El hombre y sus caballos

0
46

Aunque en algunos aportes de la literatura religiosa al unicornio lo distingue lo blanco de su pelaje, patas de antílope o ciervo, barbas (ojos) de chivo, cola de jabalí o de león, finalmente es un caballo con un solo cuerno (a veces negro con la base blanca) y la punta roja, en cuya glorificación representa a Jesucristo.

En el Valle de Valltorta [Castellón, España], la Cueva de los Caballos define con su nombre propio el tema vital para los hombres en el paleolítico, el caballo aparece en Pech-Merle y Lascaux [Francia], en Altamira [España]… en el lado izquierdo en el escudo de Canadá es el portador de un estandarte en color Azul y tres flores de lis doradas, dos son los unicornios en el escudo de armas del reino de Escocia desde 1300 a 1603, aproximadamente…

El caballo, los caballos acompañaron al hombre en sus desplazamientos y conquistas heroicas y vergonzantes. Esos animales que perdieron la vida en los campos de batalla, que les mereciera el menosprecio en la derrota y la glorificación de su jinete en la victoria, tenían un nombre, rustico, simplón, sin lustre, sin antecedentes de pureza de sangre y menos futuro, pero con el cual identificarlo plenamente y a cuyo sonido “él”  levantara sus orejas y girara sus ojos, ellos también merecen un espacio en el efímero homenaje de la memoria.

En la épica, las leyendas y mitos aparecen: Pegaso en el mito de Perseo galana obra animada del dios Poseidón, trota en la historia de Asia, Europa y el Norte de África ―y en un pasado sumamente remoto, habitaba en el espacio de Mesoamérica reintroducido en él en el transcurso del siglo XVI― los cuatro jinetes del Apocalipsis en el texto de Juan en la isla de Patmos [blanco, rojo, negro y bayo: de la Conquista o la Gloria, la guerra, el hambre y la muerte ―peste―]; “Victoria en Tebas” y “Mut está satisfecha”, caballos en el carro de guerra de Ramsés II históricamente asentados en la batalla de Cadesh; Pancho, caballo de Darío I, el Grande; Lycos, ganador de la carrera para potros de la 68ª Olimpiada; Ferénikos, ganador de los Jugos Olímpicos y PÍticos del año 476 a.C.[1]; aquel funesto ingenio creado por Odiseo/Ulises/Vlixes ante Ilión: el Caballo de Troya; Boristenes (Borysthenes) y Adriano; Genitor y Julio César; Insitatus y Calígula; Marengo, Vizir, 127 caballos más y Napoleón Bonaparte; Copenhagen y Wellington; el Caballo Blanco y José Alfredo Jiménez; Caballo Prieto Azabache y José Albarrán Martínez; El Cantador y Nicandro Castillo Gómez; El Moro de Cumpas y Leonardo Yáñez, alias, el “Nano”; Tornado y El Zorro; Babieca y Ruy Díaz de Vivar; Rocinante y don Quijote; Tensendur y Carlomagno; Palomo y Simón Bolívar; Othar y Atila [“el castigo de Dios”]; Strategos y Aníbal; Sombra Gris y Gandalf; Silver y El Llanero Solitario en compañía de Scout y Toro (sin la galope de la obertura Wilhelm Tell, por favor); Artax y Atreyu; Kamcia [yegua ¿Caballo con Alma?] y Pedro Infante; Águila y Porfirio Díaz; Siete Leguas y Pancho Villa; As de Oros y Emiliano Zapara; Lazlos y Mahoma; Molinero y Hernán Cortés; Llamrei y Arthur; no concebimos a Anteburro o a Orispelo sin Maximiliano, ni la ternura de un “Corren, corren los caballitos, los grandotes y los chiquitos…” sin Gabilondo Soler Cri Crí; Mi caballo Percheron en la Granja de Zenón… para Carlomagno, Louis XIV, para las cabezas coronadas de Inglaterra, España, la China ancestral, turcos y persas, daneses y noruegos, alemanes y portuguesas, la distinción venia acompañada del mejor y bello caballo, de montarlo con dignidad y elegancia, de ser “uno” con “él” y “él” con uno;… y cientos de caballos que en los hipódromos cuyos colores y diseños del mundo arrojan riqueza y desesperación a los apostadores.

El homenaje en la escultura ecuestre de Marco Aurelio ―hoy en el Musei Capitolini―, base para la correspondiente a Carlos IV propuesta y desarrollada por Manuel Tolsá, nuestro referencial “Caballito”, mudada de plaza; de este rey hay otra en la Plaza de Oriente en Madrid, España, por Pietro Tacca; la de Nicolás I, en la Plaza de San Petersburgo; en la argentina Plaza Córdoba representativa de don José Francisco de San Martin y Matorras; el caballo en el Guernica de Pablo Picasso; la cuadriga ornamental en la Puerta de Brandemburgo; el caballo cretense, los caballos ―y caballeros― de Marino Marini y el complejo significado de la posición de las patas del equino y la trágica historia del caballo Sforza de Leonardo da Vinci.

Para anteceder a la cinematografía, trota “el caballo en movimiento” de Eadweard Muybridge [Edward James Muggeridge en la vida real[2]] de 1878 que abre el espacio para Antares, Rigel, Altaír, Aldebarán (pertenecientes a los cúmulos estelares en la Constelación de Scorpius, Orión, Aquila, Taurus, respectivamente) en el Ben Hur de Lew Wallace, publicada en 1880 y llevada al cine en el año de 1925 [Ramon Novarro] y una segunda versión de 1959 [Charlton Heston] y la serie televisiva de 2010 [Joseph Morgan]…:  lleva en su lomo a la barbarie humana para dejar su vigor y su vida en los campos de batalla hasta la era de la “caballería mecanizada”, y, el que vale un reino para Richard III está en el Libro de Job, es la nueva creatura de Alá formada con un puñado del Viento del Sur y que lleva por nombre Árabe en la leyenda beduina, él lleva todos los tesoros entre los ojos vive y muere con el Séptimo de Caballería en Little Big Horn con todo y su imprudente coronel George Armstron Custer [Long Hair] al paso de su irlandesa Garryowen… y usted disculpara que sin anteponerlo al Clavileño el Aligero, trota en el recuerdo de la infancia en tanto la vida lo permita, aquel trozo de palo de escoba con una bola de trapos viejos por cabeza en la punta que llevara a los niños en viajes por espacios lejanos, exóticos y desconocidos sin mengua de la razón… para los meramente aficionados o ya duchos en el juego del ajedrez, adoptamos temporalmente dos caballos ―blanco o negro― sin nombre propio salvo el de su casilla: “b” o “g” y su singular desplazamiento preocupa más al tenedor de las piezas que al opositor.



[1] Estos cuatro aparecen en es.wikipedia.org en Caballos famosos, visitado el 23 de noviembre del 2019. Disciplina incluida en los Juegos a partir de las correspondientes del año 648 a. C.
[2] Secuencia incluida en la página 30 de Historia de la fotografía en: John Hedgecoe. El libro de la fotografía creativa. Fundamentos de Creatividad y Técnica Fotográfica. Blume Ediciones. Primera edición española, 1976. El origen está en dos afirmaciones no demostradas hasta aquel momento: “el caballo en galope nunca deja de tocar la tierra con alguno de sus cascos”; “hay un momento en el que el caballo en galope separa todos los cascos de la tierra”: La secuencia dio razón a la segunda aseveración.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

quince − 11 =