El mundo, un balón

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Desde mañana, a primera hora, el mundo entero se paralizará desde el momento mismo cuando inicie la ceremonia inaugural del Mundial que, en esta ocasión se celebrará en Rusia, la antigua Unión Soviética, protagonista con Estados Unidos de la Guerra Fría que durante dos décadas mantuvo a la humanidad en vilo.

Ahora, Rusia será el ombligo del mundo. Todas las miradas estarán puestas en ella cuando el balón comience a rodar.

El futbol es el deporte más popular en el universo. Sus reglas básicas que son muy simples de entender y ejecutar y los materiales que se utilizan para su práctica, igualmente, al alcance de cualquier niño y, últimamente, de cualquier niña, lo convierten en un deporte que se inicia casi desde la misma cuna.

Bastan dos piedra o un par de palos para construir una portería y una pelota (de cualquier tipo o material) y hasta una simple lata de desecho, de esas que es común hallar entre la basura, para armar un partido o una “cascarita” en los barrios populares.

Quien no haya pisado el césped de un campo de futbol o haya pateado un balón al medio día o por las tardes cuando el sol es inclemente o la lluvia resblandece el terreno y hace aún más difícil la conducción del balón o cuando se tiene que decidir en milésimas de segundo qué hacer con él, a sabiendas que el más mínimo error puede significar la derrota de su equipo, jamás podrá entender en todo su esplendor el futbol.

Eso lo saben perfectamente los grandes futbolistas internacionales que iniciaron sus prácticas en las barriadas, en los lodazales y campos terregosos de América, Europa o África, hasta ahora (Por el futbol entró el desarrollo en África, de donde algunos de países ya se equiparan a muchos de América Latina). Ninguno de ellos nació en pañales de seda, ni son príncipes o lores, sino hombres de cuna humilde que, desde la infancia, enfrentaron todos los problemas, habidos y por haber, y los superaron hasta alcanzar la cima del éxito.

Por eso, son ídolos. Por eso, son admirados en donde se paren. Conocen los sinsabores de la derrota y la enfrentan con entereza (ahora, se llama resiliencia). Han visto correr las lágrimas sobre sus mejillas para testificar la humillación que sufrieron por el equipo contrario y, con los puños cerrados, tocaron tierra y se levantaron para seguir adelante.

También saborearon, como nadie, el triunfo, cuando la victoria abrió sus alas para elevarlos hasta las alturas insospechadas de la gloria con la esperanza de repetir la hazaña en el siguiente torneo, aunque no siempre el destino concede ese capricho.

El futbol es un deporte que enseña a trabajar en equipo no en forma individual; requiere horas, días, semanas, meses y hasta años de entrenamiento, concentración, dedicación y esfuerzo que no cualquiera está dispuesto a sacrificarse por ese ideal, máxime cuando su práctica inicia en la niñez, se prolonga durante la adolescencia y juventud para cosechar los triunfos casi al final de ella o al empezar la madurez de la vida.

En una enseñanza de vida que, muchas veces, trasciende la historia individual y hasta grupal.

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