Listones coloridos

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El bullicio zarandeaba los cuatro puntos cardinales: a la llamada de la campana mayor la ahogó el estruendo de los fuegos artificiales, su fogosidad evade las miserias en las calles empedradas, asombra a los pequeños resguardados tras la falda de las madres y atemoriza a las palomas. Bajo un entoldado maltrecho estaban las tablas horadadas para retar al pulso con las bombonas ―las grandes canicas de vidrio prohibidas en los juegos a tierra―, junto a éste, un hombre con sombrero de ala corta y una pluma de guajolote en el cintillo, ofrece tres dardos por diez centavos para estallar los globos colocados sobre un tablero vertical; aledaño, el recorrido de unas figuras metálicas sobre un lago ficticio para el “tiro a los patos” con diez municiones dentro del rifle cuya mira, al ojo experto de Benjamín, estaba desviada para alejar el premio prometido a la niña de ojos negros a la que el espabilado tirador prometiera el osito de peluche y con ello acudir meritoriamente al “Registro Civil”; una destartalada “Casa de los espejos” trastocaba la imagen invertida pendiente de un cordel en la pared del baño familiar; a otra precaria construcción de madera la denominaban “De los Horrores” ( el verdadero horror era la ausencia de la “H” inicial enfatizado por el tamaño y el color escarlata brillante de la letra rotulada). En el iluminado cobertizo alguien gritó: ¡Lotería! con la vista extraviada entre el indescriptible colorido ensordecedor. El inquietante y fugaz acudir a la mesa de doña Chole con el crepitar de la manteca antes de buscar resguardo en el entoldado espacio de los buñuelos… “Mis noches sin ti”, en la voz de Genaro Salinas[1] amplificaba la inclinación inconfesa en tanto aquel otro, atormentado, afirma ―sin mencionar el nombre― un tajante “No vuelvo a amar[2] con los Hermanos Arriagada alternada con la versión de “Cielo rojo” en voz de Flor Silvestre[3] con escudado reclamo de algún personaje culto y trasnochado que en el anonimato dedicara “Nobleza[4] interpretada por Javier Solís para la señorita “R…”, mientras giran la rueda de la fortuna, los caballitos, las sillas y el martillo, los cientos de foquitos competían con el destello de la pirotecnia y preparaban a los visitantes para la “quema de los castillos” en espera de que la humedad no estropeara el final del festejo. Por acá, en la maquinita zumba y surge el sonrosado algodón de azúcar al lado de los cajones contenedores de recuerdos bordados de Lupe “La güera”; don Ramón (¿o era Rafael?) con “el duro” y el recipiente con la salsa, “doña Jose” era referencia con su cesto pletórico con dulces de leche y el queso de tuna, sin olvidar aquella carreta en donde evadida al control de las autoridades de ojos soñolientos, la cerveza ―o algo más espirituoso― salía en manos de los mayores en jarros de barro vidriado.

Un poco más de nueve días negaron la realidad agobiante para alimentar vanamente una esperanza generacional fincada en la simulación. El festejo era apenas un esbozo de compartir y con el último confeti adherido en el cabello regresamos al mutismo pesado de una vida en soledad. Terminamos la comunión con un alarido desde la cima de una “rueda de la fortuna” para recoger el enfangado antifaz abandonado junto al temor visceral a las puerta del redondel, impasibles en distanciamiento acabado de lo cotidiano  y desprecio del monigote caído entre el desperdicio y la pestilencia de los orines y algo más. El calendario marca una fecha próxima para otro novenario, oportunidad para ascender a lo divino y para que “Pepone” mostrara sus habilidades en el decorado de los “carros alegóricos” y de ese en especial, donde la “Reina de las Fiestas” tuviera su efímero sitial.

El yo prenatal no es lapso para conjugar en pasado ni promesa, es un continuo agitado, individualmente personal y motivo para vaciar el alma y el ánimo, allí encontramos al amigo desatendido por meses, al sosia ahogado en vapores de licor. Hoy arrancamos la máscara adusta de todos los días y nos colocamos el embozo alegre en armonía al bullicio, facha de regocijo compartido sobre rutilancias luminosas con aroma a pólvora. En estos días y espacio con el pretexto de honrar al Supremo, a las entidades beatificas, ignoramos al Todo de la infancia en efervescencia gentil. Tiempo de estruendo y carcajadas en rostros hasta ayer adustos, de canciones en gargantas que por hoy refundirán la letra entre desventuras desentonadas y la pringosa moda de los andrajos. Entonces alternamos las lágrimas con espumarajos armonizados en multitudinaria camaradería concluida en grito lastimero; revelamos el semblante entre el bailoteo de sombras chinescas en un inventario de libertad que nos dejara remordimientos enconados. Agitamos la vida perdida con alarde de juglar ebrio de algarabía postiza, de perfumes rancios y oraciones trilladas hasta la somnolencia. Mascaradas llevadas al caos con nombres vacuos, anónimos recordatorio del vocerío que en el entrecejo sepulta la falsedad y olvida el hartazgo del angustioso ayuno forzado, jolgorio que oculta el silencio rencoroso en la espera del milagro no cumplido, quizá porque los méritos personales no merecen la atención de la encomienda y la vela aportó su miserable flama no alcanzó para señalar al necesitado.

El festejo rehabilita a una entidad ajena al diario padecer e infructuoso bregar, al sacrificio intrascendente colgado de lo efímero durante los días y las noches de regocijo multitudinario, en la evasión colectiva no rige el valor ancestral ni estremece una mínima sombra del discurso piadoso. Cerramos la experiencia interna para involucrarnos en la alegría que descenderá con el último jirón de papel del pasacalle pisoteado con el postrer acorde musical venido del quiosco en la Plaza Principal… Todo esto vimos y vivimos en palomilla con los bolsillos del pantalón henchidos con cacahuates y pepitas.


[1] Autoría de los paraguayos Demetrio Ortiz y María Teresa Márquez. Muchos años después recordaría el festejo a través de le versión de Jorge Cafrune.
[2] Alfonso Esparza Oteo.
[3] Juan [y David] Zaizar [Torres].
[4] Nicolás [Nico] Jiménez Jáuregui.

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