Alfa Omega: Tuvimos dos virreinas y una mariscala mexicanas

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Jorge Herrera Valenzuela
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Para Susana Chávez Trejo, amante de la Historia
Las mujeres en acción

Ciudad de México, 30 de abril de 2024.- Dos capítulos históricos me llamaron la atención y son para comentarlos hoy, cuando la mujer mexicana está librando batallas en muchos frentes, incluido el de ganar electoralmente la Presidencia de la República, el próximo 2 de junio.

En este moderno y cibernético Siglo XXI la mujer está en todas las actividades y responsabilidades donde por siglos se le impedía actuar, vaya ni siquiera se le permitía aprender a leer y a escribir. Recuerdo la frase campirana: “la mujer como la escopeta, recargada y atrás de la puerta”.

Salvo estar equivocado, la única profesión donde la reina es la mujer es la de educadora. La educación preescolar o de jardín de niños, la preescolar, tuvo como antecedente lo que conocí y cursé “parvulitos” en la escuela rural de Santa Úrsula Xitla, Tlalpan.

Actualmente, los medios periodísticos impresos, radiofónicos y televisivos, están “invadidos” por las chicas que lo mismo leen noticias, hacen análisis o comentarios, destacan en las televisoras dedicadas a difundir los deportes. La primera reportera diarista en “la fuente presidencial” fue la tlalpujahuense (michoacana) Elvira Vargas, en 1930. Pascual Ortiz Rubio era el presidente.

Dos glorias del deporte mexicano: la esgrimista María del Pilar Roldán Tapia y en levantamiento de pesas, Soraya Jiménez Mendívil. La primera medalla de plata la obtuvo Pilar, en la Olimpiada México 68, y cinco años después en los Olímpicos de Sídney, Australia, Soraya ganó la de oro.

La primera virreina
Al dar un repaso a los 302 años de la Nueva España, encontré que hubo dos virreinas de origen mexicano. También hizo historia una defeña que contrajo matrimonio con un invasor y combatiente francés, al que ella rescataría de una prisión europea.

La primera virreina nació en el Puerto de Veracruz. Se llamó Francisca Javiera de Echegaray y Bosio, amiga cercana de la famosa y bella María Ignacia “La Güera Rodríguez” Ruiz de Velasco. Este personaje femenino fue parte de la vida del emperador Agustín de Iturbide; ambos reconocidos en la alta sociedad del Siglo XIX.

La porteña jarocha pertenecía a una familia de alta sociedad, de mucho dinero, por ello sus relaciones con la aristocracia de la Nueva España. Francisca Javiera y su esposo se reunían con “La Güera” Rodríguez y asistían a tertulias en el Convento de la Encarnación. La pareja se conoció en un baile organizado por él para la bella chica de 27 años.

Poca literatura hay en torno al matrimonio de Francisca Javiera y Pedro Garibay o Pedro de Garibay, que desde joven demostró valor, audacia y conocimientos como militar, participando en muchas batallas en Italia y en Francia.

A los 38 años de edad, en 1764, llegó a la Nueva España y contaba con el apoyo del rey Carlos IV, “famoso” en México por ser el jinete de la estatua ecuestre de “El Caballito”. Pedro Comenzó su carrera, en tierras aztecas, con el grado de argento mayor y en 1808 recibió el nombramiento de virrey, cargó que desempeñó menos de un año. Al dejar el gobierno, Garibay y su familia vivieron en la pobreza, debido a su honradez. Ya estaba casado con la veracruzana.

El rey le envió una pensión de 500 pesos mensuales y el acaudalado empresario, Guillermo Yermo, radicado en Nueva España, le otorgó una pensión de 100 mil pesos anuales. Regresó a España y falleció en 1815, a los 86 años de edad, luego de recibir la Cruz de Carlos III, grado teniente general.

La esposa de Calleja
Una jovencita de 20 años, nacida en la capital de San Luis Potosí, se casó con el militar español que combatió a los Insurgentes comandados por Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, derrotándolos en la Batalla del Puente de Calderón, en las goteras de Guadalajara, el 17 de enero de 1811.

Huérfana de madre y padre, a muy corta edad, María Francisca de la Gándara y Cardona, quedó al cuidado de su tío paterno Manuel de la Gándara. Era “de buena familia”, como se llamaba coloquialmente a quienes pertenecían a una clase social elevada.

En un edificio construido en el Siglo XVI, en la Plaza de Armas, residían los aristócratas De la Gándara. La casa fue conocida mucho tiempo como La Casa de la Virreina, hoy alberga al restaurante La Posada del Virrey, donde puede saborear los platillos regionales potosinos, no se arrepentirá al consumirlos.

María Francisca conoció a Félix María Calleja del Rey, quien le doblaba la edad y se enamoraron, decidiendo contraer nupcias en el Templo de San Sebastián, en la capital potosina, en 1806. Recibieron la bendición del párroco Manuel Braceras y sus padrinos fueron Manuel José Rincón Gallardo, marqués de Guadalupe Gallardo, y doña Ignacia de la Gándara.

Del matrimonio nacieron tres mujeres y dos hombres. Muy pequeños fallecieron la primogénita María de la Concepción Eligia Francisca de Paula Trinidad de la Santísima Cruz y el primer hijo bautizado con los nombres de Félix María José de Guadalupe Pascual Francisco de Padua. Los sobrevivientes tuvieron nombres cortitos: María Guadalupe, Félix María y María del Carmen. Todos de apellidos Calleja de la Gándara.

Terminada la triple misión de Félix María Calleja, el matrimonio se fue a España. Jamás regresó a México. El militar comandó las fuerzas realistas contra el Movimiento Insurgente, fue jefe político superior y el antepenúltimo virrey. Calleja murió el 24 de julio de 1828 y la virreina mexicana el 23 de julio de 1855, en Valencia.

María Francisca en 1810 fue secuestrada por los jefes insurgentes y llevada a la Hacienda del Peñasco, de donde fue liberada al aceptar su marido que el general Rafael Irarte rescatará a su esposa retenida en un cuartel insurgente. Para la liberación de la Señora Calleja el salvoconducto lo firmó el jefe insurgente Juan Aldama.

La edificación de Jardín Hidalgo 3, en la Plaza Principal, en la capital potosina, encierra una larga historia, como lo es la del militar y político Calleja del Rey.

Ahijada y comadre de Carlota
Dicen que la vida da muchas vueltas, las sorpresas se dan inesperadamente y la oportunidad se presenta una vez.

Josefa Peña Azcarate, llamada por sus amistades Pepita, Peña y bautizada con los nombres de María Josefa de las Angustias Bonifacia Brígida Federica Feliciana de la Santísima Trinidad, fue una dama de sociedad y que murió en la pobreza al enviudar.

Resulta que Pepita Peña, nacida en la Capital de la Nueva España, entregó su amor a un militar francés, comandante que participó en la invasión francesa y combatió con el más poderoso Ejército del mundo contra el insigne y patriota Ejército Mexicano a las órdenes de Ignacio Zaragoza.

Él era el Mariscal François Achille Bazaine. Pepita, La Mariscala. Otra boda con personajes disparejos en edades. El francés de, nada menos, 54 años, y la mexicanita apenas los 17. El trato social entre las familias elegantes, ricas económicamente, eran frecuentes y a ella asistían los esposos Francisco Ramón Blas Peña y Josefa Azcarate Vera Villavicencio, acompañados de la guapa Pepita.

Recién llegaron Maximiliano y Carlota, Bazaine les ofreció una suntuosa recepción con un baile en su residencia, el Palacio del Conde de Buenavista. Como regalo de bodas el Emperador entregó ese palacio, diciendo “le damos a la Mariscala Bazaine el Palacio de Buenavista”.

La amistad aumentó entre las dos parejas. El primer hijo de los Bazaine Peña recibió el nombre de su padrino: Maximiliano. Al compadrazgo antecedió el hecho del emperador y la emperatriz fueron los padrinos en la boda religiosa en la Capilla del Palacio Imperial, hoy Palacio Nacional.

Mariscala por casamiento, la única mexicana que tuvo la gracia de ser ahijada y comadre de Carlota.

En 1867 tocaron retirada 28,000 soldados franceses que nos invadieron y atacaron. Bazaine y Pepita empacaron para salir hacia Europa en un buque. Iban con Maximiliano y estaba por nacer su hija Eugene. Los esposos tuvieron un buen recibimiento en París. Hubo un tercer hijo, Alfonso, también nacido en Francia.

La gloria del mariscal Bazaine se acabó. Después de la derrota francesa ante los prusianos. Para esos días Bazaine estaba preso, sentenciado a muerte, por traición. Su esposa logró que el presidente francés le permutará la pena por 20 años de encierro.

El reo fue llevado hasta la Isla Santa Margarita. Pepita ideó un plan de fuga. Bazaine se descolgaría por un muro, utilizando una gruesa cuerda y caería en un lanchón donde estaba su esposa. Para ello, se contó con los vigilantes de la torre, quienes no se dieron cuenta de la huida del preso.

Primero llegaron a Londres y tiempo después viajaron a Madrid, donde el rey Alfonso XIII les brindó protección. Muy enfermo François Achille Bazaine muere en la pobreza y sus restos se quedan en un cementerio español. Pepita ya estaba de regreso en México y pretendió que el gobierno le pagará 100,000 pesos o le devolviera el Palacio de Buenavista. Obvio el tiempo era otro. Ni le dieron cinco centavos y no hubo devolución.

El 6 de enero de 1900 la virreina que vivió en la riqueza, murió en su casa de San Agustín de las Cuevas, hoy la hermosa población de Tlalpan. Sus restos están en la tumba del general queretano Manuel Gómez Pedraza, en el Panteón Francés de La Piedad, del añorado Distrito Federal. Gómez Pedraza, político y militar, fue presidente de México en 1832 y estuvo casado con María Juliana Azcarate, tía de Pepita.

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