Tzentzontles

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En la penumbra de la cueva de origen, los seres creadores daban fin a su labor. Ante ellos llegó uno de los seres mínimos y tras una reverencia informó: ―Afuera aún esperan dos creaturas incoloras.

Los hacedores miraron sus vasijas vacías. Después de meditar dijeron al enano: ―¡Tráelos! Esmeradamente cubrieron los cuerpos con cal y jugo de maguey, mezclaron los residuos de los colores y un poco de su saliva en las vasijas, con ello impregnaron el lomo y las alas de una de las figuras con resultado marrón, con ceniza de la hoguera dibujaron cuidadosamente el plumaje de la segunda: negro resultó.

Salieron las aves del recinto sagrado y en una charca cercana miraron su imagen. Les llenó la tristeza al comparar su plumaje con el colorido de las otras aves creadas. Algunas en tonos tenues, otras con largos y rutilantes colores. Entre los arboles bullían combinaciones inconcebibles otras mas con discretas gamas alababan a los creadores.

A la charca llegó el señor del viento quien al ver la pena de esas aves  les llamó y con silbos dulces expresó: ―No quedaba en las vasijas más color para alegrar sus vidas, pero dejo aquí en su pecho esta piedrita verde. Con ella cantarán las voces del agua clara y pacífica, la brisa tersa y el soplo del gusano bajo la tierra, el susurro de la cascada y el murmullo entre los jilotes, el crepitar de la flama ancestral y la cálida en el hogar; en ustedes quedan depositadas las cuatrocientas voces de los seres vivos…

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