Este año ha sido prolífico en cuanto a la difusión internacional de la obra y pensamiento de Albert Camus, manifestaciones que han incluido la exposición de su obra en Nueva York y hasta una recopilación de su nombre en calles y monumentos en todo el mundo.

Camus nació el 7 de noviembre de 1913, en Mondovi, Argelia Francesa, y murió, relativamente joven, el 4 de enero de 1960, a los 46 años de edad, en Villeblevin, Borgoña, Francia, en accidente automovilístico. Su madre era analfabeta y había perdido prácticamente la audición; su padre trabajó en una finca vitivinícola de donde fue enrolado por las fuerzas militares galas para participar en la Primera Guerra Mundial. Herido en la batalla de Marne, poco después falleció. Camus se quedó huérfano de padre, y su madre tuvo que salir de Mondovi para irse a residir a la casa de su madre, en Argel. Obtuvo el Nobel de Literatura en 1957.

Conocí la obra de Camus cuando terminaba la educación media superior, antes de ingresar a Filosofía, en el Instituto Méndel, de Aguascalientes, capital del Estado del mismo nombre. Me enamoré de su pensamiento. Antes había leído Mitos y Leyendas Griegas, escrito por la sevillana Cecilia Böhl de Faber, bajo el seudónimo de Fernán Caballero.

La lectura de Mitos y Leyendas Griegas me hicieron comprender muchas cosas de la vida diaria bajo una óptica distinta a la tradición judeo-cristiana. Comprendí que la dualidad gloria-infierno, premio-castigo, bien-mal podían tener otros significados en la vida y que convivían desde el nacimiento mismo del ser humano, al igual que los dioses del Olimpo eran tan humanos que se identificaban con el hombre, muy lejos de los misterios insondables de la Santísima Trinidad que, por más esfuerzos que hiciera la mente humana jamás podría comprender cómo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo lograban fundirse en uno solo sin perder cada uno su identidad y mantenerse únicos.

La dualidad gloria-infierno la comprendí más tarde cuando leí el pasaje de Jean-Paul Sartre: “El infierno son los otros”. En efecto, no hay que esperar la recompensa ni el castigo más allá de la muerte. Está aquí en este reino, al contrario de las prédicas de la doctrina de judeo cristiana, que también dividió la vida entre terrenal y celestial, bajo la enseñanza bíblica de “Mi reino no es de este mundo”, aunque para el ser humano común y corriente no hay dos mundo, sino uno solo real y concreto en su andar cotidiano. En él lo mismo goza la gloria que sufre el infierno.

Esto lo entiende a la perfección el reformismo luterano para el cual las obras son tan necesarias como la oración y la meditación, que plantea a la pastoral eclesiástica de frente a la realidad. Lutero, de formación agustiniana, recapituló así lo que el obispo de Hipona plasmó en sus escritos: “El que te creo sin ti, no te salvará sin ti”, pero que el dogmatismo de Roma borró para canalizar todo hacia la expectativa celestial, lo que condujo a los teólogos a analizar cosas tan triviales como discutir cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler, que originaron el bizantinismo.

El premio de lotería, los distintos amores, ser para la muerte
Este contexto, la lectura del “El Extranjero”, primera novela de Camus, me impresionó. De inmediato, la adopté como libro de cabecera (la sigo considerando así).

Su pensamiento fresco frente a una realidad distinta; el enfoque de las cuestiones básicas del pensamiento humano, la respuesta a situaciones de conflicto interno y otras cuestiones más me dieron pauta para profundizar en este modo de ver la vida.

La obra de Camus se inscribe en gran parte dentro de la corriente filosófica del existencialismo, aunque él no lo aceptara del todo, sino más bien ligada a la teoría del pesimismo desarrollado por Arthur Schopenhauer, el marxismo clásico de Joseph Stalin y el nihilismo de Friedrich Nietszche, pensamientos salpicados por su acción permanente en los quehaceres diarios de la vida. Acción y palabra se conjuntaron en él. No fue un pensador de gabinete, sino un hombre que llevó a la práctica sus ideas y con ella enriqueció sus deducciones. Unió lo inductivo con lo deductivo. Allí su grandeza.

El existencialismo fue una doctrina filosófica de fuerte arraigo durante la primera mitad del siglo pasado. Sus máximos aportes están en las llamadas situaciones limites del ser humano: nacimiento, amor, libertad y muerte.

La primera cuestión a la que se enfrenta el ser humano es en conocer su origen. ¿De dónde venimos y porqué soy como soy?.

La respuesta que da es toda una etiología impensable y controversial desde el inicio mismo, llamada “Premio de lotería”.

Resulta que para fecundar un ser humano se da una lucha sin cuartel entre los millones de espermatozoides de tal forma que cada uno trata de alcanzar al óvulo femenino. En lógica, sólo sería capaz de lograr el objetivo alguno de los espermatozoides sanos y potentes. Sería simple selección natural. Pero esto no sucede así.

En esa loca carrera por fecundarlo se cuelan muchos espermatozoides insanos o no tan apropiados y, a veces, uno de ellos alcanza el objetivo, por lo que la nueva vida que se engendra nace con ciertos problemas propios de la genética, algunos de los cuales se manifiestan desde los primeros días después de su nacimiento y otros más en su desarrollo.

Los avances en la genética actual, en especial con el apoyo de la biotecnología y la nanotecnología, tratan de solucionar ciertos problemas de ese tipo, pero ambas ciencias están en pañales, como se acostumbra decir, y tendrían que pasar muchos años (tal vez, siglos) para conocer su éxito total o fracaso. Bordan, todavía, en el limbo.

En cuanto al amor, en general no existe adolescente o joven que intente descifrar ese problema existencial. Lo buscan ansiosamente por todos los modos, habidos y por haber, pero la cuestión sigue ahí, terca, como sólo la realidad es.

En esas edades, hombres y mujeres, en la actual etapa de la internet y las redes sociales, acuden a estas modalidades de comunicación en su intento por hallar la respuesta adecuada. Hay quienes en su directorio virtual (que antes eran libretas de papel), tiene decenas, centenas y hasta miles de amigos. Cada quien compite con sus congéneres por contar con la lista más extensa y hasta lo publicita como símbolo de éxito.

A medida que pasa el tiempo y se va adquiriendo la madurez, esa lista se acorta, en esa misma dimensión. Cuando se llega a la madurez, desaparecen todos o casi todos. Quedan los consanguíneos y amigos reales que se cuentan con los dedos de una mano y sobran dedos, dice la conseja popular.

El amor, visto desde el existencialismo, es sólo uno. Se da en la relación de pareja, únicamente. El amor de los padres hacia los hijos y viceversa, al igual que el amor a Dios, tienen una lógica. Se ama a los padres y éstos a sus hijos, porque existe una relación paterno-filial. Lo mismo pasa en el amor a Dios. Somos hijos, creados a imagen y semejante de él, según la teoría bíblica. Existe una total lógica de estos amores.

Contrario a lo anterior, el amor de un hombre a una mujer o de una mujer a un hombre (o cualquiera de las actuales manifestaciones, según la nueva axiología), se da porqué sí. No hay lógica alguna. Los dos seres se encuentran y ya. No se buscaron; tampoco existe un pasado o presente que los identifique. Las cosas se dieron así por así. Es el absurdo total. Sin explicación alguna.

Sólo de esta forma se explicaría que una mujer se enamore de un hombre que es un borracho empedernido, un jugador o un tahúr sin futuro alguno, incluso de un agresor. Lo hace de alguien que carece de todo. Sin embargo, lo ama. Y viceversa. Es el otro, frente a quien no hay nadie más, así le presenten un millón de hombres más y hasta similares o distintos. Quiere al amado. Al que se encontró. Al que es único e irrepetible.

Algo parecido acontece en la libertad. “Déjame es mi vida y a ti no te importa lo que yo haga con ella”, suelen decir los jóvenes; huyó de su casa porque quería ser libre, son expresiones comunes que se leen, se platican o se conocen casi a diario. Todos quieren ser libres, pero ¿para qué?. Esa la pregunta más inquietante.

La libertad es algo tan pesado que nadie puede con ella, responde el existencialismo. Cuando un joven arrebata su libertad, lo hace sólo para irla a entregar a alguien más, sean los amigos, un grupo, el trabajo o a lo que sea, incluso, a las drogas y a la vagancia. Hace eso porque la libertad es una carga muy pesada, tan pesado que puede con ella.

Esto se pone más de manifiesto en la realidad actual cuando todo mundo exige derechos y la misma sociedad lo apoya y promueve, pero se olvida de que a cada derecho corresponde una obligación que, por exigir mayor corresponsabilidad, casi nadie la promueve. Siempre será más fácil hablar sobre los derechos, aunque se olviden las obligaciones. La vida enseña que hasta el respeto humano se gana. No se da gratuitamente.

La última de las situaciones límite la constituye la muerte. Otro de los grandes misterios de la realidad humana. Se da, igualmente, en un absurdo. Sin explicación alguna, máxime cuando ocurre en personas jóvenes o en la plenitud de su desarrollo y es incomprensible cuando sucede en la niñez.

Lo único real es que “el humano es un ser para la muerte”, lo dijo Sartre. Todo lo demás carece de comprensión. Sartre está en lo cierto. “Para morir iguales” es una canción del folclor mexicano que narra esa situación en toda su dimensión. Oscar Rizzo es médico alternativo. Sostiene que el hombre sólo puede morir por dos causas: una infección no atendida o mal atendida o por un traumatismo. En los demás casos, el organismo tiene la capacidad de autorregenerarse, aun en los casos de enfermedades que, según la visión de especialistas y farmacéuticas, serían ya incurables. Basta con ponerle la condiciones adecuadas para ello, indica.

“Lo malo es que nadie quiere ponerle esas condiciones apropiadas para su autorregeneración del organismo. Piensan que con medicamentos se va a lograr, lo cual, por lo general, nunca es cierto”, comenta Rizzo.

Los organismos internacionales de la salud le están dando la razón. Ahora con medidas internacionales como El Plato del Bien Comer y el retorno e impulso a la medicina tradicional, incluyendo los Remedios de la Abuela, buscan apoyar la recuperación de la salud humana o, al menos, una alternativa para contrarrestar la desmedida y hasta, a veces inmoral, ganancia económica que realizan las farmacéuticas globales. A este respecto, basta leer el libro “Lo negro de las marcas”, de Klaus Werner y Hans Weiss, para tener claro esa desmedida ambición económica.

No tiene caso que los adelantos médicos hayan prolongado la vida en el personas 10 ó 20 años más, en las últimas décadas, sólo para vivir atadas a un sinfín de medicamentos químicos que, por no ser naturales, traen diversos problemas al organismo humano y que, en sí, no curan la raíz del padecimiento, sino sólo sus causas, razonamiento cada vez más extendido entre los impulsores de una vejez digna y con calidad de vida.

El absurdo de la vida y lo ilógico de la existencia
Camus no fue un existencialista puro, más bien, creó el movimiento del absurdo, como una teoría del existencialismo.

Según la Wikipedia, “la filosofía del absurdo, llamada en ocasiones absurdismo, establece que los esfuerzos realizados por el ser humano para encontrar el significado absoluto y predeterminado dentro del universo fracasarán finalmente debido a que no existe tal significado (al menos en relación al hombre), caracterizándose así por su escepticismo en torno a los principios universales de la existencia. Por consiguiente, propugna que el significado de la existencia es la creación de un sentido particular puesto que la vida es insignificante por sí misma, y que la inexistencia de un significado supremo de la vida humana es una situación de regocijo y no de desolación, pues significa que cada individuo del género humano es libre para moldear su vida, edificándose su propio porvenir”.

Los fundamentos de esta teoría están en que “el hombre persigue constantemente el principio de razón . Nada es porque sí. Todo debe tener una causa o motivo que lo justifique. En el pensamiento religioso, tal causa ‘eficiente’ es Dios, que obra, en tal concepción, como un artesano modelador y ordenador del cosmos. En la cosmovisión atea, tal expediente está vedado. De esta manera, el universo y todos los entes, sea en su existencia o en su esencia, son sin un motivo, causa o porqué. Cuando la carencia de esta justificación, que necesita la razón humana, se verifica, aparece la sensación del ‘sin sentido’, o, en otros términos, del absurdo”.

El absurdo se da en la vida cotidiana cuando se acude a una cita y en el trayecto se encuentra con infinidad de tráfico, entonces parece que el reloj avanza en forma acelerada, mientras que cuando se llega antes de tiempo, las manecillas del reloj parecen no caminar o cuando sale a la calle para lucir su atuendo y no encuentra a ningún conocido, en tanto que cuando sale sin bañarse aún, con ropa de dormir y sin maquillarse, lo común es que en el camino encuentre a todos los conocidos.

Meursault, prototipo de la existencia sin explicación alguna
Meursault (nombre compuesto por las palabras meur que significa mar, y sault, sal), el protagonista de su novela “El Extranjero”, es el mejor ejemplo de esta tesis. Meursault es un ser indiferente a la realidad por resultarle absurda e inabordable. El progreso tecnológico le privó de su participación en las decisiones colectivas y lo convirtieron en un extranjero dentro de lo que debería ser su propio entorno.

La madre de Meursault es una anciana que él tiene que internar en un asilo ante la imposibilidad económica de cubrirle todas sus necesidades, pero, sobre todo, “porque ya no tenían nada que decirse entre ambos”. Después de internarla se olvida por completo de ella hasta el día cuando le llega un telegrama a la oficina donde trabaja para informarle que su madre ha muerto y debe de ir para el sepelio y entierro de la señora.

Contra su voluntad va con el director de la empresa para solicitarle permiso para ir al entierro de su madre. Tan sólo pensar en pedir esa solicitud le provoca cierta repulsa y como única justificante le dice que “no es mi culpa”. Parte, en seguida.

Durante el velatorio permanece totalmente indiferente. Le molestan los asistentes (todos compañeros de su madre en el asilo), el calor que hace dentro y la prohibición de fumar ante el féretro. Uno de ellos comienzan a lanzar breves llantos de tristeza. Meursault se desespera. No halla qué hacer. La situación se agrava cuando el encargado del velatorio le ofrece un café que acepta sólo porque sí. El calor veraniego del interior del local, lo desespera aún más.

Por fin, viajan hacia el cementerio donde sepultarán a su madre. Camina casi solitario. Ajeno a cualquier sentimiento o cosa que giren en su alrededor y, al término de la ceremonia luctuosa, regresa, de inmediato, al pueblo donde labora.

Es fin de semana. Se encuentra a una antigua compañera de trabajo y la invita al cine. Ven una película cómica, cenan y pasan la noche juntos. A la mañana siguiente, va con su amigo Raymond, que, aparentemente es un proxeneta, quien la noche anterior había golpeado con fuerza a una amiga, a la casa de playa para pasar juntos el día, con la esposa de Raymond y María, amiga de Meursault.

Durante el paseo por la playa, casi al medio día, dos jóvenes árabes (uno de ellos hermano de la mujer a quien Raymond había golpeado) se enfrentan a Raymond y Meursault, que caminaban por la playa. Se lían a golpes, pero uno de los árabes saca un cuchillo que porta y hiere a Raymond, por lo que regresan de inmediato a la cabaña para curarlo. Meursalt lo deja ahí, toma el arma de Raymond y camina, solitario, sobre la playa. A lo lejos ver a los árabes. No hace caso alguno. Sigue caminando. Ya cerca de ellos, el árabe del puñal se lo enseña y lo mueve en dirección al sol para que los destellos invadan la frente de Meursault. Es mediodía. Hace demasiado calor. Meursault saca la pistola y dispara cuatro veces sobre el árabe del cuchillo. Lo mata. Sigue adelante, sin preocupación alguna.

Uno de los momentos más esclarecedores del absurdo es cuando, durante el juicio, el juez le pregunta si, en efecto, disparó cuatro veces seguidas sobre el árabe a quien asesinó, Meursault responde: No. Disparé una vez y luego tres veces seguidas. El juez le preguntó porqué lo había hecho y él contesta que todo fue culpa del sol. Hacía mucho calor, sudaba, los reflejos del cuchillo del árabe pegaban directos en mi rostro. Entonces saqué el arma y le disparé.

Meursault fue condenado a muerte. Para el día de su ejecución, sólo pide que “haya una multitud que lance gritos de odio” mientras lo ejecutan.

En otros trabajos, en especial en El Mito de Sísifo, abunda sobre esta filosofía, pero es en El Extranjero donde más se encuentra explícita.

Camus en el Siglo XXI
El pensamiento de Camus es totalmente vigente en estos días cuando millones de personas en todo el mundo enfrentan una serie de situaciones conflictivas en las que nada tuvieron que ver ellos. Sencillamente, de pronto, se encontraron en ese contexto, social, económico o político. Están allí; se lo encuentran, no lo buscaron. Son situaciones económicas, sociales o políticas, existentes en un mundo que enarbola nuevas banderas de una axiología que, a finales del siglo pasado, casi simultáneamente con la caída del Muro de Berlín, derrumbó la anterior escala de valores humanos para postular otros nuevos que aún no se afianzan, por lo que la humanidad está desconcertada en su acción. Desecha los valores anteriores, pero no atina a aceptar del todo los nuevos y enfrentar sus consecuencias. Está frente a un absurdo existencial.

Camus desarrolló su trabajo entre los fragores de la Segunda Guerra Mundial que, a su término, dejó destrozada a Europa, sumida en un futuro incierto y sin aparente esperanza alguna.

Un joven alemán, perteneciente a la primera generación de la postguerra, comentaba desconsolado en Bonn, la capital de la Alemania Federal (Berlín se mantenía como capital de la Alemania Democrática, botín de la ahora desaparecida Unión Soviética), lo inútil que era luchar por un mejor futuro. “Mis padres y abuelos lo hicieron incansablemente para construir mi país. Una maldita guerra acabó con todo. ¿Qué caso tiene levantar nuevamente al país?”. Esto lo decía mientras se planificaba y desarrollaba el Plan Marshall que dio nueva vida a Alemania y a Europa toda.

Bajo ese pensamiento es fácil intuir el derrumbe de la música clásica en Inglaterra para dar nacimiento a los Beatles, con su himno: Let it be, y a la revolución, también de corte inglés, de la moda con Mary Quant y la minifalda, por ejemplo, mechas que iniciaron el incendio mundial de la Revolución del 68, en Europa y América.

Ese mismo sentimiento se vivió en México, en 1985, cuando un terremoto de 8.1 grados en la Escala Richter destruyó el centro de la Ciudad de México y algunos puntos cercanos a su alrededor.

La desesperanza se reflejaba en el rostro de miles de capitalinos que, aunque sabían que la causa del destrozo de sus casas y departamentos o sus fábricas y oficinas había sido un terremoto, pero en su subconsciente seguía vigente la pregunta sin respuesta: ¿porqué a mi, porqué a mi familia?, mientras levantaban los escombros, sin esperanza alguna y perdidos en tiempo y espacio, pero, al mismo tiempo, con la ilusión de hallar con vida a sus seres queridos, muertos por ese hecho fortuito.

Actualmente, la existencia de las redes sociales, el alcance de los alimentos a sólo pedir de boca, la posibilidad de viajar por todo el mundo, estudiar o trabajar desde la casa, obtener una beca universitaria y otras bondades más que ofrece la Aldea Global conviven con la lacerante pobreza en muchas regiones del planeta, las amenazas permanentes del cambio climático o del crimen organizado, la riqueza insultante de los gobiernos en varios países y el cinismo con que actúan los políticos y gobernantes, la desvirtualización de la actividad política y la existencia de un mundo regido sólo por el dinero, son todas cuestiones sin sentido. Absurdas en la mente del Camus de inicios del Siglo XXI.

Así lo perciben millones de jóvenes y personas de todas las edades que no entienden el porqué, en Japón los trabajadores jóvenes duermen en seudoliteras que existen en las propias oficinas o los también millones de chinos que hacen inmensas colas para obtener un lugar donde trabajar o de los millones de desplazados, convertidos en extranjeros en su propia tierra, que tienen que emigrar por cuestiones políticas, bélicas o medioambientales, o los millones de personas de la tercera edad dejadas en el abandono, como la madre Meursault, o las filas inmensas de niños de la calle, “hijos de nadie”, que tienen que dormir en las coladeras del drenaje urbano o en quicio de alguna casa, o las miles de mujeres que, a diario, sufren los golpes de su esposo, amante o pareja, muchas veces, sin causa aparente, o las constantes devaluaciones de las monedas nacionales a causa de mitos, creados por los economistas, porque en Estados Unidos va a haber elecciones presidenciales o porque Gran Bretaña se salió de la Unión Europea o por cualquier otra trivialidad, o en la incipiente migración, todavía pequeña, pero que amenaza con extenderse pronto, de europeos y asiáticos, asolados por el terrorismo árabe o por la búsqueda de paz y tranquilidad, o el deseo de hallar un trabajo en América, otra vez convertida en tierra de promoción, hechos todos en los que la humanidad nada tiene que ver y en tantas otras cosas que, cotidianamente, suceden en la Aldea Global, soñada por Marshall McLuhan. Todo, convertido en un mundo absurdo, sin explicación lógica.

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