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Saturday, October 1, 2022

El día que el “Tata” Lázaro cayó de los altares

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En los albores del boom petrolero, se comentaba una anécdota, real o ficticia, eso no sé, que circulaba, supuestamente, entre los jeques árabes. Es ésta:

Uno de ellos le dijo a su hijo lo siguiente: “Tu abuelo viajó en camello, yo lo hice en auto y tu viajas en jet. Tus hijos viajarán en auto y tus nietos lo harán en camello, otra vez”.

En pleno declive del precio del llamado “oro negro”, tal vez eso no sucederá en el imperio árabe, porque muchos de sus dirigentes y sus súbditos resultaron buenos administradores y, por lo general, los encargados de manejar el negocio del crudo son egresados de las mejores universidades europeas, en especialidades que tienen que ver con el comercio de los energéticos, en especial, temas petroleros.

Cosa muy distintas sucedió en México, donde los respectivos directores generales de Pemex, la décima empresa mundial del ramo petrolero, en otros tiempos, han sido designados por el presidente de la república en turno, por razones de amistad o de oportunidad política y, por lo general, han sido licenciados en ciencias humanistas; algunos en economía, y muy pocos técnicos, mucho menos en ramas afines al petróleo.

Tal vez, uno de esos pocos haya sido Jorge Díaz Serrano, amplio conocer de cuestiones petroleras y amigo de empresarios norteamericanos, afines en este negocio internacional.

Díaz Serrano terminó su vida político-administrativa en la cárcel, después de haber sido desaforado como senador, ante acusaciones de fraudes que le hizo Heberto Castillo Martínez, fundador del desaparecido Partido Mexicanos de los Trabajadores (PMT), quien declinó más tarde a sus ambiciones presidencialistas en favor del Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

Pero más allá de estos datos históricos está lo que durante décadas fue un hecho simbólico: las conmemoraciones del 18 de marzo para celebrar la nacionalización del petróleo, hecho que tuvo lugar en 1938 por Lázaro Cárdenas del Río, el “Tata” Lázaro, como le llamaban los purépechas; padre de Cuauhtémoc y abuelo Lázaro Cárdenas Batel, los tres gobernadores de Michoacán en su respectivo tiempo, entidad que convirtieron en una especie de feudo familiar.

El 18 de marzo, junto con el 10 de abril (muerte de Emiliano Zapata) y el 6 de enero (aniversario de la primera Ley Agraria) fueron fechas simbólicas en la agenda nacional postrevolucionaria de México. Cada una de ellas marcaba el devenir político administrativo del país.

Ahora ya eso es historia. El 18 de marzo es como un día cualquiera. Ya no se celebra con bombo y platillo, referencia a ese gusto refinado que en la aristocracia tenía que ver con un Club de Conciertos Selectos para Gente Selecta, en años pasados.

En estos actos, desde luego, participaba la población como mera espectadora y parte de la escenografía, pese a que, oficialmente, era dueña del petróleo, porque así lo ameritaba el patrioterismo rancio, lleno de arengas de un nacionalismo trasnochado de los políticos en turno que hasta engolaban la voz para gritar a los cuatro vientos que el petróleo es y siempre será de los mexicanos.

En esos años fervientes del patrioterismo petrolero cuando terminó la llamada época del desarrollo estabilizador de la economía (a finales de la década de los 60s) y México entró a la nueva etapa económica, el petróleo se levantó como la bandera exitosa que salvaría al país y lo llevaría de la mano a la Tierra Prometida.

López Portillo y su secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal (Semip), José Andrés de Oteyza, (ahora convertido en alto funcionario de la empresa española, fuertemente cuestionada en fechas recientes en México, OHL) hablaban de “aprender a administrar la riqueza” y de la forma en que mandatarios de todo el mundo harían cola para comprar el petróleo mexicano.

Este vaticinio no se cumplió. Con el surgimiento de cártel petrolero, término acuñado por los economistas para designar al grupo que componían productores y compradores de un producto, bautizado como Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en la parte productora del cártel, y del que México siempre fue sólo observador, por voluntad propia, rompió esos sueños.

El barril llegó a cotizarse hasta en 7 dólares y México no se deshizo en pedazos, como podría pensarse, situación que, por la flaqueza de la memoria, no se recuerda ahora cuando nuestro país vive algo similar, aunque de menor apremio económico-financiero.

Desde luego, en esos años no existía el PRD ni su hija predilecta Morena, ambos descendientes en línea directa del PRI, que les resultó grosera, malcriada, prepotente, malagradecida y respondona “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, dice la conseja popular; tampoco había tantos partidos políticos satélites del PRI y del PAN. Los diputados eran casi la mitad de los existentes actualmente y los senadores sólo una tercera parte de los existentes en este tiempo.

No había Instituto Nacional Electoral (INE, antes IFE) y la Secretaría de la Reforma Agraria (SRA, ahora convertida en Sedatu), era una dependencia imberbe, nacida por los caprichos de Luis Echeverría que la elevó de simple Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización (DAAC) para convertir a su amigo Augusto Gómez Villanueva, en presidenciable; algo similar que haría en el siguiente sexenio López Portillo, al crearle a su amiga Rosa Luz Alegría Escamilla, la Secretaría de Turismo que, igualmente, pasó de ser simple Departamento, a una Secretaría de Estado. No era similar la ambición presidencialista que la de Gómez Villanueva, pero sí para registrarla en los anales de la historia como la primera mujer de ese rango que se codeo de tu a tu con el resto del gabinete formado por hombres, en su totalidad.

La crisis de los bajos precios del crudo originó otra bandera política en México: despetrolizar la economía. Durante las décadas siguientes fue el estribillo que se repetía una y otra vez, hasta el año pasado, cuando se ideó la creación del presupuesto cero. Borrón y cuenta nueva, lo que parecía una medida de economía política sana, pero la sorpresa fue que, en vez de achicar la burocracia federal, dio nacimiento a otra nueva Secretaría, ésta de Cultura.

México nunca aprendió a manejar la abundancia petrolera, porque el este recurso natural sólo fue para unos pocos vivales, como el actual líder del gremio petrolero, Carlos Romero Deschamps, cuyos hijos son famosos en las redes sociales por la exhibición de sus fortunas dilapidadas, y antes, el ahora histórico, Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, con un final de su vida política tras las rejas.

Tampoco despetrolizó su economía. Para eso, no hubo tiempo, o, al menos, no se tuvo la voluntad política de hacerlo. Triunfó la avaricia gobernante. De nueva cuenta, la terca realidad le ganó la partida a las palabras. Las exportaciones agropecuarias y la actividad turística nacional superan los ingresos petroleros y las remesas de los trabajadores migrantes van en esa dirección.

Ahora, el 18 de marzo es un día común, como lo fue antes de esa misma fecha de 1938. Lázaro Cárdenas cayó del pedestal celestial donde lo colocaron los gobiernos postrevolucionarios, para convertirse en un simple mortal de quien sus acciones que le dieron la santidad laica, comienzan a cuestionarse desde ámbitos diversos.

Cárdenas y el 18 de marzo serán fechas históricas, indiscutiblemente, pero lo seguirán siendo en la visión que ofrece “La decadencia de occidente”, del escritor alemán Oswald Spengler.

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