La mirada

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Lo primero que brotó por respuesta fue un tartajeante y ácido: ¡Basta, no me mires así! Era lo correspondiente, aunque la voz quebrada en la garganta estropeada por la resaca no poseía la firmeza deseada. Aquellos ojos abotagados, inquisidores, escrutaban entre los poros hasta el menor rastro dejado por la turbulenta noche. No fue grato soportar el juicio despiadado en aquella rígida sonrisa burlona en el irreconocible rostro.

Mucho de aquel abigarrado conjunto en los rasgos enfrentados eran familiares, excesivamente conocidos. Veía en ellos las marcas de los momentos puesto en la balanza de la sensatez abandonada en las horas de evasión, un pasado desatendido en el jolgorio que resultó frustrante y el brillo de unos ojos diabólicamente enrojecidos hartos de reproche.

No era cosa de arrepentimiento, eso quedaba para mentes y moral sólidas de las cuales estoy carente, pero, la amargura, la decepción manifiesta de su mirada estrujaban cruelmente el rudimentario equilibrio mantenido con dificultad.

Mis manos temblorosas halaban los hinchados y tumefactos parpados, alisaban infructuosamente los cabellos pringosos y con vano afán de corrección pretendía una sonrisa extraviada entre los pliegues de una grotesca mueca; la mirada escrutadora era una lacerante cuña que penetraba en la consciencia con mayor vigor que un discurso admonitorio. Él no sabía que antes de encontrar sus ojos el ánimo ya maltrataba sin piedad la cordura que por días mantuve frente a una realidad enganchada a la templanza y que un momento de flaqueza derruyó sin contemplación, sin reflexión.

¡No me mires así! Supliqué con vergüenza contenida, con el acre autoreproche que subía del estómago hasta la garganta con regusto nauseabundo, con la amarga y fétida saliva adherida al paladar. No hubo piedad en sus ojos lacrimosos. En el atisbo de aquellas pupilas tumefactas reencontraba la náusea del amanecer amarillento mientras la bilis pugnaba por salir entre espumarajos de censura y el desconcierto humillante acumulado allá, en las profundidades de la incipiente consciencia. No podía soportarla más. Cada giro de sus ojos desmoronaba el mínimo intento por recuperar los pedazos vitales confinados sin raciocinio de aquellos bulliciosos minutos de trasnochada algarabía.

¡Demonios! La burlona sonrisa agitaba el rescoldo de paciencia, nulificaba el feroz intento por reencontrar segmento y partículas de aquel que era el yo dominante, para rebasar  en un minuto el largo y penoso peregrinar hacia el olvido, hacia la recuperación de un equilibrio anhelado y necesario.

¡No me mires así! Grité por última vez. No soporté más. Ya la sonrisa burlona regresaba, empañaba la visión para arremolinar el despojo de recuerdos alineados en desorden y con luz macilenta en la memoria. No soporté más y con un puñetazo brutal destruí la mueca que increpaba, que reconvenía ante la vaciedad doliente, no soporté el juicio despiadado en aquella acartonada sonrisa mordaz sobrepuesta al propio rostro y destrocé con saña el espejo. La vergüenza y la náusea aún estaban por ahí, en algún escondrijo del baño donde el vómito escocía en la garganta… mientras, en el piso, cientos de sonrisas burlonas refulgían para estropear el poco juicio aún punzante en algún recoveco de la mente. Sólo quedaba un remedio…

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