El Cid

0
17

Aquel de quien al entrar a Burgos  decían: “¡Dios, que buen vasallo, si tuviese un buen señor”![1] , el “que en buena hora nació”[2], “en buena hora ciñó espada”[3], blande su Tizona y la Colada entre la leyenda y la historia sobre el lomo de Babieca.

De Ruy o Rodrigo Díaz de Vivar, (¿Vivar del Cid, provincia de Burgos?, alrededor de 1048 – Valencia, 1099), el “Mío Cid (o Cidi) Campeador”, sobrenombre proveniente del árabe dialectal que transcrito a nuestra ortografía sería sīdi, “señor”, don Ramón Menéndez Pidal le establece la cuna con calificativo de humilde, a pesar de que según una larga serie de genealogistas lo entronca con una de las cuatro familias dominantes de León. Los documentos contemporáneos a Rodrigo Díaz no dicen nada acerca de que el Cid naciera en Vivar según las fuentes cidianas del siglo XII[4], afirmación asentada por primera vez en el Cantar de Mío Cid, compuesto hacia 1200[5], canto grandioso al rigor de la juglería.

“…el Poema del Cid que el maestro Menéndez Pidal fecha alrededor del año 1140…”[6] afirmación antecedida  con la aclaración “Sabemos que un siglo antes la lengua hablada había ya producido nada menos que el Poema del Cid (pero la copia que nos lo conserva es tardía)…”[7] estimuló la imaginación y comportamiento de las generaciones siguientes en los siglos y así, Peter Cornelius creó su segunda ópera en tres actos, Der Cid (1865), al héroe castellano; Georges Bizet compuso en 1873 una ópera en cinco actos titulada Don Rodrigue (no estrenada), con base en “Las mocedades del Cid” de Guillén de Castro… La puesta en escena de “El Cid”, ópera en cuatro actos de los libretistas Adolphe-Philippe D’Ennery, Edouard Blau y Louis Gallet basada en la obra de Pierre Corneille (obra de teatro de Pierre Corneille estrenada en 1636 basada a su vez en “Las mocedades del Cid”, obra de Guillén de Castro y en los treinta y un romances del Cid) con música de Jules Massenet (1885); Claude Debussy dejó una obra inconclusa al libreto de Catulle Mendès titulado “Rodrigue et Chimène” y trabajó en él de 1890 a 1893;Manuel Manrique de Lara compuso (entre 1906 y 1911) su trilogía operística cidiana: Rodrigo y Jimena, El cerco de Zamora y Mío Cid. Ya en el terreno moderno, cabe la partitura compuesta por Miklós Rózsa para “El Cid”, película épica con mayor apego a la leyenda que a la historia, con registro en el año 1961, dirigida por Anthony Mann, y con Samuel Bronston como productor, interpretado por Charlton Heston y Sofía Loren en la representación de Jimena[8]. Esta película grandiosa, sin duda, Incurre en  abundantes incoherencias no obstante que el asesor histórico del film fue don Ramón Menéndez Pidal. En la poética queda por ejemplo de los retos recreadores de la máxima figura histórica española del siglo XI, parte del poema “Castilla” de Antonio Machado.

En 1980 TVE (Televisión Española) estrena una voluntariosa serie animada “Ruy, el pequeño Cid”, que no son más que las imaginarias aventuras de un Cid niño, para acompañar una serie de esfuerzos fílmicos de variada calidad.

Anna Hyatt Huntington, escultora estadounidense realiza en 1927 una estatua de “El Cid” colocada en la avenida del Cid en Sevilla, España  donada a través de la Sociedad Hispánica de América, con réplicas de ésta en el espacio de la Hispanic Society of America en Nueva York, en el parque Balboa en San Diego (Estados Unidos), en el Palacio de la Legión de Honor en San Francisco, California, en Washington, D.C., y para el monumento al Cid en Buenos Aires. La Hispanic Society de Nueva York, encarga en 1964 una réplica de esta obra “El Cid” de Anna Hyatt Huntington, cuya supervisión, moldeado, fundición y colocación de la obra correspondió al escultor español Juan de Ávalos y Taborda para quedar instalada en Valencia. En Burgos, a la antigua plaza de San Pablo El Ayuntamiento determina crear mediado el siglo XX  la “Plaza del Mío Cid” inaugurada el 24 de julio de 1955. En ella, un Ruy Díaz de Vivar (obra de Juan Cristóbal González Quesada) camino al destierro con su luenga barba, capa tremolante, empuña la Tizona y monta a la eternizada Babieca.

“Año 1099 : en España
dentro en Valencia murió
el Conde Rodrigo Díaz.
Su muerte causó el más
grave duelo
en la Cristiandad
y gozo grande entre
sus enemigos.”[9]

Muerte y Sepulcro. Rodrigo Díaz muere el domingo 10 de julio de 1099 y sus restos inhumados en la catedral de Valencia, trasladados a la capilla del monasterio de San Pedro de Cardeña, después del desalojo cristiano de la capital mediterránea en 1102. En 1808 —en el transcurso de la Guerra de la Independencia—, los soldados del ejército napoleónico profanaron la tumba, manosearon los restos mortales de don Rodrigo y doña Jimena que al año siguiente el general Paul Thiébault ordena resguardar en un mausoleo en el paseo del Espolón, en 1826 les trasladaron nuevamente a Cardeña y en 1842 —tras la desamortización— llevados a la capilla de la Casa Consistorial de Burgos. Desde 1921 reposan (al parecer incompleto por la destrucción del tiempo y el pillaje)[10] junto con los de su esposa doña Jimena en el crucero de la Catedral de Burgos[11] bajo una sencilla losa de mármol (o bronce, según visitantes al lugar) con la correspondiente inscripción, en una solemne ceremonia en la que el epitafio correspondiera a don Ramón Menéndez Pidal.

Ahondar en la leyenda para conocer los hechos reales poco merman a la fama del historiado. En este caso, la muerte de don Rodrigo, provocada por una flecha incrustada en su pecho no mantiene el sustento ya que la mayoría de las fuentes revisadas nada dicen de ello y si queda un alegato atribuido a un moro de nombre Ben Abduz. “En fin, las cosas de este mundo se pasan muy presto, y el corazón me dice que no durará mucho la premia en que nos tienen los cristianos, porque “el Cid” anda ya hacia el cabo de sus días, y después de su muerte, los que quedemos con vida, seremos señores de nuestra ciudad.”

El Cid en la pintura. “Primera Hazaña del Cid”, óleo sobre tela de Juan Vicens Cots (1864) conservado en el Museo del Prado; “Jura de Santa Gadea”, óleo sobre tela de Marcos Hiráldez Acosta (1864), actualmente en el Palacio del Senado; “Las Hijas del Cid”, recrea el cruel tratamiento de los infantes de Carrión a sus esposas, óleo de Dióscoro Puebla (1871) en el Museo del Prado. “Las Hijas del Cid” —afrenta de Corpes a las damas por los Carrión—, óleo sobre tela de Ignasi Pinazo i Camarlench (1879); “La Jura de Santa Gadea”, lienzo de Armando Menocal (1887) reproduce un episodio legendario difundido a partir del siglo XIII en leyendas y romances del que no hay constancia histórica, y que actualmente se considera enteramente ficticio, conservado en el Ayuntamiento de Alfafar (Valencia); “El Cid Campeador”, mural de José Vela Zanetti en la cúpula del Palacio de la Diputación Provincial de Burgos (1965) y un etcétera enriquecedor.

Hasta donde es posible afirmarlo, don Rodrigo y doña Jimena procrearon tres hijos: Diego (1076?) muerto en 1097 durante la batalla de Consuegra, único hijo varón, dejó sin descendencia; María (¿1077?), casó con el conde de Barcelona (Ramón Berenguer III [Rodez, 1082 – Barcelona, 1131]), llamado “el Grande”, y Cristina (¿1075?) casada con el infante Ramiro de Navarra, que es el mismo Ramiro Sánchez de Pamplona (Monzón, m.1129/30) a su vez padres de: García Ramírez el Restaurador, quien recuperó el trono de Pamplona tras fallecer Alfonso I de Aragón sin descendencia; Elvira Ramírez (m. 1164), casada con el conde Rodrigo Gómez, hijo del conde Gómez González el de Candespina.). Lo cual obliga a un estudio con mayor profundidad para determinar quién es cada cual de las mencionadas en el Poema del Mío Cid con los nombres de doña Elvira y doña Sol[12] y desentrañar el misterio que yace en los nombres de los infames yernos —si así lo fueron— que pueblan ampliamente la gesta en la poética sobre el don Rodrigo Díaz de Vivar en su realidad temporal,[13] porque la duda adquiere un matiz mayor si queda lo afirmado a la letra en el verso:

“…
y al fin se casaron doña Elvira y doña Sol;
las primeras bodas fueron rumbosas, pero éstas fueron mejores;
más honrosa es esta boda que la primera.
Ved cómo se enaltece en que en buena hora nació.
Ahora que son sus hijas señoras de Navarra y de Aragón,
y los reyes de España son hoy sus parientes.
A todos alcanza la honra del que nació en buena hora.
Nuestro Cid, señor de Valencia abandonó este siglo
el día de Pascua de Pentecostés; ¡Cristo le haya perdonado!
Esta es la historia del Cid Campeador;
y aquí se acaba el poema.” [14]

Ruy Díaz de Vivar pierde el esplendor otorgado por la parcialidad hispana ya que, bajo la visión de sus oponentes, el comportamiento de “El Cid”, en algunas ocasiones llegó a merecer el calificativo de oprobioso, cruel y despiadado, incluso en espacios de beneficio real.

Notas:

[1] Poema del Mío Cid. Canto 3, página 7. Editorial Porrúa, S. A. de C. V., “Sepan cuántos…” vigésima segunda edición, 1997, con prólogo y versión moderna de Amancio Bolaño e Isla.
[2] Ídem, canto 5, página 9.
[3] Ibídem, canto 4, página 9 y canto 6, página 11.
[4] Historia Roderici, Carmen Campidoctoris ni el Linage de Rodric Didaz.
[5] Al término del “Poema de Mío Cid”, página 207, Editorial Porrúa, S. A. de C. V., “Sepan cuántos…” vigésima segunda edición, 1997, cierra la edición con:

Quien escribió este libro dél’ Dios paraíso, ¡amén!
Per Abbat le escrivió en el mes de mayo
en era de mill e .CC. xL.v años.

(Nota. Explicit de Per Abat copista del códice conservado. Quien escribió este libro del Dios Paraíso. Per Abat le escribió en el mes de mayo en era de 1345 años [1307 de Cristo]). Per(o) Ab(b)at (Pedro Abad) autor de la copia de 1207, personaje alguna vez asentado por autor del “Poema…”, actualmente reputado sólo por su autoría de la copia preservada en la Biblioteca Nacional en Madrid, España.

[6] Dámaso Alonso. De los siglos oscuros al de oro. Club Internacional del Libro, 1998, página 37.
[7] Ídem, página 23.
[8] Da pena omitir al resto del reparto: el conde Ordóñez es Raf Vallone; doña Urraca — hermana de Alfonso VI— es la bella Geneviève Page;  John Fraser interpreta a el rey Alfonso VI de León; Hurd Hatfield es Arias; Massimo Serato interpreta a Minaya Alvar Fáñez, aquí sobrino de Rodrigo aunque generalmente aceptado por primo del héroe castellano; Frank Thring interpreta a Al Kadir, rey de Valencia; Michael Hordern a Don Diego (el padre de Rodrigo); Andrew Cruickshank es el Conde Gormaz; Douglas Wilmer encarna al rey de Zaragoza Al-Mutamin; Tullio Carminati es Al Jarifi; Gary Raymond es el príncipe Sancho; Herbert Lom es Ben Yussuf y Ralph Truman es el rey Fernando I, padre de Sancho, Alfonso y Urraca.
[9] Texto en la placa lateral en el basamento del monumento.
[10] forocastilla.org: “…Quizás el famoso destierro del Cid no haya concluido todavía, a pesar de que ya han pasado mil años de su vida y muerte. El héroe castellano, elevado interesadamente a la categoría de mito liberador y redentor por reinos en busca de esplendor y grandeza, luego adornado por los afeites literarios con atributos más propios de los dioses y por fin humanizado gracias a la tenacidad y profesionalidad de algunos historiadores, que lo han reconocido como un gran guerrero mercenario y un príncipe absoluto, tal vez no descanse todavía en la tierra que lo vio nacer, ni tan siquiera en la que lo vio batallar con sus mesnadas.

“Una nueva revelación ha venido a zarandear la ya de por sí agitada figura del que en buena hora nació, cuya existencia ha cabalgado, hasta nuestros días, entre la bruma que genera la mezcolanza de historia y leyenda. Puede que los restos del aguerrido caballero burgalés -o, al menos, una parte de ellos- se encuentren en suelo forastero. En Francia, por más señas. En la región de Génelard, en el centro del país, en la comarca de Saône et Loire perteneciente al departamento de Borgoña.

“Así lo asevera la Asociación Cultural Page, radicada en esta localidad, que en la elaboración de una guía-inventario del patrimonio de esta zona se dio de bruces con el hallazgo. En la residencia de un vecino de la localidad de Brionnais, que ha preferido mantenerse en el anonimato huyendo de la dimensión pública de este descubrimiento porque considera esta reliquia un tesoro familiar, se encuentran, guardados en una urna de cristal y madera, junto a un manuscrito que acredita su origen y procedencia, algunos restos óseos que presuntamente pertenecen al Cid.”…

[11] No deja de ser truculenta la historia de estas reliquias. Luis Pancorbo  en “El cráneo del Cid”, (viajar.elperiodico.com) asienta: “… Así, los restos mortales del Cid y de Jimena se fueron perdiendo por media Europa. Hay un fémur de Jimena en el palacio Lazne Kynzvart de los Metternich en la República Checa. El mismo Denon poseía un relicario, subastado en 1825, un año después de su muerte, donde atesoraba huesos del Cid y de Jimena, de Molière y La Fontaine, y de los eternos amantes Abelardo y Eloísa. Aparte de un trozo de la camisa ensangrentada de Napoleón y del bigote del rey Enrique IV de Francia. Denon guardaba incluso la mitad de un diente de Voltaire, lo cual encontró enseguida comprador. A diferencia de lo que pasó con el canino de Buda, no se tiene constancia de que sobre el diente volteriano se haya edificado una pagoda.

Pero es que había un hueso del Cid hasta en la Real Academia de la Lengua Española, como ha contado Rodrigo Pérez Barredo en El Diario de Burgos. La lengua no tendrá huesos, pero eso no es lo que pensaba Camilo José Cela, que para realismo mágico y/o truculento se las pintaba solo. Cela consiguió un hueso del Cid que estaba en posesión de la condesa Thora Darnell-Hamilton tras sucesivas herencias desde su bisabuelo, el señor Lavensky, quien a su vez lo habría recibido del barón de Lamardelle, uno de los expoliadores del sepulcro del Cid en San Pedro de Cardeña. Cela coligió que el mejor destino de ese hueso era regalárselo a Ramón Menéndez Pidal, el mayor experto cidiano, con motivo del homenaje que le tributaron los académicos de la Lengua el 13 de marzo de 1968, el día de su 99 cumpleaños. Cela no acudió, pero, según refirió Alonso Zamora Vicente, Menéndez Pidal “besó devotamente” ese hueso donde había tanta historia y filología. No podían darle más en el gusto.”

[12] Poema del Mío Cid, página 153, Editorial Porrúa, S. A. de C. V., “Sepan cuántos…” vigésima segunda edición, 1997, con prólogo y versión moderna de Amancio Bolaño e Isla.
[13] Ver “Los infantes de Carrión del cantar cidiano y su nula historicidad.” Gonzalo Martínez Díez Catedrático Emérito Universidad Rey Juan Carlos [Madrid]), especialmente las páginas 207, 213, 216 y 223, donde difiere totalmente de lo expuesto por don Ramón Menéndez Pidal.
[14] Poema del Mío Cid, página 207, Editorial Porrúa, S. A. de C. V., “Sepan cuántos…” vigésima segunda edición, 1997, con prólogo y versión moderna de Amancio Bolaño e Isla.

DEJA UNA RESPUESTA

¡Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

18 − dos =