Necesitaba alejarme rápidamente de ahí, cerrar los ojos para alimentar el olvido.

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Decían que enloqueció paulatinamente y abandonó entre la “piedra bola” de las calles una a una a las amistades, que ni la familia toleraba las horas de silencio escurridas desde sus ojeras… que los perros de la calle ya no llegaban a su puerta y los pájaros despreciaban el cobijo de su higuera… dicen que enloqueció lentamente al ritmo en que destejía su desgastado vestido de flores silvestres, que el llamado de las campanas de La Merced y la música dominical en el quiosco le resultaban despreciables; que el frio, el calor y la lluvia le herían sin diferencia y el vocabulario era nulo… dijeron que enloqueció lentamente, que de entre sus manos desgranaba el pasado y los sueños eran motas grises, mustias.

Decían que una mañana de mayo su cabeza no soportó la verdad esparcida por quien se decía triunfador y acalló bruscamente el vocerío que golpeaba su cabeza. Dicen que enloqueció lentamente y fue péndulo en la en la rama de la higuera al impulso de un viento suave que anunciaba la lluvia.

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Con el frio en los huesos busco una razón. Compré el boleto de regreso, un periódico que no leería, un café que no lo era, encendí y fumé un cigarrillo insípido. Necesitaba alejarme rápidamente de ahí y buscar el refugio de un segundo olvido.

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