Jamás menguará el lenguaje profundo y la voz acariciante alojada en una caracola, ni aun cuando perdamos su cercanía ni al arrumbarla en algún rincón, cuando sea arena restituida en el polvo del pasado, ni perecerá el vaivén entre sus fragmentos ante nuestra ausencia definitiva; entonces y por un siempre en su eternidad conservará el inquebrantable frotar de la espuma sobre la inamovible roca.

Vigoroso es el pregón del mar que viene y va, ella es refugio de embates y oleadas en sordina, del bullir y de la mansedumbre; frágil susurro transformado en vigorosa ola, historia de líquenes renovados, recuperados y perdidos —tersura llevada entre espumarajos—. En su calcárea cueva enrollada yacen, brotan sin agotarse, los soplos del mar primigenio, renueva la quieta espera en la profunda caverna, la voz enclaustrada en el venero oscuro, el surgimiento hirviente con su animoso himno de nubes de su penoso recorrido entre las rocas que fueron lava y son relicario que arrastrara un cúmulo de organismos nacidos y agotados en el  gran océano en cuyas ondas navegara la rústica canoa en el río sacro, de todos los ríos que son la bendición original, recipiente en donde fluye el ritual final inacabable y la provisión de los sueños nutricios.

corazon-quetzalcoatlElla es caverna serpentina eternizadora de los tiernos murmullos del agua quieta de una poza llevada por algún delgado torrente a otro de mayor envergadura hasta sumar sus voces tenues a la vorágine fragorosa del gran espacio que alguna vez en el tiempo y en su historia descendiera poco a poco de las altas montañas.

La caracola —esa oquedad depositada en la arena, receptáculo de un encadenamiento vital que fue y permanece por tributo de las grandes aguas para preservar el vocablo ancestral de la creación— tiene forma de un corazón que pulsante, a imagen y semejanza de un punto azul en el sendero luminoso que repite, inagotable, incansablemente el himno del renuevo, el pregón de la esperanza inquebrantable. Conserva la sonoridad de la vorágine marina hermanada a la suave brisa y al bullente encuentro de las dos agua —la dulce y la salada— en la distante boca de río y el tono azul-verde transformado en bramido gris profundo venido del profundo lecho marino; la vitalidad expuesta en la cascada, en el atolón, en el archipiélago, las diferenciadas ondulaciones en las islas, las eras transcurridas apaciblemente en la laguna, en el fiordo, en el mínimo canal, en la efímera charca; el sonido suavemente oloroso del brillo de la luna en las olas, el vaporoso rugir de las ondas con aroma a fragor solar. El sonido yacente en su vientre preserva el sutil aroma al moho, a liquen, a la pasajera estancia entre las algas de algún antepasado marino, de las miles de vidas interdependientes que, esquilmadas, encontraron reposo final en su lecho.

Una caracola es un compás calcáreo en el que palpitan las aguas de la vida: las noctámbulas sutilezas descendidas cuando dormimos, los estruendos invisibles en la lejanía de la inconsciencia; las benignas y las destempladas, las impetuosas, las vencedoras del tedio, las aguas donde habitan los monstruos de las pesadillas y la estela de una barca que trae en su seno la leyenda exótica de un más “allá” ennoblecido por la conseja.

El murmullo en el vientre de una caracola es vorágine irrepetible, siempre a disposición, es una memoria inagotable del fluir acuoso de la vida con sus rizos y tersuras engañosas bajo la faz pacífica. Silencia el estruendo del exterior y repite la armonía incansable de la espuma destellante en la oscuridad; hipnosis auditiva que agiganta la imaginación de lo desconocido, de lo anhelado, del primer latido del nuevo ser.

La caracola no enmudece ante el olvido, entona su canto permanentemente en espera de algún oído curioso; aguarda el anhelo de alguien para declararle en confianza: “¡Este sonido fluyente somos nosotros!” espera inalterable en el librero, en la caja de los cachivaches, en el armario polvoriento donde entona para sí el sonido del deslizamiento primigenio que es más que una oración materna, es embeleso al escuchar el bullir violentamente estruendoso del origen, del principio, de lo que fue, de lo que será.

Una caracola espera que alguien busque el placer de su respuesta sin palabras para asentarse en la paz de la eternidad sonora y estallante del flujo inacabable, inagotable. Es receptáculo en donde las aguas depositan su cantarín retorno, repiten el destello de las estrellas y de los aletazos en la persecución y las huidas vertiginosas y es también el instrumento para el bautismo. Son el solitario pregón de la vida que fue, de la que es y el anticipo de la que será realidad en notas gélidas y ritmo tropical, guarda la memoria el resquebrajamiento y el reposo en el estanco… allí yacerá la memoria por el siempre de la eternidad susurrante en himno inacabable e irrepetible con su aroma y frescura en amalgama de lo que alguna vez fue hielo, vapor, lluvia, granizo, río, laguna, mar, en su esperanza de perpetuación y permanencia, en su brutalidad y en la templanza.

Nunca es el mejor momento para extraer una caracola de su medio, siempre es oportuno acercar a la oreja la aromática vitalidad y el canto de las aguas. Al final, aparentemente inútil, el despojo es instrumento musical para alguien que, descendiente de alguno de esos seres evolucionados, le apetezca, que necesite el arrullo de una canción de cuna con sabor a sal.

Finalmente ¿qué es la caracola? ¿el instrumento de donde emanan el recuerdo de los fluidos eternamente renovados  o el que extrae de nuestra mente ese caudal vivificante de lo ancestral y de lo que ya no veremos? Es la caracola permanencia de la voz, del lenguaje primordial que en su perfecta oquedad crea y preserva la flor y el canto.

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