Athanor o Atanor

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Atanor: “… procede del árabe «attannúr», del árabe clásico «tannúr»: horno, atarjea y brocal, del arameo «tannürā» y a su vez del acadio «tinurüm».[1]

Atanor. 1. M. Cañería para conducir el agua. 2. M. Cada uno de los tubos de barro cocido de que suele formarse un atanor.[2]

Athanor. Útero lóbrego, universo de precisión, espacio nuclear en donde consumar la purificación y conquistar un nuevo ciclo.

Ardiente cuenco de unión de lo alto con lo bajo, de lo perfecto con lo impuro, de la materia con el espíritu para recuperar la pureza espiritual en el Paraíso recuperado por los herederos de las creaturas primigenias.

Transformador de lo ordinario en extraordinario, lo denso en lumínico,
Vacíos y desnudos nacimos, partamos colmados de saber y con rica vestidura.

Punto de ebullición en aparente calma, retiro para elegir la continuación o término, énfasis, forma ideal en pos de la perfección, paciente circulación en un mándala único y particular, paseíllo secuencial hasta la pureza, visible para los reunidos en la cercanía y la distancia, esfera y espejo, cuerpo donde lograr la unión dinámica de los componentes compactados en la unidad; 129 600 puntos de vista, pluralidad quebrantada de lo múltiple en la unicidad mantenida por el centro de gravedad de su belleza dorada: irradiación y fascinación luminosa.

Lento proceso para su manifestación de la perfección perlada, palpito cósmico globo/idea henchidos para compartir el principio de la vida plena, roca anidada en el corazón de la materia, el final es el reto para encontrar la puerta y desovillar la bola para conocer su corazón, movimiento perpetuo, una lágrima antes de vencer la fuerza de gravitación, circulo, promesa en la paciente visión de un imposible.

“… […] el maestro Fulcanelli […] dejó entre sus papeles la epístola reveladora, cruzada por dos franjas oscuras en el lugar de los pliegues, por haber permanecido largo tiempo guardada en su cartera, adonde iba, empero, a buscarla el polvo impalpable y graso del hornillo en continua actividad…”.[3] “…es necesario un rayo celeste para encender el hornillo de Atanor…”[4]

En el Cerro de la Bufa[5], a 2610 metros de altura sobre el nivel del mar, al sureste de la ciudad de Zacatecas, quedan el Mausoleo de los Hombres Ilustres, el Observatorio Meteorológico, la Plaza de la Revolución y destacadamente el Santuario de la Virgen del Patrocinio construido a instancias del conde de Santiago de la Laguna, don José de Rivera Bernárdez en el año de 1728 [restaurada y reinaugurada en 1729].

En un amplio atrio con sus arcadas laterales en cuyos muros quedan labrados los escudos de los gremios, visto de frente el pórtico barroco, a su izquierda la torre de su campanario, luego una pequeña arcada para comunicar con el mirador[6] con la segunda portada del santuario distinguida con una imagen labrada en cantera de la patrona de los zacatecanos. Desde ahí la perspectiva de la ciudad da un tanto de la historia visual en el crecimiento de la ciudad. Ya de regreso y antes de acceder nuevamente a la plataforma/atrio, arriba, al centro del arco, una discreta talla en cantera roja atrae la mirada: es un atanor ya dañado por efecto de la intemperie. Y matiza un tanto la extrañeza de ese elemento arcano en la construcción religiosa la palabra de su poeta local:

“…
Católicos de Pedro el Ermitaño
y jacobinos de época terciaria.
(Y se odian los unos a los otros
con buena fe.)
Una típica montaña
que, fingiendo un corcel que se encabrita
al dorso lleva una capilla, alzada
al Patrocinio de la Virgen…”[7]

Notas:
[1] definiciona.com Visitado el 11 de agosto del 2019.
[2] del.rae.es Visitado el 11 de agosto del 2019.
[3] Fulcanelli. El Misterio de las Catedrales. Prólogo a la Segunda Edición, fragmento de la Carta de Basilio Valentín a Fulcanelli, página 17. Biblioteca Fundamental, Año Cero.  España, 1974. Traducción: J. Ferrer Aleu.
[4] Ídem., página 32. En esta misma obra queda la descripción y función del Atanor: páginas: 95-96, 101, 111, 125, 141 a 155… aporte en texto de los alto relieves habidos en la Catedral de Notre-Dame.
[5] Vocablo aragonés para nombrar a una vejiga de cerdo. Nombre dado, según queda en la tradición, por Juan de Tolosa, fundador del asentamiento español en tierras de zacatecos junto con Cristóbal de Oñate, Diego de Ibarra y Baltazar Termiño de Bañuelos.
[6] Creado durante la etapa de remodelación en el año de 1966 junto con la arquería del atrio amplio y el Mausoleo de los Hombres Ilustres,
[7] Ramón López Velarde. La bizarra capital de mi Estado, páginas 62-63. Editorial Porrúa, S. A. de C. V. Colección de Escritores Mexicanos. Edición y prólogo: Antonio Castro Leal. Décima Edición, México, D. F. 2000.

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