Alhaja

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A la niña le prometieron  un changuito de cristal
para colgar de una cadenita dorada en su cuello.

Refugio surgido en abril;
un listón plúmbeo franjaba tu cielo,
el dicterio estrujaba las entrañas
ante la multiplicada afirmación:
¿acaso no ves el diablo asomar del libro que lleva en sus manos
con destello vivaz en los ojos?

Había quiénes dictaminaron lo huero y lo nefasto para ti,
del estropicio en tu vida de continuar unidos;
deseaban para ti un changuito de cristal
pendiente de una cadenita dorada.

Buenos fueron los días, bienhechor el calor de tu presencia,
grato la brisa entre tus brazos, en tu parpadeo;
a veces el contacto frío propiciaba una sonrisa,
otras, tu mirada escudriñaba el lomo del texto maldecido
matizado en obscuridad rojiza.

Te ofrecieron un changuito de cristal
pendiente de una cadenita dorada.

Idas presurosas, despedidas prolongadas,
aroma cálido sustraído a la cabellera ennegrecida
por la parte propia de la lluvia atesorada en tus manos
de piel morena trémulamente recorrida
―al ritmo de tu aliento vivaz―;
y el atisbo del fragor privado
en el ensueño de una ensoñación ardiente
susurrada por la estrella de la mañana;
quedó ―espejo de azogue vencido,
flagelo infernal―
la sombra en la sombra de una sombra chinesca.

Recuerdo otoñal casi invernal en cascabeleo dental.
la fábula te legó un aceptable changuito de cristal
pendiente de la cadenita dorada
para transformar aquel diálogo en monólogo aberrante.

En la cueva de las sombras queda en sordina
el eco de tu voz
en tanto un changuito de cristal pulido
pende de una cadenita dorada.

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