Para Luis Alberto López Wario

Hace unas semanas estuve en la casa que habitaste temporalmente. Aún evidenciaba el orden propio de la soltería en maridaje con la profesión, dos o tres elementos mal puestos sobre el rústico anaquel junto a los platos y cachivaches lavados con premura, los ganchos para la ropa en la alcayata encajada en el grueso muro de adobe encalado, los envoltorios polvorientos de los alimentos traídos de la civilización, unas latas para conservas colgadas en la parte exterior en donde aún la tierra declaraba que alguien deseaba el adorno floral ahora invadido por la lujuria vegetal, las bolas de papel de un cuaderno rústico en la cajita de cartón con finalidad de cesto para el desperdicio… todo definían una estancia pasajera y algo más que el desapego en lo ajeno. Él espera pacientemente, ahora en los rincones sobrios de la casita, ahora entre el reconquistador efluvio de verdor, tiene del tiempo la eternidad y con ello no le abruma la prisa. Ahí permanecía pacientemente a que la extrañeza del trato no afeara la plática. Nada le apura, afirmaba de antemano el regocijo mutuo en la recuperación retozante del  ¡encuéntralo! para hacer de la ausencia nueva constancia.

Él espera pacientemente allá en su covacha entre las ramas, junto a la poza de agua o entre el verdor de su prado el regreso de aquel compañero cuyo trato inició entre desconcertantes trifulcas, maldiciones y leperadas, a quien le esquilmara el llavero para depositarlo en lugares insospechados, al que le escondiera el libro de consulta junto con la carpeta de apuntes y le arrojara el plato bajo la mesa. Aún recuenta el montón de pedruscos que golpearan al ventanuco para ahuyentar el sueño y el descanso de los desconocidos y tiene por gracioso el uso de la flechita saltarina dentro de la caja transparente para orientarte.

Llegué sin preparación. Para mí eran creaturas brotadas de la fantasía, “corporizados”  en algo muy cercano a enanos cabezones con piernas peludas y carentes de la oreja izquierda o que, sumamente bobalicones y ventrudos, poseían de un niño la estatura de poco más o poco menos los doce años; que tenían inadecuadamente los pies hacia atrás con lo cual —según el ralo juicio personal acumulado— las interminables correrías que les afaman poseerían gran torpeza; que unos eran “del agua” y otros “de “la tierra”; si éstos correspondían a lo que denominamos “buenos” en tanto los otros quedaban insertos en el término de “malvados”; que si en contra de sus sortilegios era bueno un “ojo de venado”, colocarse la ropa al revés o cargar una cruz de palma…

Una noche, cuando le convenció que el nuevo visitante no dañaría sus ríos y árboles, el arbusto y sus habitantes animales de tierra y aire, sacó de su morralito una fotografía manoseada en la cual la juventud de los entonces noveles antropólogos quedará para el asombro de otros en el futuro. Ahí estabas en plena juventud, ahí sonríen en la camaradería de la experiencia fuera del hogar familiar: P… F…, S… P…, aquel guía lugareño cuyo nombre desconozco y un borrón del que me dijo era su propia imagen imposible de fijar en la realidad material.

De él escuché por primera vez aquella “Elegía” de don José Gorostiza:

A veces me dan ganas de llorar,

pero las suple el mar.

el dulzor dolorido de su:

¿Quién me compra una naranja

para mi consolación?

Una naranja madura

en forma de corazón.

o el estrujante aroma bucólico en tono de sordina de Alicia Delaval:

Cómo me duele el árbol

porque tal vez nos parecemos:

la savia inquieta, el corazón viajero

y los brazos abiertos a todo horizonte

hechos para rodar los sueños.

Inmóvil, sin embargo,

comprometido al surco y a la esfera,

con las raíces firmes

tercamente destinadas a la tierra.

de su tierna canción de cuna en “Trilogía infantil”:

Cervatillo del viento,

rizo de luna,

duérmete que la noche

mueve tu cuna…

la voz de don Carlos Pellicer cuando alaba:

Sin que se quiera,

vuela una garza

con tal belleza,

que tal semeja que así volara

por vez primera.

Restira el cielo

mantas azules

para la garza que sigue el vuelo.

Tanto su tiempo la tarde extiende,

que en dos azules

uno despide y el otro vuelve.

acordamos el disfrute compartido con  el tono íntimo de Agenor González Valencia:

Naturaleza, naturaleza:

¿eres madre de mi madre?

¿eres cuerpo de mi cuerpo?

¡Si a todas partes que miro,

por todas partes te encuentro!

y tantas otras visiones verdiazules con sonido y sentido de agua tabasqueña, de hojarasca otoñal junto al río, testimonios de vida que esta pésima memoria estropea cuando no aniquila y que hoy preservo en un libro cercano al recuerdo del chaneque compañero que, por cierto, al despedirnos con un ¿cuándo vuelves? me encargó reiteradamente que te trajera un saludo para ti.

sembrador

 

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