Diente de león

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[Canción para una muchacha triste.]

Lentamente el poder del viento arrancó los filamentos
para destrozar la aureola en un diente de león.

Levantaste una fortaleza granítica en un chiribitil oscuro,
sin sombras en su interior, ni estandartes distintivos;
tu silencio por coraza donde el pasado perdería vigencia.

El recio muro impediría el punzar atroz, ignorada la tupida lluvia
que agita las ramas de los árboles,
alejada de todo dolor, sin cambio de color en el semblante
ni acidez en la garganta.

El viento furibundo eleva las fibras,
el limonero sombrea otra mirada;
el silencio puebla en tu lengua y la mirada extraviada
niega la inconstancia en el ensueño;
inerme, desdeñas la razón con un pestañeo voluntarioso.

Fatuo el verbo, vacuo el discurso,
gruesas gotas de una lluvia pesada
oscurecen el ondulante estruendo que retumba
en las gibas invertidas.

El viento destruye a la esfera,
al suspiro y el gemir inerte,
por un resquicio burlará el muro
el aura de un diente de león.

Humedad errabunda de voces y sonidos
en ondas de voces y canciones despreciadas,
conjunción vacilante del abrazo esquivo,
noche estrellada
para dibujar los trazos de un adiós
bajo el destello del lucero de la mañana.

Crujieron los cimientos y los muros,
mermó tu voz y revolvió el llanto
el lamento de un diente de león.

(Mientras llega la mañana:
están estos ojos para ti, un abrazo
y una taza con café
para regresar al sueño
y cubrir tu desnudez inútil.)

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