Huellas

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Al retrato le faltaba poco para considerarlo terminado. Fue un reto tremendo y un prolongado placer dialogar con ella. ¡Demonios! Era un rostro con múltiples y delicadas señales de vida, un conjunto de gozos disfrutados que dejaron su impronta radiante en cada detalle, en cada recoveco de la piel. Hay semblantes donde el disfrute de las esporádicas delicias en la vida pregona la aceptación con deleite inmenso por excepción a los incontables y profundos dolores. Éste rostro es de ésos, lejanos al encubrimiento de los afeites con los cuales mantener una ficticia juventud, divulgan la edad y sus rigores para mostrar las huellas recias del carácter y de las flaquezas, de la benevolencia compartida y los enojos cotidianos. No es una máscara para la evasión. Testimonia lo mundano asumido, el agotamiento pasional y la alegría compartida, un repunte de espiritualidad y una burla por la contención. Posee los surcos de la ira y del sosiego, los días de exposición al sol y a la lluvia, el viento que resecó más de una vez la piel morena y el terrible dolor ante la pérdida irreemplazable. En ese rostro hay dicha vivida y dolor aún punzante, en él yace un muestrario de vida existida, de reposos pospuestos en la juventud aglutinados pausadamente en el recuerdo; los aromas aspirados con deleite dejaron su traza, canta por los sabores paladeados con fruición; los entornados ojos poseen el signo de quien acercara a los labios a un cigarrillo disfrutado profundamente y la marca de quien arrojara una lapidaria maldición a su ofensor.

Un rostro expresa su individualidad con sus ángulos, poros y hasta alguna cicatriz —blasón obtenido en la inquieta brega de la infancia— o el minúsculo cráter de la erradicada viruela y un diente brotado de mala manera. Ese rostro no ocultó las incipientes arrugas ni le debía al bisturí una vitalidad falseada, tampoco rellenó las sinuosidades aportadas por el tiempo con la fortaleza de los cosméticos, confiesa el ansia por vivir y el placer de los sentidos, la benevolente sonrisa y el carácter rudo de quien sabe de los sufrimientos y de las mínimas alegrías.

Ella no era una esfinge: su rostro delata las complejidades de su vida, las tribulaciones que cruzaron su existencia y los espasmos tempestuosos y sosegados que disfrutó. Ese rostro nos habla de la sonrisa espontánea, de las elucubraciones complejas y de iras expuestas. Nos muestra una sensualidad floreciente que atrevidamente mostraba sin ánimo de ofensa, exteriorización de una vitalidad domeñada con dificultad que supo vivir y disfrutar sin malicia lo que la vida le ofreció en su momento; no disimula su trayectoria, muestra las heridas de los mil combates enfrentados, de las incontables y atroces derrotas y de los pequeños triunfos gozados intensamente. Es un rostro donde hay algo de gran valor: la verdad al mostrar quién es en realidad sin trastornar la secuencia temporal, sin esquilmar lo que era en sus circunstancias, sin ese extraño afán que logra momentáneamente contener una medida donde la capacidad ya no es la misma. Toda su vida quedó en las valiosas huellas del tiempo que para muchos son motivo de conflicto y ansiedad, de negación y permanencia vana en una edad en la que uno ya no da medida.

Fue un reto tremendo y un prolongado placer dialogar con ella —a veces con desesperación—. El retrato ya casi está para irse a su casa, en tanto, quizás destaque esa arruguita que nos habla de…

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