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¿Cómo se convirtió la heredera Frances Glessner Lee (1878-1962) en una de las criminólogas más conocidas de su época? Una nueva exposición muestra que su ojo para los detalles tuvo mucho que ver con ello. Impulsó su éxito en un campo en el que había pocas mujeres y la ayudó a obtener estatus como la primera capitana de policía en Estados Unidos.

La exposición “Murder is her Hobby: Frances Glessner Lee y los Nutshell Studies of Death” (Los asesinatos son su pasatiempo: Frances Glessner Lee y los estudios en miniatura de muertes inexplicables), que se muestra en la Galería Renwick del Instituto Smithsoniano, exploran 18 intrincadas maquetas de escenas de crímenes que Lee creó en las décadas de 1930 y 1940 para ayudar a los investigadores de homicidios a “declarar culpables, demostrar quién era inocente y encontrar la verdad, en resumen”.

A primera vista, las escenas de crimen en miniatura de Lee (basadas en casos reales de la policía en Nueva Inglaterra) se asemejan a casas de muñecas, completas con mecedoras, periódicos, trampas para ratones y juguetes infantiles. Pero una mirada más de cerca revela signos de violencia: orificios de bala, manchas de sangre y diminutos cadáveres.

Cuando Lee comenzó su carrera en el campo policial, dijo la curadora Nora Atkinson, los oficiales de policía recibían poca capacitación y, a menudo, manejaban mal las escenas del crimen. Había pistas que se pasaban por alto y pruebas que se contaminaban, por lo que era difícil enjuiciar a los sospechosos.

Así que Lee creó sus maquetas como herramientas de entrenamiento, dirigidas a perfeccionar el poder de observación de los investigadores, al tiempo que les enseñaba cómo examinar escenas de crímenes.

Lee ahora es considerada como “la madrina de las ciencias forenses”, dijo Atkinson, pero el paso de ser “matrona de la sociedad” a ser criminóloga no fue rápido.

Como la mayoría de las mujeres de su época y clase social, Lee se casó joven y no fue a la universidad. Su hermano, sin embargo, asistió a la Universidad de Harvard y trajo a casa a un compañero de clase de la escuela de medicina llamado George Burgess Magrath, descrito por Atkinson como “una especie de Sherlock Holmes de la vida real”.

Magrath, que se convirtió en el jefe médico forense de Boston, obsequiaba a Lee con cuentos sobre investigaciones de muertes, y los dos dialogaron sobre sus casos a lo largo de su amistad de por vida.

Con el tiempo, Lee decidió seguir una carrera en patología forense. Su familia se opuso, creyendo que tal trabajo era demasiado sórdido para una mujer. Pero después de la muerte de su hermano en 1930, Lee, de 52 años, heredó su fortuna y afirmó su independencia.

Sumida en su nuevo campo, Lee observaba escenas de crímenes y autopsias, y concibió la idea de crear maquetas que contaran historias complejas de homicidios, suicidios y muertes accidentales. Lee invitó a detectives y fiscales a estudiar sus “miniaturas”, lo que ayudó a establecer protocolos para recopilar y evaluar evidencias.

Sus “mini maquetas” se usan todavía en seminarios de capacitación en la Oficina del Jefe Médico Forense de Baltimore. “Informes” sobre las escenas de crimen redactados por Lee que acompañan a cada caso se les entregan a los que se preparan para ser forenses.

En la exposición “Murder Is Her Hobby” (Los asesinatos son su pasatiempo) los visitantes reciben linternas para poder ver mejor las maquetas. (Depto. de Estado/S.L. Brukbacher)

Paradójicamente, por medio del arte tradicionalmente femenino de crear “miniaturas”, Lee pudo avanzar en un campo dominado por los hombres. Al hacerlo, revolucionó el trabajo policial e hizo que las ciencias forenses avanzaran.

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