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Desde de que surgiera ésto a lo que llamamos tiempo

sólo hay tiempo que fue y tiempo que aún no es.

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Nada, ni concepto. Aún no era la idea en gestación para concentrar millones de voces y el aliento de palabra, un color, un tiempo; cuando la oscuridad no era en sí misma ni contraria ni hermana de la luminosidad…

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Antes de la idea, de la disposición de los verbos, la contenida y silenciosa densidad era todo y nada. No era ni espacio ni tiempo, no había forma ni color, ni movimiento ni reposo, ni vida ni pesadumbre, ni flores ni canto. Antes de la primera expresión no zumbaban los cascabeles, aún no resonaba la flauta ni atronaba el tambor; no susurraba el viento ni restallaba el relámpago; previo al sonido de la primera letra, de la idea primordial, no fluían las palabras porque nada había por nominar ni explicar una intención. Las hermanas noctámbulas aun no rompían el manto en su localidad ni el rugido estrujaba el ánimo; antes de cualquier idea incipiente no era la tierra solidez ni el agua borbotón; no corría el viento, ni jilotes ni alas rutilantes; nada preludiaba el verdor de la serpiente sonora, ni al eco en la cueva porque no era tiempo/espacio para la bestia, nada exigía la contabilidad de los alumbramientos, de las eras; aun no latían los corazones con el fuego del dolor ni había a quien hablar pues los dioses aun no eran surgimiento ni duración espacial para el rojo, el negro, el blanco ni el azul: no había un centro.

Entonces el Padre/Madre yacía en la espiral hermética; no habitaba en lo elevado ni en lo raso ni en las entrañas oscuras; ni a la derecha ni en lo siniestro; ahí no prevalecía lo tórrido ni radicaba el frio, ni la lluvia anegaba ni el calor resecaba, porque la nada era antes de la cuenta inicial, porque todavía no era el día tras la noche, ni el destello preludiaba al gruñido entre las espinas bajo las piedras preciosas al centro de los cuatro senderos.

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Y fue la inaugural visión un centelleo y después la vibración de un estallido y entonces la Consciencia exclamó: ¡Yo!

¡Yo! Abajo. ¡Yo! Arriba. ¡Yo! Atrás. ¡Yo! al frente

(y la materia fue visible, tangible el espacio).

¡Yo! el antes. ¡Yo! el ahora. ¡Yo! el futuro

(y la materia adquirió movimiento sonoro y colorido).

¡Yo! el primer pulsar. ¡Yo! un latido. ¡Yo! el flujo en la vida.

                Brotó la primera palabra y lo demás en la continuidad de la materia; la roca, el árbol primigenio, el astro de la noche y el lucero vespertino; en lo alto y en lo bajo, en el sonido y en el silencio: surgió la luz y con ella el zumbido de la mosca, en la laguna el ajolote y en las ramas el ulular del tecolote; silbó el viento y un rugido brotó de la caverna; atronó la tormenta y surgió el terror; pausadamente de las formas sencillas surgieron las complejas: floreció la vida en lo frio y en lo cálido, en las rugosidades y en las tersuras, en la oscuridad de la tierra y las aguas con la variedad de aromas y sabores… en donde somos como el canto de tzentzontles y la muerte a semejanza del aleteo del papalotl… y aquí regresaremos un día con el Sol en forma de rutilante huitzilin.

Fue la primera palabra y de la del Yo brotaron impetuosos el canto, la forma y los colores.

¡Yo! Antes. ¡Yo! Ahora. ¡Yo!  Mañana:

¡Yo!

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