El anhelo del teporingo

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El anhelo del teporingo[1]

Hace muchos años vivía un conejo que ambicionaba tocar a la luna. Entre los pastizales de los volcanes miraba todos los atardeceres la aparición del astro y anhelaba estar en él. Definitivamente que evitaría la cercanía de la víbora, del coyote, del lince y del gavilán. ¿Solicitaría la ayuda del ocelote? Después de manifestarle su ambición, el animal nocturno le ofreció su lomo y así subir a la alta montaña para que, apoyado en él, con un gran salto, llegara al lugar deseado. Pero ¡oh! contrariedad, supo que en realidad el felino apetecía la carne de la pequeña creatura. Después intentó un acercamiento con el colibrí, pero éste pendía del árbol sagrado en un sueño profundo en espera del aviso de una próxima y renovadora lluvia por los tlaloques. Acudió ante las hormigas negras y las rojas ―la ayuda invaluable para la Creación― pero, estaban aletargadas en sus nidos en espera de otro llamado de la divinidad fundadora. El águila, ella sí que le llevaría a las alturas para cumplir con ese deseo vehemente, empero, cuando el conejito observó sus recias garras, el afilado pico y la torva mirada, supo que la fortuna no estaría de su lado.

Meditó en otra solución: el teporingo habló una noche despejada a las presencias de las tinieblas y ellas trajeron un bivaque[2] de mariposas, subió sobre ellas de una en una y tras de un vuelo largo de varios amaneceres y anocheceres, llegados al punto más alto, impulsado con sus patas traseras dio un gran brinco para llegar, voltereta tras voltereta, a la superficie de la esfera. Al impactar en la blanca y polvosa superficie su cuerpo impresionó el área con su figura y ésta es la que aún nos informa del gran logro en donde las miríadas de estrellas en el manto nocturno lo acompañan con su luminosidad titilante.

Ésto no lo observan el jaguar voraz, las hormigas rojas y negras adormecidas, ni el colibrí reseco. Solo el águila, a veces, mira a lo alto en las noches despejadas y recuerda al bocado que hace años evadió el apoyo para ser, hoy, gracias a las mariposas, el rostro de la Luna.


[1] Conejo endémico de México. Por otros nombres: zacatuche, conejo de las montañas, tepolito, tepoli, teporinco, y, en algunos apartados aparece con el denominativo de burrito ―éste último, seguramente impuesto después de la llegada de los españoles a estas tierras―. Habita el espacio de los volcanes Iztaccihuatl y Popocatépetl y zonas zacatonales del centro. Penosamente, es una de las tantas especies en grave peligro de extinción.
[2] El grupo de mariposas en vuelo recibe, por otros términos el de percha, colonia y racimo.

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