En los tiempos cuando el PRI era el partido dominante en el país, se popularizó la frase: ¡De nada valió tu sacrificio!, Zapata, para indicar que lo proyectado o esperado no se había cumplido y todo el esfuerzo realizado para lograr el objetivo había sido inútil.

Emiliano Zapata Salazar (Miliano, como le decían sus paisanos) nació el 8 de agosto de 1879 en Anenecuilco, Morelos, y fue asesinado el 10 de abril de 1919, en Chinameca, de esta misma entidad, traicionado por Jesús Guajardo, quien fingió unirse a su movimiento armado, por órdenes directas del presidente Venustiano Carranza.

Zapata, junto con Doroteo Arango, conocido como Francisco (Pancho) Villa, son los dos personajes más olvidados por la revolución cuando se hizo gobierno y estuvo dominada por los jerarcas norteños, pese a que Villa era coterráneo, aunque nunca perteneció a la élite gobernante, como sí lo fueron Francisco I. Madero, Alvaro Obregón, Emilio Portes Gil y Plutarco Elías Calles, entre otros, quienes diseñaron y cimentaron el desarrollo del México postrevolucionario.

Zapata fue el símbolo del campesinado nacional y quedó en ese rango por décadas, hasta que, una vez terminada la etapa del desarrollo estabilizador en el país, el presidente Luis Echeverría se acordó de él y decidió sacarlo de los textos históricos y académicos para iniciar su proyección nacional.

La mayor expresión de esta reivindicación del Caudillo del Sur fue la elevación del antiguo Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización (Daac) a nivel de Secretaría de Estado, denominada de la Reforma Agraria (SRA, antecedente de la actual Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, Sedatu), a cuyo frente colocó a su amigo Augusto Gómez Villanueva para proyectarlo como su sucesor en Los Pinos.

Gómez Villanueva aprovechó esta coyuntura y rápidamente se dejó crecer el bigote para darle un mayor parecido al de Zapata. Por esa fechas, al mexicano, en general, se le identificaba por su bigote; la patilla era propia del mexicano bravío y un poco atrabancado, mientras que el uso de barba era propio de quienes querían identificarse con cierta intelectualidad y algunos rebeldes sin causa.

Ahora, en plena era de la masificación urbana, la casi totalidad de los jóvenes aparecen con barba, sin importar la forma, como émulos de los actores de cine y televisión y deportistas. Simple reflejo de la moda, nada más.
Gómez Villanueva no fue electo candidato priista a la Presidencia de la República y todo quedó en sólo un anecdotario, pero Zapata sí saltó del colectivo popular a los altares del ceremonial nacional postrevolucionario.

En pleno desarrollo del rock nacional, un grupo juvenil adoptó su nombre: La Revolución de Emiliano Zapata y, cuando el PRI entró en decadencia como partido dominante, un grupo de rebeldes chiapanecos, encabezado por el tamaulipeco Rafael Sebastián Guillén Vicente, autodenominado Subcomandante Marcos, proyectó a Zapata en el directorio universal, al crear el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (Ezln).

El grito de Zapata fue: Tierra y Libertad; la respuesta del gobierno revolucionario fue la creación del ejido, como la forma más adecuada del reparto agrario, una figura existente en la España conquistadora, cuya “acepción original de ‘ejido’ era el nombre de uno de los varios tipos de tierra y formas de propiedad que componían el patrimonio de los pueblos de Castilla en la época de la conquista española”, señala el historiador y académico de la Universidad de Chicago, Emilio Kourí, en la investigación “La invención del ejido”, publicada en la Revista Nexos el 1 de enero de 2015.

En esta investigación, Kourí sostiene que “los ejidos eran, por lo general bosques, dehesas o agostaderos en las afueras de los pueblos (de ahí el nombre del latín, exitus), cuya posesión y uso se hacían de manera colectiva. Las mercedes reales y las Leyes de Indias que reorganizaron la estructura legal de las comunidades indígenas conquistadas y las convirtieron en pueblos coloniales, procuraron replicar las mismas categorías jurídicas de posesión y uso de la tierra que tenían los pueblos castellanos —no sólo el ejido, sino los propios, el fundo legal, las tierras de repartimiento y, eventualmente, las tierras de las cofradías—“.

Tal respuesta del gobierno postrevolucionario no satisfizo ni a Zapata ni a Villa. Eso no era lo que quería Miliano para sus campesinos morelenses, ni Villa para sus paisanos del norte.

La estrategia de los vencedores de la Revolución Mexicana, sin embargo, no se fijó en esas pequeñeces.

“El ejido nació como un arreglo provisional, casi accidental, pero en menos de dos décadas se consolidó como el principal instrumento para la redistribución gubernamental de la tierra. De tal modo, tarde o temprano hubo ejidos no sólo en Morelos o Puebla, blancos inmediatos y estratégicos de la ley carrancista (para contrarrestar allí los atractivos del zapatismo), sino también en otros lugares muy disímiles: en los desiertos de Sonora, en las planicies costeras de Veracruz, en los campos algodoneros de La Laguna, en la sierra de Chiapas y en los fértiles valles del Bajío, por mencionar sólo algunos”, dice Kourí.

Agrega que “a pesar de la enorme diversidad etnocultural y ecológica de México, la reforma agraria acabó significando (casi) siempre una sola y misma cosa: el ejido. ¿Por qué la forma de la reforma? Queda bien claro que el país necesitaba urgentemente redistribuir la tierra y que mucha gente del campo estaba dispuesta a luchar contra viento y marea por obtener lo que la Constitución de 1917 ofrecía, pero eso no explica la sorprendente uniformidad en el arreglo institucional del reparto a lo largo del tiempo y del espacio”.

Visto así el sueño de Zapata, a más de un siglo de su lucha, resulta más que justificada la frase citada: ¡De nada valió tu sacrificio!, Zapata.

Menos ahora cuando el mundo actual convirtió a su querida Morelos en una entidad hecha para la recreación y el solaz esparcimiento de los habitantes de la Ciudad de México y, muchas veces, como extensión de la ahora llamada Megalópolis.

Quedan como reminiscencias de los anhelos zapatistas los extensos cañaverales con su símbolo de batalla: el equipo de futbol Zacatepec, militante desde hace décadas en la división de ascenso del futbol nacional, y el arroz dorado marca Morelos, con su Denominación de Origen.

El resto son hoteles, balnearios, centros recreativos, instituciones académicas de alto nivel y grandes comercios; la mayoría de los ejidos, como los descendientes de Zapata murieron en el olvido y la trascendencia del devenir histórico.

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