueron padrinos de nuestra hija Claudia. Félix y Alicia lo eran de Georgina. Mario y Pilar encompadraron con Manuel y Lolita. Llegamos a salir a cenar los cuatro matrimonios. En una de esas ocasiones, Manuel “se justificó” frente a las esposas, diciendo: “Estos vaquetones llegan tarde a su casa, diciendo que yo los tengo trabajando, cuando los busco a las ocho y media de la noche, ya no están”. Obvio, las carcajadas no tardaron en oírse.

Pues bien, de ese grupo, solo estamos en este mundo y, por ello, damos gracias a Dios: Félix, mi esposa Esther Lilia Navas Ruiz y yo.

Fuimos cuatro reporteros que cumplimos con la noble misión.

Éramos cuatro fraternales amigos, compañeros y compadres.

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