Tembleque es el nombre de una población española al sur-sureste de la provincia de Toledo en la comunidad de Castilla-La Mancha. Según la página rutashispanas.com, el nombre tiene una muy cercana relación con “un adorno que usan las mujeres para la cabeza, que es una flor o botón de diamante u otras piedras, preso en una aguja de plata u oro, que por estar retorcido tiembla con el peso.” Tembleque procede del vocablo latino “trémulas” cuyo significado es “tembloroso”. Por otra parte “Tembleque” procede del sustantivo “temblor” que en uso común y diario en comparativo determina a la joya que “montada en una hélice de alambre, tiembla con facilidad”; por lo tanto y ante la reiteración de las diversas fuentes consultadas, es adjetivo y nombre para distinguir “lo que tiembla”.

Etimológicamente el nombre probablemente provenga del vocablo latino Tremulare, derivación de Tremulus que vertido al español ampara el concepto de “tembloroso”.

Como la mayoría de las poblaciones del centro y la parte baja de España, el espacio delimitado en la zona de Toledo posee fuertes antecedentes iberos, romanos, visigodos y musulmanes hasta su cristianización durante el reinado de Alfonso VI.  Según queda en villadetembleque.blogspor.mx (visitado el 20 de julio del 2016), algunas de las poblaciones rememoran a los espacios geográficos de Palestina, ahí quedan ejemplificadas: Samaria (La Guardia), Bethelen (Tembleque), Yope (Yepes), Escalón (Escalona)… la tercera posibilidad (aquí el autor remite al toledano historiador, geógrafo, arqueólogo y escritor Fernando Jiménez de Gregorio) en el pasado llevó el nombre de Tembleccu con el “eccu” aparentemente celta conservado por los mozárabes y transformado durante la repoblación castellana con la terminación “que”. El nombre propio de la zona sugiere —también— al temblor corporal originado en los caminantes y viajeros por las incursiones de asaltantes ocultos en los frondosos bosques que antiguamente ahí había. Para evitar daños mayores y la continua incursión de los emboscados,  talaron todos los árboles de resguardo para los delincuentes y con la madera construyeron la plaza.

“Fray Francisco de Tembleque, fue un fraile franciscano nacido en la localidad toledana de Tembleque que emigró a la Nueva España a finales de la tercer década del siglo XVI o principios de la cuarta, junto con Fray Juan de Romanones —apellido tomado del Condado de Romanones, perteneciente a la provincia de Guadalajara en la zona de Castilla-La Mancha—; de acuerdo al historiador Gerardo Bravo Vargas se desconoce su nombre real, pero es casi seguro que no haya sido Francisco, esto considerando que era costumbre entre las órdenes religiosas el uso del nombre del santo al que se le gustaría imitar en vida, Francisco de Tembleque lo habría tomado de San Francisco de Asís, agregando como apellido el nombre de su población de origen.” es.wikipedia.org/wiki/Francisco_de_Tembleque Consultado el 19 de agosto del 2015.

“Poco se sabe de su vida, pero en el año de 1545 inicia la construcción de la obra hidráulica más ambiciosa e importante de América durante el siglo XVI, misma que concluiría en 1563 (el año propuesto por información extraída a legajos antiguos fecha la culminación de la obra al rededor del 1572); esta tiene una longitud de 38 kilómetros con 4 arquerías monumentales, de las cuales la más importante se localiza en Santiago Tepeyahualco, en el actual Municipio de Zempoala, Estado de Hidalgo. La construcción transportaba agua desde las faldas del volcán Tecajete hasta la población de Otumba, actualmente en el Estado de México… De acuerdo al Menologio Franciscano de Fray Agustín de Betancourt, Francisco de Tembleque falleció en la ciudad de Puebla de los Ángeles un 1 de octubre, probablemente de 1589 o 1590.)” es.wikipedia.org/wiki/Francisco_de_Tembleque Consultado el 19 de agosto del 2015.

tembleque“El resto de la vida de fray Francisco de Tembleque tampoco está exenta de circunstancias extrañas. Aproximadamente a la edad de cuarenta años, tras finalizar el acueducto lo cual implicaría que el acueducto estaría concluido en 1550, si aceptamos que fray Francisco nació por el año de 1510 aproximadamente, la culminación quedará fechada en las cercanías del año de 1572, porque, todavía en el año de 1558 ‘…el agua llegaba a poca distancia de donde se tenía que hacer un puente muy importante…’ ¿el de Tepeyahualco?, fue alcanzado en el ojo por un rayo que le dejó tuerto. Los indígenas atribuyeron este hecho a la venganza de Quetzalcóatl, el dios azteca del fuego, el rayo de las tormentas y la furia vengativa de los elementos. Los nativos creían que su deidad de la guerra se había enfurecido ante el insignificante sacerdote extranjero que reclutaba cada vez más fieles en las filas del cristianismo. Así que Quetzalcóatl decidió castigarle y le envió un rayo que le alcanzó en el ojo y se lo arrancó. Las circunstancias en las que se produjo este accidente son bastante confusas. Según cuenta fray Juan de Torquemada, versión que corroboran historiadores contemporáneos como Octaviano Valdés, fray Francisco abrió una ventana del convento sin reparar en que en el exterior se desataba una furiosa tormenta. Un rayo que cayó muy cerca arrancó parte del marco de madera de la ventana y una astilla de ésta saltó y se clavó en un ojo del fraile. De cualquier forma, y dada la cercanía del impacto y la gravedad de las heridas, resulta cuando menos sorprendente que fray Francisco sobreviviera al accidente. No acabaron aquí sus desgracias. Unos años más tarde un hermano de su propia congregación que le tenía envidia, fray Bruno, atentó contra su vida: mientras le afeitaba, intentó degollarle con una navaja. En esta ocasión la congregación consideró que el agresor estaba loco y lo apartaron de su trato con fray Francisco. Igual que sucede con la fecha de su nacimiento, tampoco se sabe el año exacto en el que murió fray Francisco de Tembleque, suceso que debió acontecer, como muy tarde, en torno a 1570 (sic).” Tomás Ruíz. (teotihuacan-en-linea.com/2011/11/fray-francisco-de-tembleque-perdio-un. Consultado el 19 de agosto del 2015.). Extraña esta última fecha debido a lo desmesurada diferencia con respecto a la fuente anterior: veinte años, independientemente a la confusión respecto a las deidades prehispánicas y sus atributos.

Fuera de opiniones benevolentes y pías, la misión de fray Francisco Tembleque, sin restarle méritos ni imponerle elementos extrahumanos, corresponde a la mentalidad y acción de un hombre de su época. La consecución de la dificultosa obra, mezcla de experiencias españolas y locales, independientemente de nacer para beneficio de los espacios abiertos a la ganadería y cultivo a la usanza española, exigían un hombre práctico con cualidades de liderazgo y capacidad administrativa. En las grandes obras conventuales uno de los elementos constituyentes era el acopio del agua. Con ello, quedaba casi garantizado el acercamiento de los habitantes a las grandes pozas construidas y aprovechar para su adoctrinamiento. El mérito del franciscano crece ante su ínfimo conocimiento de las lenguas y sus matices en la localidad, no obstante ello, concilió los intereses de los habitantes naturales, de los grupos ancestrales y el de los nuevos aposentados para satisfacer con el elemento indispensable para el desarrollo a las comunidades y arraigarlas en el terreno a catequizar.

Desconocida la vida del fraile toledano, resulta impensable determinar su grado de instrucción, las limitantes y alcances personales a fin de no imponerle al tesón una imagen beatífica en momentos en que lo práctico exigía respuestas prontas y realizaciones adecuadas. Especular y afirmar de la ignorancia en asuntos de la arquitectura de su tiempo y la manera de solucionar un problema determinado implica que algo más que ignorancia traía consigo fray Francisco. Resulta aún prematuro y arriesgado afirmar casi a 450 años de su muerte y con la sumamente parca información lo espontáneo de sus decisiones en el terreno para consumar una obra que otros no enfrentaron en la que, sólo imaginar el esfuerzo humano para la labranza de la piedra es comprender la dificultosa y extenuante labor del proyecto. La obra permanece y a ella ahora le añadimos el valor de expresión artística incorporada por resolución del Comité del Patrimonio Mundial durante su 39a., con fecha del 15 de julio del 2015 en la ciudad de Bonn, Alemania, en su Declaratoria y la Inscripción en la Nómina de Patrimonio Mundial.

“El Acueducto fue erigido en 1554 durante 17 años hasta 1571, por 40 comunidades indígenas, quienes aportaron 400 canteros, ayudantes, albañiles, peones, carpinteros y, el financiamiento de las mujeres de esos pueblos quienes produjeron textiles en excedencia para realizarlos mercantilmente en los ‘tianguis’ para financiar las obras, sin la aportación de la Corona española, aunque con la autorización del Virrey Antonio de Mendoza, dirigidos por el fraile franciscano español… acompañado de Juan de Agüeros. El acueducto posibilitó llevar agua a pequeñas poblaciones del yermo Altiplano mexicano, ubicadas entre los actuales estados de Hidalgo y de México.” (Para una mayor información ver: “Edificación con 443 años de antigüedad. Inscribe la UNESCO al Acueducto del padre Tembleque en la lista del Patrimonio Mundial. Dirección de Medios de Comunicación del INAH. INFORMA No. 170, con fecha del 5 de julio de 2015.)

De la misma manera y para comprender el esfuerzo e importancia de la construcción fuera de anécdotas y leyendas bien intencionadas con un dejo de extraterrenidad innecesaria, queda el interesante texto de Alain Musset: “El acueducto de Zempoala: las respuestas de fray Francisco Tembleque” disponible en estudioshistoricos.inah.gob.mx (consultado el 19 de agosto del 2015) y la interesante y amena entrevista que don Juan Stack mantuvo con el arquitecto Arturo Balandrano en “Somos Nuestra Memoria” transmitida el 3 de septiembre del 2015 por RADIOINAH con el título: “El acueducto del padre Tembleque. Magna obra del siglo XVI.”, en la cual, y muy de cerca al aporte de Alain Musset, el arquitecto Balandrano aporta la información histórica y técnica (así como datos curiosos) en lo referente a la construcción del “complejo hidráulico” en el actual Estado de Hidalgo, cuyas dificultades derivadas de las variadas características topográficas, representaba un reto inconmensurable y una respuesta práctica a la adquisición del líquido: “Pero traer el agua a un lugar significa también quitársela a otro. El agua conducida a Otumba viene de muy lejos, fenómeno que extraña a las autoridades españolas, para quienes hubiera sido más fácil captar el agua de fuentes más cercanas, como las de Tepeapulco, o de Texcoco. Esta posibilidad, sin embargo, presentaba dos inconvenientes mayores: el primero de carácter técnico, puesto que traer el agua de otro lugar diferente de Zempoala suponía también no atravesar las mejores tierras de la región (era entonces el trayecto más útil). El segundo era más de tipo político o económico: los indios de Tepeapulco y de Texcoco no aceptaron ceder su agua a los de Otumba, ni tampoco vendérsela.”, coinciden Alain Musset y el arquitecto Balandrano.

De antemano y ya proveniente de fuentes confiables entendemos que Tembleque no actuó solo en el proyecto, contaba con el apoyo del también casi desconocido Juan de Agüeros a quien en la sombra le hurtamos importancia y aporte en la construcción.

De manera harto resumidas la guía y estudio de Alain Musset y el contenido en la plática del arquitecto Balandrano y Juan Stack: La finalidad era llevar agua potable a partir del cerro del Tecajete hasta el pueblo de Otumba. El acueducto consumado posee un largo de 48.22 kilómetros de esfuerzo humano con su canal de 40 x 40 centímetros —construido de cal y canto (piedras careadas unidas con cal, arena de tezontle y baba de nopal) y barro cocido para los caños— de cause de curso superficial, subterráneo y elevado, informa el arquitecto Balandrano. En la parte correspondiente a los arcos de Tepeyahualco su altura máxima tiene 38.75 metros con un arco central de 17 metros (bajo este arco aún corre el ferrocarril en su ramal México-Veracruz) y a todo lo largo de la construcción hay, todavía, vestigios de pinturas y glifos identificadas con señales, “la firma” de las comunidades participantes, decoraciones estudiadas ya por el padre Ángel María Garibay Kintana y por Joaquín Galarza. En las referencias quedan 90 glifos impuestos en las piedras de las arcadas para identificar a las comunidades participantes, algunos de ellos pintados y otros grabados con iconografía variada, tema aún por desarrollar y que aún provoca interpretaciones que determinan una soterrada y permisible práctica idolátrica por parte del franciscano.

“Frai francisco de tembleque, de sesenta años. Es confesor de españoles y de los yndios confessor y predicador en la lengua mexicana. A sido guardian en las casas principales y a echo obras notables en ornato de las repúblicas de los yndios.”

El autor (Musset) lo toma de Historia Eclesiástica Indiana (1570) de Fray Gerónimo de Mendieta (México, Porrúa, 1971, pp. 697-699) y asienta un detalle esclarecedor con respecto a la difundida ignorancia de las lenguas locales por parte del fraile: “Al contrario de fray Juan de Romanones, considerado como ‘una de las mejores lenguas que en esta tierra ha habido’, Tembleque nunca logró hablar el náhuatl con todo el ornato que le daban los religiosos cultos. Al parecer, hablaba la lengua del pueblo. Aunque no sabía componer discursos, sermones encantadores, ni tampoco hacer traducciones floridas del latín al náhuatl, podía al menos conversar con los indios de su pueblo y de su doctrina.”

La necesidad de agua en la semidesértica Otumba y la contaminación de los jagüeyes indígenas en la que el ganado español abrevaba con los consiguientes brotes de enfermedades, obligó a solucionar el problema, a más de atraer los beneficios económicos que su ubicación en el Camino Real en su parte de la ruta México-Veracruz y la zona minera de Pachuca ofrecían. “Aun los más potentes monarcas nunca hubieran podido hacer lo que logró un frailecillo sin dinero ni conocimientos arquitectónicos, pero que disponía de una mano de obra al parecer muy calificada. Como lo dice el mismo Mendieta: ‘ni él pudiera disponerse a semejante obra, si no fuera con inspiración y particular auxilio de la gracia divina’… Por fin, pese a lo que predecían las autoridades religiosas y la administración colonial, para quienes el acueducto nunca podría llevar agua al pueblo de Otumba, dada la disposición del terreno, (nota 6 en el texto: Se pensaba que las fuentes estaban a menor altura que el pueblo de Otumba, pero en realidad hay una diferencia de nivel de 250 m. Tenía así lugar, pese a un declive muy débil [7 %], el derrame del agua. A simple vista, sin instrumentos para medir con precisión, era necesaria la fe de Tembleque para pensar que la obra fuera posible.) Tembleque cumplió su meta. Para ello utilizó varios manantiales ubicados al pie del cerro del Tecajete (2890 m). Todavía se pueden ver, cerca del pueblo de Santa María Tecajete, tres pozos antiguos que seguramente son del siglo XVI, y de donde sale un caño de agua: es el principio del acueducto. El trabajo duró por lo menos 17 años; cinco de ellos fueron necesarios para la parte que cruzara la barranca de Tepeyahualco, arriba del río Tecocomulco. Según Mendieta, el acueducto alcanzaba 15 leguas de largo.”

Viene una descripción somera de la obra que al decir del arquitecto Balandrano “el acueducto de Tepeapulco, es quizá el antecedente y base para para la realización del padre Tembleque”: “En su Teatro Mexicano, (nota 7 en el texto: Fran Agustín de Vetancurt, Teatro Mexicano, Sucesos Religiosos, México, Porrúa, 1971, p. 119.) Vetancurt repite gran parte de las informaciones de Mendieta, y añade muchas cosas, a veces inspirándose en Torquemada. (nota 8: Fray Juan de Torquemada, Monarquía Indiana, Lib. XX, Cap. 63 [y no 73 como lo indica la síntesis de fuentes históricas de Octaviano Valdés, p. 148], pp. 532-535.) Se construyeron tres puentes: el primero de 46 arcos, el segundo de trece, y un tercero, el de Tepeyahualco, cuyo arco central ‘a los que lo ven causa asombro, que si fuera paso podía por debajo del pasar un navío de porte a vela tendida ‘. La perfección de la obra era tal que 140 años después de acabada, no había ninguna piedra rota, y no se podía encontrar ninguna hierba entre las piedras... Además, nunca faltó agua, salvo en 1674; pero ya el año siguiente el problema se había arreglado merced a la intervención de San Nicolás… algún día, el alcalde mayor don Juan Cavallero vino a verlo para tratar de persuadirle de que todos sus esfuerzos no servirían para nada, puesto que los manantiales del Tecajete estaban supuestamente situados a un nivel más bajo que el pueblo de Otumba. Entonces apareció el gato pardo trayendo un conejo para el padre. Cortésmente, Tembleque pidió otro conejo para el visitante, y para su gran sorpresa el animal le obedeció. Para Cavallero no cabía duda alguna: el fraile estaba bajo la protección de los santos.”

“Al contrario de Mendieta, quien no menciona ninguna fecha de construcción, Vetancurt nos propone una, aunque de manera indirecta. En efecto, su libro sale en 1698, y como escribe que el acueducto había funcionado sin problemas desde hacía 140 años, se puede pensar que la fecha en que se concluyó sería la de 1548. Tomando en cuenta los 17 años necesarios para su realización, se obtiene como fecha de principio de la obra 1531. Esta fecha muy antigua (sólo diez años después de la caída de México-Tenochtitlan) corresponde más o menos con lo que dice fray Juan de Torquemada. En casi todos los detalles el texto de Torquemada es una paráfrasis de lo que escribe Mendieta, pero añade que a partir de que se terminaron los trabajos, es decir desde hacía 60 años, nunca había faltado el agua, y que los peores terremotos no hicieron ningún daño al acueducto. Ya que Torquemada escribió su libro entre los años 1609 y 1612, el acueducto tuvo que haberse terminado entre 1549 y 1552, y se empezaría entre1532 y 1535. A pesar de estas informaciones, Octaviano Valdés pensaba que el trabajo no habría podido empezar antes de 1543, para acabarse en 1560, 17 años más tarde. Funda su hipótesis en el hecho de que Mendieta, quien llegó a la Nueva España en 1554, probablemente visitó a Tembleque dos o tres años después. En esta época, el franciscano trabajaba en los arcos de la barranca de Tepeyahualco, y le faltaban por lo menos dos o tres años antes de poder llevar agua a Otumba (se necesitaba un caño de cuatro leguas). Así que llegamos a la fecha de 1560 para la conclusión de los trabajos.

Continúa el trabajo de Musset: “El problema de esta interpretación es que Mendieta no especifica la fecha de su visita al padre Tembleque, y que la propuesta de Octaviano Valdés no tiene una base muy firme. Tampoco nos brinda información al respecto la Relación Geográfica de Zempoala. (nota 10 en el texto de Musset: Relaciones Geográficas de México, México, UNAM, 1986, T. 1, p. 74.) Redactada en 1580, no hace más que recordar la existencia de la obra de Tembleque, pero sin hablar del fraile:

“Trujeron dicha agua de una legua de donde estan congregados, del pie de un cerro que llaman Tlecaxtitlan, que quiere decir ‘cerro hecho a manera de brasero’, porque, en la cumbre del dicho cerro está un llano hecho como brasero. Trujeron el agua por unos arcos de calicanto hasta en medio de la congregación, en una fuente en medio de la plaza de los cuatro dichos pueblos, y corre por todas las calles…”

Lugar de atracción para visitantes la bibliografía aumenta con los textos admirativos de don Antonio de Ciudad Real (Tratado curioso y docto de las grandezas de Nueva España, México, UNAM,1976, T. I, p. 71. ), del hermano capuchino Francisco de Ajofrin (Diario del viaje que por orden de la sagrada congregación de propaganda fíde hizo a la América septentrional en el siglo XVIII el padre fray Francisco Ajofrin, capuchino, Madrid, Archivo Documental Español,1959, T. n,p. 211.) y ya casi mediado el siglo XIX por madame (Frances Erskin Inglis) Calderón de la Barca (La vida en México durante una residencia de dos años en ese país, México, Porrúa, 1976, Carta XVI.)

Ya en la parte correspondiente del  texto de Musset (Las respuestas de Tembleque), con respecto a la realización del acueducto, el propio Tembleque —de quien acepta el año de 1579 o 1580 y una edad de 69 a 70 años para el fallecimiento del fraile franciscano con lo cual indica su aceptación en la posibilidad de que fray Francisco naciera durante el año de 1510 — declara en el documento que contaba para la realización de la obra de la ayuda, conocimientos constructivos y experiencia de “300 o 400” operarios de las localidades además de otros datos pormenorizados con respecto a la acometida y término de la obra.

De la nutrida información surge el cómo posibilitaron los constructores asociados la subida de las piedras labradas a fin de sostener los caños necesarios para el traslado del agua: “Los muros de adobe que todavía se pueden ver hoy en día entre los arcos, son una prueba que se emplearon, para su construcción, técnicas indígenas y prehispánicas.” En voz del arquitecto Arturo Balandrano: “posiblemente el montaje de una pared de adobes en reducción hasta dos varas castellanas de ancho (1.80 a 2.00 metros en su parte alta) reforzada por contrafuertes a fin de vencer la fuerza del viento en las alturas por donde subían mediante tracción animal las piedras  según las necesidades. Ahí lo dejan —al muro— y la lluvia y el viento se encargan de desaparecerlo lentamente por erosión. Para ellos, los constructores, la finalidad era el suministro, para nosotros ahora, con valor añadido, es una obra del arte mixto.”

De regreso al texto de Musset, en “Las respuestas…” de Tembleque queda asentado el origen del financiamiento para el logro y avances de la obra, la participación de las poblaciones incluidos hombre y mujeres con aportes diferenciados: “El número de obreros empleados en la obra parece enorme, y aunque no se conoce exactamente el promedio de población de la región de Otumba, se puede pensar que la mayoría de los hombres sanos participaba en esta tarea. Pero el trabajo de los hombres es una cosa; no se puede olvidar por otra parte el trabajo de las mujeres. Este aspecto de la división del trabajo en la sociedad indígena fue completamente ocultado por los cronistas. A pesar de todo, el texto de Tembleque nos hace recordar que cuando se trataba de un trabajo común, de la importancia del acueducto de Zempoala, todos participaban en el esfuerzo. Así, mientras que los hombres trabajaban en levantar los arcos monumentales, o cavaban la tierra para colocar en su lugar el caño de agua, las mujeres se quedaban en casa para tejer telas de algodón que vendían después en los tianguis. El dinero que percibían de la venta de esas mantas (producto típicamente indígena, que refleja la persistencia de una tradición prehispánica) servía para comprar los materiales que no se encontraban en el territorio de Otumba, como la cal, por ejemplo (fol. 76). Este tipo de financiamiento no era muy frecuente en la época colonial; cuando se trataba de la construcción de un acueducto generalmente el dinero provenía de las autoridades virreinales, del cabildo de una ciudad, o de una orden religiosa. El caso del acueducto de Tembleque es muy específico, y eso le da un valor histórico aún más importante… la Real Audiencia, en el parecer enviado al real Consejo de las Indias, calcula que se gastarán en la obra un total de 20 mil pesos, y que ya los indígenas han pagado 15 mil pesos para comprar sus materiales… Puesto que según la misma fuente, los indios de Otumba pagaban cada año 2500 pesos de tepuzque (moneda de oro de liga alterada con valor de 8 reales según disposiciones del virrey don Antonio de Mendoza y cada real con valor de 34 maravedís o doce granos. Imperio numismático.com revisado el 13 de julio del 2015) como tributo, se puede ver la cantidad enorme de dinero invertido en la obra.”

Alain Musset termina su introducción: “… el manuscrito nos informa que los indios de Otumba no gozaban gratuitamente del agua de Zempoala. Se estableció un contrato entre las dos partes: los de Otumba tenían que pagar a los de Zempoala veinte pesos de oro común cada año, además de los trabajos realizados para traer a su pueblo el agua potable (quinta pregunta, fol. 73).

“Este contrato es muy similar a otro estudiado por José Lameiras en un litigio entre los indios de Teotihuacan y los de Acolman en 1589. (nota 17 en el texto. “Relaciones en torno a la posesión de tierras y aguas: un pleito entre indios principales de Teotihuacán y Acolman en el siglo XVI”, en Rojas, Strauss, Lameiras, Nuevas noticias sobre las obras hidráulicas prehispánicas y coloniales en el Valle de México, México, SEP-INAH, 1974.) En este pleito, los de Acolman tenían que entregar a los de Teotihuacan la cantidad de veinte pesos de oro cada año por el uso de las aguas ubicadas en su jurisdicción, esto en lugar de los productos tradicionales que solían dar como tributo (maíz, mantas de algodón, plumas.). Es notoria la similitud de los dos contratos. Además, el pleito se lleva a cabo en la región de Otumba, ya que, como lo dice el padre Tembleque, los indios de su doctrina iban a traer el agua desde el pueblo de San Juan Teotihuacán, situado a dos leguas de su pueblo, cuando lo necesitaban (tercera pregunta, fol. 72 v.-73). No se sabe si existía desde la época prehispánica un acuerdo entre Teotihuacán y Otumba, pero es probable que sí, y seguramente éste tenía bases similares a las que acabamos de ver, y que se repitieron con los indios de Zempoala. (nota 18 en el texto. Sabemos por otra parte que los franciscanos construyeron un convento en Zempoala como compensación al agua entregada al monasterio de Otumba (fol. 19 v,).) Así, resulta que nuestro documento es una fuente histórica bastante importante no sólo en cuanto a la región de Otumba, sino también en lo que toca a toda la Nueva España, dado que trata de muchos aspectos de la vida colonial…”. La gran obra es, con gran reducción de esfuerzos humanos, acuerdos dificultosos y paciencia extraordinaria, el resultado de un esfuerzo común para una causa colectiva: la solución a una necesidad imperiosa para la subsistencia de los grupos y pueblos, consecución que ahora representa una obra de arte resguardada en el espacio agavero del Estado de Hidalgo.

El gato pardo.

Atrae la atención la reiterada mención al0 proveedor del alimento para el afortunado fraile. Las fuentes mencionan a un “gato” con el añadido de “pardo”. En este caso no hay variación de color en el pelaje del “animal”, ni siquiera omisión de él tal cual sucede en historias llevadas de boca en boca y a través de las generaciones. En todos los casos consultados es un “gato” y su pelaje “pardo”. En asuntos del lenguaje resulta que un vocablo pierde y adquiere un significado diferente de una región a otra, de un país a otro y de una época a otra. Lo que antes denotara una característica específica en la generación siguiente adquiere un matiz arcaico que en el paso de las generaciones deja de ser de utilidad lo que el hablante expresara en su origen.

Si bien, en España el término gato distingue a los nacidos en Madrid (“<<Gato>>  fue un apellido muy célebre en la conquista de Madrid en tiempos de Alfonso VI. En el asalto de la villa, un soldado valeroso trepó por la muralla ayudado de una daga que clavaba en las juntas de las piedras. Sus camaradas, al ver la hazaña dijeron que parecía un gato, palabra por la cual comenzó a conocerse también a sus descendientes. La familia llegó a ser tan importante en la ciudad que no se consideraba nobleza castiza de Madrid a la que no pertenecía a aquel linaje al de Los Escarabajos y Los Muertos, que eran las tres más ilustres de la Villa. Con el tiempo, se acabó llamando <<gatos>> a todos los habitantes de Madrid.” abc.es) en Nueva España, en México, resulta un tanto despectivo al connotar al servicio doméstico, es decir al criado. Un gato el felis silvestris domesticus era fiel compañero en los conventos por sus cualidades de cazador de ratones a pesar de su identificación con las prácticas y seres demoniacos. Es posible que al compañero constante del “señor de la casa”, el personaje que atendiera las necesidades del “señor” y de su familia, el que proveyera de los satisfactores habidos en los mercados y espacios de la propiedad, por su apego a la casa en donde encontrara un tanto de seguridad, resguardo y alimento en compensación, le identificaran con ese felino y de ahí adquiriera el término, originalmente nada despectivo.

Es el caso del término “pardo”, en lo referente al pigmento recibe por otro nombre el de marrón: color semejante a la tierra, a la madera, al canelo, café, carmelita o chocolate en sus diversas gradaciones de oscuro a claro. “Pardo” era un término empleado en las colonias españolas para denotar una de las muchas castas surgidas en el mestizaje. Un término equivalente con menor uso era el de “tri-racial” que denotaba a los descendientes de esclavos africanos en mezcla con españoles e indígenas para diferenciarlos de quienes no eran ni mestizos ni mulatos. Si en el siglo XVII identificaba a una piel oscura, en el caso posterior de la casta de “los pardos” la piel correspondía a un tinte castaño oscuro o casi blanco o intermedio con cabello rizado o lacio sin color determinado. Insertos en el rubro de “Infames de derecho” no se les admitía en los cargos eclesiásticos ni la posesión de armas, caballo y espuelas.

Así el benefactor, el “gato pardo” adquiere otra constitución física y características con mayor apego a la realidad cotidiana y sus necesidades.

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