La sonrisa

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Le pedí una sonrisa por saber que a su rostro —donde la tristeza y el hastío en mixtura con la amargura endurecían cruelmente— le iría bien un destello a compartir y asimismo nos brindaría un chispeo correspondido para anclar en el ánimo y con ello superar los embates sombríos de la realidad.

Repentinamente perdimos la capacidad y el gusto de compartir el trato humano, el gesto hosco cubrió la traza de lo que nos es connatural y acerca entre seres humanos. Alguien nos mostró la rudeza cotidiana y la imagen del perdonavidas eclipsó la sencillez en el convivir: una sonrisa abre un sendero a la inmediación, borra color y grosor en donde la duda prejuiciosa cava distancia y malestar, donde la sombra eclipsa lo común, donde abandonamos el poderío de ser uno mismo.

Le pedí una sonrisa porque primero es la recuperación de su tranquilidad perdida, arrebatada cruelmente y después vendría la gratificante vista de su rostro pajarero.

—oo—

(Gwynplaine y Dea.)

En él fruncieron una mueca para suplir lo espontáneo,

adulteración inexistente ante unos ojos muertos.

La sonrisa obligada bajaba resplandores azulinos,

cantaba en silencio para aquel mundo de espectros

Oriente concluido en brillo alucinado.

Era la sonrisa en tal rostro el dolor de la humanidad estrujada,

la agonía sin fin iniciada en la tormenta, consumada en el río:

del agua al agua purificante donde el dolor aguija ya sin brío

Ceguera que fue guía, mueca que tuvo por un momento: lozanía.

—ooo—

Sonrisa puesta en todos los labios, labios que aparecen en todas los invenciones, invenciones sobre un amor que era inadmisible, inadmisible su pregón y hermandades.

Por dieciséis años corrió el aceite apenas teñido, suave, lentamente cubrió el tono natural del estofado, marcó con la visión de la sonrisa perdida los labios ajenos que dejó en la historia. Y ya hay mucho dicho en su respecto y ya cansa divagar en ese tema: la sonrisa si era propia fue múltiple, si fue de una sola quedó en muchos rostros. Dieciséis años de trabajo sin culminación, dieciséis mil preguntas y las mismas vaguedades por respuesta. En la supuesta predilección y estruendo repetido queda fuera el sfumato y que hablamos de una sonrisa: el rasgo distintivo —por tenue que sea— del rostro humano.

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