Canto de esperanza

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Subió a la montaña con miles de dudas agobiantes en la mente. Después de recorrer un estrecho pasillo entre dos elevaciones negro abrillantadas, lo encontró, ahí estaba el río vislumbrado, el prometido por el mago en los duermevela; era un borboteo cristalino en gamas de azul, verde, viridina… más allá, abajo, era un espejo en movimiento donde las nubes blancas recorrían en paralelo el azul del mediodía o el atardecer multicolor de enrojecido vientre y largos girones dorados.

Ahí estaba el torrente prometido, el fundamental bullir con su canto esperanzador. Arriba, una formación en “v” retocaba la esperanza en el renuevo, mientras a lo lejos, del norte, venía un airecillo con aroma a humedad junto al refulgir de los truenos apenas audibles; las aves abandonaron la formación para volar independientemente a ras de tierra: quizá ya esté la vida lista para La Vida y sus repeticiones.

Entre los jilotes agitados por el soplo venido junto a las nubes densas canturreaba un espantapájaros —perdida su galanura inicial—. El travesaño del perchero desmelenado —perdido el sombrero— era soporte para cuatro o siete cuervos nerviosos escrutadores del horizonte; abajo, las ratas de campo recogen a sus crías en la madriguera mientras las mariposas buscan el abrigo en los ramajes: la humedad pregona el caos para unos y el frescor tonificante para la vegetación. Un mestizo olfatea la corriente venida del monte, intuye la vorágine y le tiembla nerviosamente el pelambre de su lomo. Nada por hacer: es la temporada de recogimiento y a su manera agradecerán la bendición de la lluvia para maldecir cundo ésta es destemplada.

Los pájaros en sus jaulas brincan nerviosos ante la eventualidad mientras las torcacitas guarecidas en el alero de la casa grande eluden la realidad ante el primer destello, ahí, en el palacio de sus ancestros no les agobiará la tormenta ni la carencia.

Subió a la montaña y después de recorrer un estrecho pasillo entre dos elevaciones negro abrillantadas, vio, en los hermanados horizontes la agitada formación de la vida emplumada que venía para cantar cada amanecer en el ciprés de junto el camposanto, donde el aroma a vida oreada era sólo una idea. Labró en su mente los mandamientos en la Naturaleza para sentir vibrar La Vida en la vida.

La campana a lo lejos llama por segunda vez. Con el cuarto suspiro supo quién era y por qué estaba aquí, ahí estará antes y después, en el siempre sin eternidad, en lo infinito eterno, sin importar el olvido por sudario. Al final, en él habitan sin consciencia cientos de seres sin nombre cuyas pasiones y virtudes quedaron sumidas en la palabra pasado, que de tan remoto carecen de importancia. Hasta acá arriba llegan con el eco las ausencias sin apellidos, sin osario, ésos le darán sosiego cuando un ramalazo de saber le muestre el final de todo. Mientras el jilote bailotee con el viento que lleva en sus volutas el trino de los pájaros; en tanto fluya un hilo de agua entre las rocas, él estará inmerso en el olvido, porque sólo es olvido lo que fue.

Subió a la montaña para tocar el infinito entre las nubes y descubrió la esencia y su propia trascendencia. Llueve, el viento agita la arboleda y alguien llama con su nombre a otro ser desconocido que gime por primera vez en una cuna. La lluvia viene por fin acompañada del relámpago y el trueno hasta acá, a la cima de la montaña para bendecir los renuevos de La Vida.

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