Antes de que venga la lluvia

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El agua entre los ojos del puente lleva la imagen fugitiva hacia donde a nadie le importa ni rescatará ―jamás― de entre el cieno asentado en la arenisca. Ahora los momentos dulces o acedos de la vida carecen de importancia, los hechos y circunstancias son ya pérdida total. Algo de la vitalidad fluyente subirá por las columnas salomónicas, sembrará el cielo con memorias densas que caerán en otro espacio, en otra hora para iniciar otro bullir en el abandono.

Sobre las ondas cristalinas transitarán las réplicas de tu rostro, en cada una de las gotas irá una parte de ti semejante al de una balada en tu mirada y el fragmentado mohín de tus labios del que sólo tú conocieras contenido y significado.

Ahí, entre el apeñuscamiento de las gotas bullirá por siempre en multiplicación de espejos la que eres, así encuentren la barrera de una roca, de un junco, la turbiedad del limo asentado que preserva millones de imágenes que por unos días ―o meses o años―no buscan destino ni encuentran distancia.

Enredado entre los lirios, capturado en el reflejo trémulo de la hierba asentada en la ribera, tu ser va hacia la eternidad en el murmullo de cada una de las esferas diáfanas ―con aliento húmedo declama, el golpe del sol la oculta, un destello de luna la agita―, para que alguien en el adormecimiento junto al rio recuerde que entre las ondas fluyentes, alguna vez una vida curiosa y sorprendida miraba la imagen invertida, fragmentada, de un ser que observaba a la figura transitoria surgida allá fuera del agua.

Antes de que venga la lluvia, que el viento arrugue la réplica de las nubes, recuperemos el rescoldo de aquella presencia atesorada en el espejo de este rio hoy estéril.

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