En la torre

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Para los pequeños que aún confían en que los adultos somos seres de confianza.
Ojalá tuvieran razón.

En la habitación circular del piso superior de la alta torre oriental del viejo castillo vive un anciano, su nombre es Simplicio. En ese espacio secreto, desconocido y hasta de nula importancia para muchos de los habitantes de la localidad, por medio de un complicada maquinaria, con palancas y manivelas de varios colores Simplicio de noche mueve a la Luna, recoge el manto para apreciar las estrellas y, cuando así conviene, agita las nubes para arrojar la lluvia en los espacios del rio, de la laguna, las charcas, los sembradíos anhelantes de la humedad y sobre los rostros que atisban la aparición del reluciente Sol.

En ocasiones, cuando tú ya duermes, Simplicio hala una manivela blanca y despostillada para guiar una brisa hacia tu ventana y al vuelo de una paloma zureante que acompañe tus sueños y enrede una esperanza entre tus cabellos.

Retrato

Esta faz surcada por relámpagos hasta hace poco era tersura interrumpida sólo por marcas de descuido; era raudo el mirar de estos ojos hoy acuosos en donde muchas veces el “aquí” fue un poco más lejos y un “ahora” requería más tiempo. La cordura ―algo a encontrar con la edad― es ahora pérdida vergonzosa en el amontonamiento de fracasos. Cuando el pulso era bueno sobraban inquietudes y ahora, vencido el trazo sobre el pliego, torna lento el anhelo. Tanta luz disfrutada venció la calidad de los ojos, la distancia es un amasijo y los colores abigarramiento nebuloso de matices: aún espero con manos temblorosas lo deseado entonces y el cumplimiento en un “mañana” musitado.

Estrella errante

Ahí, dentro de ti, en donde hubo flujo, queda un retumbo de la turbulencia, de un calor ajeno, un nombre entretejido al tuyo y una estructura emparejada a la tuya.

Los parpados inútiles, las manos anquilosadas que buscaran su figura ya extrañada ―extraviada en el silencio―, yacen y acarician el vacío. El aroma personal cruje en el oscurecimiento de una estrella errante sobre una cuna rústica henchida de recuerdos entre bendiciones falsarias, malos costurones y cicatrices escondidas, vergonzantes.

Así llegaste al término, caballero ―burbuja de savia y fugacidad del llanto―, así es el olvido para ti y será para todos en la noche sin tiempo, porque resulta inútil la voluntad para articular, para recuperar la risa en el palpitar de una sombra que nos enturbia el amanecer, bajo la lluvia que no mitiga la ausencia, porque de ti ya no hay promesa ni verbo que alcance para definirte, hombre crepuscular.

Todavía resuenan en el eco húmedo los pasos vagabundos con deseo de discreción.

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