Ojos negros

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Sus ojos negros agobian el presente, tiritan los parpados en el momento breve del éxtasis; sutilezas aprehendidas, latentes en un temblor descendido desde la nuca hasta aposentarse en las rodillas; en su desamparo reapareció el niño, claudicó el vocabulario, enmudeció el hombre, vibró el verbo. Brillaron el Sol, la Luna y dos centellas fugaces fecundaron el cansancio de la revelación.

En sus ojos negros ―kohl natural en sus cejas y pestañas― resplandecía el astro del amanecer bajo un limonero que aromatizaba su voz y una nube densa que obligaba al cobijo en sus brazos y así, en la estrechez, eclipsar el destello de sus ojos negros.

Ojos que retienen su mirada en “La noche estrellada”
Vibración ermitaña con voz de un “Pequeño gorrión”.

Regresa vaporosa, sutil, sin preludio para la restitución
asida a todo lo que es oscuro en la luminosidad; es aura con aroma a musgo
que en el suave clamor del corno vibra con el golpetear refrescante de la lluvia.

Aparece en el trazo del pincel o en el blanco papel ávido de lápiz,
en el viento mecedor de los helechos y en el recuadro de una cabellera bruna
destellan en unas pupilas que no son las suyas
y en la sonrisa que otros rostros ofrecen.

Ritma el paso sin prisa, en el suspiro imprudente, espontáneo,
surge en la multiplicidad que destaca la presencia tenue,
en el aguacero de mayo y la luna blanquiazul;
late en la copa del árbol nacido con vigor bajo su ventana,
enriquecida con los trinos y plumajes diversificados;
el recuerdo es siempreviva, un fruto sin compartir, un roce imprevisto
y un palpitar en ritmo doble.

No hay dolor ni reproches; sólo quedan la cima de una sima,
el arcoíris visto a solas
y la voz insistente del “Pequeño gorrión” disfrutada ya sin ella.

Su mirada enmarañaban el amanecer con el atardecer y el anochecer, el mediodía fue lluvia brutal hasta que el viento sureño venció el bastión de las pestañas para viajar de niña en niña, hurgar en la promesa del horizonte fracturado para anquilosar la destreza de sus manos y equivocar el sendero por recorrer; fue origen de dos lágrimas por aquel dolor corrosivo, lacerante. En su guía y atención el zurcido fue remedio en el precario forcejeo para desasirse de aquella contemplación inquisidora detrás de una polvareda cargada de lejanías intrusas, de miserias vividas a solas. Finalmente sus ojos y su mirada son presencia que permanece en el vaporoso recuerdo de una juventud que olvidó una canción y el brillo de unos ojos negros.

Sus ojos negros agobian el presente, tiritan los parpados en el momento breve del éxtasis; sutilezas aprehendidas, latentes en un temblor descendido desde la nuca hasta aposentarse en las rodillas; en su desamparo reapareció el niño, claudicó el vocabulario, enmudeció el hombre, vibró el verbo. Brillaron el Sol, la Luna y dos centellas fugaces fecundaron el cansancio de la revelación.

En sus ojos negros ―kohl natural en sus cejas y pestañas― resplandecía el astro del amanecer bajo un limonero que aromatizaba su voz y una nube densa que obligaba al cobijo en sus brazos y así, en la estrechez, eclipsar el destello de sus ojos negros.

Ojos que retienen su mirada en “La noche estrellada”
Vibración ermitaña con voz de un “Pequeño gorrión”.

Regresa vaporosa, sutil, sin preludio para la restitución
asida a todo lo que es oscuro en la luminosidad; es aura con aroma a musgo
que en el suave clamor del corno vibra con el golpetear refrescante de la lluvia.

Aparece en el trazo del pincel o en el blanco papel ávido de lápiz,
en el viento mecedor de los helechos y en el recuadro de una cabellera bruna
destellan en unas pupilas que no son las suyas
y en la sonrisa que otros rostros ofrecen.

Ritma el paso sin prisa, en el suspiro imprudente, espontáneo,
surge en la multiplicidad que destaca la presencia tenue,
en el aguacero de mayo y la luna blanquiazul;
late en la copa del árbol nacido con vigor bajo su ventana,
enriquecida con los trinos y plumajes diversificados;
el recuerdo es siempreviva, un fruto sin compartir, un roce imprevisto
y un palpitar en ritmo doble.

No hay dolor ni reproches; sólo quedan la cima de una sima,
el arcoíris visto a solas
y la voz insistente del “Pequeño gorrión” disfrutada ya sin ella.

Su mirada enmarañaban el amanecer con el atardecer y el anochecer, el mediodía fue lluvia brutal hasta que el viento sureño venció el bastión de las pestañas para viajar de niña en niña, hurgar en la promesa  del horizonte fracturado para anquilosar la destreza de sus manos y equivocar el sendero por recorrer; fue origen de dos lágrimas por aquel dolor corrosivo, lacerante. En su guía y atención el zurcido fue remedio en el precario forcejeo para desasirse de aquella contemplación inquisidora detrás de una polvareda cargada de lejanías intrusas, de miserias vividas a solas. Finalmente sus ojos y su mirada son presencia que permanece en el vaporoso recuerdo de una juventud que olvidó una canción y el brillo de unos ojos negros.

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