Hombre

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El hombre hace historia y mito
para la historia y el mito del hombre;
mito es el hombre en la historia.

El ser humano es una contradicción actuante: comediante y público, pujanza y debilidad, percepción y razonamiento; es una sonrisa baldía frente a la cotidiana adustez, caos anticipatorio / orden postergado; es en un mismo momento acción / reposo, grandeza / miseria, luminaria / levedad, solidaridad / crueldad, necedad / terquedad, vorágine / tranquilidad; en su temporalidad goza su cuerpo y enaltece a su alma (consciencia/prejuicio y ciencia/estudio)…, instructor inconstante, discípulo displicente, adorador del sol y temeroso de la luna, fanático o escéptico, poeta y profeta; esa minúscula deidad ―alma en pena― disfruta inconscientemente de la salud y del frenesí, transcurre pródigo y despilfarrador, mesurado en el querer y desorbitado en sus aborrecimientos… él inviste el concepto exclusivo, el juicio y el razonamiento; suya es la voz ondulante en el eco multiplicador, su interior acoge múltiples interrogantes para forjar un esbozo de respuesta en singular y en plural… en su sordera y mudez es dubitativo y asertivo a la vez admirativo en la unidad donde ruge la negación fluctuante en la esporádica certeza; contradictorio en el concepto y la vorágine intestinal… el embobado observador de las estrellas es destructor de su entorno, perecedero y eterno, divinidad y demonio, verdad y mentira… el hombre es curiosidad irrefrenable e inventiva inagotable, oprobio en una sociedad satisfecha con una aserción manoseada: en unos rige la cabeza, en otros predomina el pulsar del corazón, a otros más les guía el vehemente efluvio surgido desde el vientre.

El ser humano es un antifaz sobre un rostro enmascarado, un cúmulo de discursos para cubrir  la aspereza de una idea volátil; todo individuo es la medida del otro ―aquél es el equivocado, el vacilante, el que degrada las variantes impuestas por un origen común en sus mezclas y adopciones, el impedimento de una vigorosa comunicación con el prójimo y los distantes, limitados son su lenguaje y las expresiones de sus penates en la barriada y los bajíos o en las pulcras sociedades constituidas en jerarquías dominantes, en las costas y planicies, en sus academias y guetos―[1]; él que es quien es y el que quiere ser, con sus virtudes y miserias, en su desaforada vulgaridad, con las virtudes de sus pecadores y los vicios inconfesables de sus virtuosos, con su ciencia y tecnología que fraguan y enriquecen la transitoriedad de todo ser humano diferenciado y diferenciable, con su pasado por comprender, su presente inasible y el futuro que le sujeta a un ideal plagado de complejidades y dudas… es “yo”, “tú”, “ella”, “él”, en su singularidad llevada al poético plural… el ser humano desprecia los bienes sencillos, ensalza lo vano, eleva monumentos hueros blanqueados con las cagarrutas de las aves, destroza los montes, abre causes hasta pervertir los ríos, estrecha la vida natural refundida en textos de añoranza. El hombre que fue, el ser que es, la persona que hablará sobre este pedrusco azulado del complejo espacio de la multiplicidad cósmica es un sufriente redentor, hazmerreir y apóstol: es el genio fundador, el torpe beneficiario, el soberbio, el franco, el rufián inconfeso… la esperanza… todo humano, en su imperfección, es una expectativa en la vida. Todos, algún día, sin invitación ni permiso compartimos un guiño franco, individual y colectivo, en las universidades y pocilgas, en las academias, en los templos y tabernas… es uno mismo y el sosia; el que va, el que viene; la careta que le revela y el rostro inverso en el espejo; es ángel matutino y querube noctámbulo (¿o a la inversa?); es la imborrable estructura que sujeta a su sombra en inestable pasado e inasible presente; precariedad intelectual, alarido y canción; pugna de una realidad moral a otra sensible; aberrante esterilidad, fecundidad impenitente; sujeto al tiempo de su eternidad, del vano encanto de un rostro que en procura de la severidad encontró la repentina vejez en las estrías de su rostro decolorado…

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¿Para qué inicia la vida? ¿Por qué nos ausenta la muerte? En todos los seres nacidos con el poder de la razón, desde el filósofo al rústico, el sabio y el ignorante, el laborioso y el holgazán, mujer u hombre, de menos una vez en la vida estallarán en su mente esas dos interrogantes imbricadas en una sola y por las eras. Respuestas, múltiples; certeza, ninguna; duda perenne con afirmaciones infundadas sujetas precariamente con fantasías y mitos.

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… Toda creatura de hombre hereda un conjunto de gestos y ademanes lánguidos o de irrefrenable tosquedad, hoscamente amenazador con voz sibilante, es un lenguaje ampuloso omiso a la finalidad ulterior. Parco al encumbrar el amor, zahiere con odio concentrado en el silente augurio de la misantropía implacable y despectiva, entrelaza su vida en otro ser y es coesencial en la lejanía incolora del allá y acá en una vez; visión y ceguera desconcertante, es destinatario y trasmisor de códigos y prejuicios ―iconos en semántica propia― predilección de un color, por un aroma, por un sabor, por un tono… Posee la grandeza de un dios vencido o la vulgaridad de una deidad degenerada. Exhibicionista o pudibundo, pretenso aristócrata, ganapán irredento, el ser humano es un yo fluctuante, compulsivamente activo, irremisible en la pasividad; insensata materia vagante en el universo en donde es acción ―más allá de nuestro inestable concepto de lo cuatridimensional―, cúspide, culminación de la creación y medida fértil para la vida de un “Yo” ajeno a la pluralidad estrujante.


[1] Perdidas todas las obras del sofista griego Protágoras de Abdera (Abdera c. 485-411 a. C.), la afirmación “El hombre es la medida de todas las cosas.” nos llega de trasmano por medio de obras que así la citan: Diógenes Laercio, Platón, Aristóteles, Sexto Empírico o Hermias quien afirmara que correspondía a la obra “Los discursos demoledores”. Concepto fundamental para la realización humana en el periodo histórico de “El Renacimiento” en los espacios científicos, filosóficos y artísticos en el vigoroso humanismo, propuesta actuante, el acierto y los yerros en la vida del hombre marcan su juicio a fin de “entender” o rechazar la visión y actitud “del otro”.

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